
Paradójicamente, la pandemia profundizó la polarización. La crisis financiera de 2008 y el rescate que siguió fue realmente una fuente importante, un momento clave, en la construcción de la ira y el resentimiento que surgió de la desigualdad en la era de la globalización. Donald Trump explotó el espacio que quedó en la vida pública cuando se abandona en gran medida la concepción cívica de la libertad en favor de una idea de libertad consumista, individualista y orientada al mercado interpretando el disconformismo de la sociedad tradicional americana que sufría la mudanza de sus fábricas hacia destinos con mano de obra más barata.
El triunfo de populistas de derecha como Trump y Jair Bolsonaro debe ser asumido como un síntoma del fracaso de las políticas pretendidamente “progresistas”.
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Hemos perdido en la sociedad contemporánea la capacidad de razonar juntos a través de nuestras diferencias. Creo que esto se debe en parte a que no somos muy buenos escuchando en estos días. Escuchar es una virtud cívica.
Convivir con la duda es incomodísimo, y si nos ponemos cartesianos puede llegar a ser incapacitante. ¿Cómo determinar que hacer, qué opinar, cómo avanzar sin el combustible de la certeza? De modo que deberíamos ser capaces de darnos cuenta de que las cosas no tienen remedio fácil y que las soluciones, como los remedios, tienen contraindicaciones.
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Pero sostener la contradicción es agotador. Sobre todo porque la sociedad actual no tolera las medias tintas y nos empuja a posicionarnos. Solo hace falta observar el comportamiento de las redes sociales para comprobar que la duda no está de moda. La gente opina con una seguridad apabullante. Vivimos rodeados de expertos aficionados y filósofos de cafetería.

Veo el mundo moderno como una gran centrifugadora. Cada vez resulta mas complicado mantenerse a una distancia prudente de los extremos.
Históricamente, desde Sócrates o Descartes hasta los filósofos de la sospecha, la duda había sido el método para llegar a la verdad. Hoy la duda lo impregna todo y la manera de afrontarla es aferrarnos con más fuerza que nunca a unas certezas que ya no existen por lo menos en el contexto actual. Vivimos en el totalitarismo de la certidumbre. Hoy, desengañados de tantas verdades que han resultado ser falsas, hemos decidido abandonar la duda y empuñar las convicciones feroces. El combustible del éxito de los jóvenes es la seguridad y el culto al individualismo.
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El diálogo ha dejado de ser la forma primordial de contrastar nuestras afirmaciones y ponerlas a prueba, para dar paso al monólogo inapelable. La equidistancia tiene visos preocupantes de falta de compromiso y la “tercera posición” que pregonaba Perón pareciera ser un pecado de tibieza.
Ha empeorado la polarización por las redes sociales, que nos aíslan en burbujas de personas y opiniones afines y rara vez nos exponen de manera respetuosa a opiniones con las que no estamos de acuerdo.
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El descontento que retumba debajo de la superficie, ahora asumió un tipo mucho mas duro de polarización y división que ha trastornado la visión de la política y ha puesto en duda la democracia. Este es un momento en el que necesitamos una vez más renegociar los términos de relación entre capitalismo por un lado y la democracia por el otro.
Estamos asistiendo de manera global a una polarización que puede debilitar el sistema democrático. Y si hay instituciones políticas que no funcionan, porque los partidos se endurecen en sus posiciones, la opinión pública buscará un remedio más fuerte para “curar” esa “enfermedad política”. Pero a veces el remedio que la opinión pública elige es un elemento demasiado radical y esto la historia, sobre todo a principios del siglo XX, nos lo ha enseñado.
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La vida democrática es un proyecto común, pero requiere debate, desacuerdo, capacidad de escuchar. Estas son las artes, las virtudes cívicas que debemos recuperar.
El modelo de negocios de las empresas de redes sociales es mantenernos pegados a nuestras pantallas. Depende de la economía de la atención, captando y manteniéndola el mayor tiempo posible, recopilando nuestros datos personales y usándolos para vendernos cosas.
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Esta es una dependencia mutua muy dañina entre los discursos de campaña que apelan a la ira, el resentimiento y el agravio y las empresas de redes sociales que se benefician de esos sentimientos.
Camino a las elecciones presidenciales escuchamos muchas propuestas que buscan endulzar oídos pero que difícilmente puedan implementarse. Modificar las condiciones materiales no es sólo una cuestión de voluntad. Necesitamos elegir un buen piloto de tormenta probado y no un experto en catarsis.
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En el mientras tanto, sería aconsejable que los candidatos recorran el último tramo de la campaña electoral con la responsabilidad, profesionalismo y vocación de servicio que el puesto al que aspiran requiere.
El día después del veredicto popular, nos espera un desafío mayúsculo como sociedad.
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