
Las cooperativas, además de ser un espacio de trabajo, son también un lugar de desarrollo y contención de sus integrantes y ese es su gran factor diferenciador. Constituyen grupos de personas que se ayudan entre sí y que buscan dar vuelo a sus ideas en el ámbito productivo, comercial, social y cultural. Y lo hacen a través de un modelo de organización donde cada asociado tiene un voto y todos juntos definen el destino de la entidad.
La Cooperativa Obrera (conocida como “la Coope”) es un ejemplo de este tipo de organización, ya que nació en 1920 cuando un grupo de 173 vecinos de Bahía Blanca, Buenos Aires, se unió para constituir una cooperativa panadera que asegurara la calidad y el precio justo del pan.
La entidad posee más de 1.400 productos bajo el paraguas de sus 5 marcas propias que están presentes en sus supermercados. Algunos de estos productos son elaborados en establecimientos propios y muchos de ellos a través de proveedores, dando prioridad a cooperativas y Pymes regionales a las cuales se les confía la fabricación y el desarrollo de las siguiente marcas: Cooperativa (productos básicos), Eccop (alimentos denominados “funcionales” porque otorgan un beneficio al organismo y mejoran el estado de salud y de bienestar), Coop (artículos del hogar), Sombra de Toro (chacinados) y Primer Precio (productos básicos).
“La marca propia tiene un rol clave porque amplía el surtido, ofreciendo alternativas de menor precio a similar calidad para el consumidor”, explica Néstor Pablo Barbieri, subgerente general de Cooperativa Obrera. “Tenemos una amplísima variedad de productos, desde electrodomésticos hasta artículos de limpieza, de almacén, de bazar y, por supuesto, alimentos”.

El mundo cooperativo es muy amplio: entre muchos rubros hay cooperativas de trabajo (para resolver temas laborales), de servicios (como de agua y energía eléctrica) y de consumo, como la Coope, donde los consumidores se unen para agilizar el suministro de alimentos. Las cooperativas pueden constituirse en uno de los motores para la transformación de los sistemas agroalimentarios y contribuir al cumplimiento de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.
En el caso de la Coope, hay productos que nacen como una respuesta a las distintas demandas que van surgiendo por parte de los asociados. Es el caso de Ecoop, una línea de alimentos saludables que nació hace más de una década vinculada a la idea del cuidado de la salud y del bienestar. Un ejemplo son las harinas enriquecidas con ácido fólico que fue una iniciativa que la cooperativa llevó hasta el Gobierno nacional y que generó que hoy, por ley, todas las harinas a la venta incorporen este nutriente.
Según Ignacio Moncayo, consultor coordinador del Área de Cooperativas de la Oficina Regional de la FAO para América Latina y el Caribe, los supermercados cooperativos como la Cooperativa Obrera desempeñan un papel esencial en la promoción de sistemas alimentarios sostenibles, en la mitigación del cambio climático y en generar vínculos de largo plazo con las comunidades y territorios donde se insertan.
“Su enfoque en las personas y el apoyo a los productores locales son ejemplos claros acerca de cómo la colaboración puede marcar una diferencia en la seguridad alimentaria y en multiplicar los impactos positivos de las cooperativas en nuestros países”, expresa, y agrega que la asociación estratégica entre la FAO y la Cooperativa Obrera es un paso significativo en la promoción de sistemas alimentarios sostenibles y en la lucha contra el hambre. Así, con el compromiso de ambos actores y la colaboración internacional se sientan las bases para un futuro más próspero y equitativo en el ámbito alimentario.

“Se trata de promover modelos virtuosos de distribución de alimentos y la FAO busca fomentar espacios de producción y consumo sostenibles, con arraigo en los territorios y sus vocaciones productivas, vinculándose a proveedores locales y favoreciendo el acceso a alimentos sanos, nutritivos y de calidad”, enfatiza Moncayo. “Además, se busca satisfacer la demanda de los consumidores, que en este caso por tratarse de una cooperativa de consumo, son los dueños de esta”.
En América Latina y El Caribe existen más de 105.000 cooperativas, pertenecientes a distintos rubros. Entre los países con mayores entidades asociativas sobresalen Argentina, Brasil y Uruguay. Puntualmente en Argentina el cooperativismo tiene una larga y frondosa historia que, para Barbieri, está relacionada con la inmigración y el gran crecimiento del país donde llegaron españoles e italianos buscando un futuro mejor. Estos replicaron los modelos asociativos de sus lugares de origen. Según el último relevamiento del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social, en Argentina hay 19.076 cooperativas.
“Las cooperativas son hijas de las necesidades, tienen una gran capacidad de resiliencia y resuelven problemas en momentos de crisis donde un grupo de personas deciden, de manera democrática, unirse y juntar esfuerzos para resolver sus necesidades comunes”, reflexiona Barbieri.
“Hoy estamos en crisis, no solo del sistema agroalimentario”, agrega. “El desafío es velar por la calidad de alimentos y el acceso a ellos, el reconocimiento a todos los productores y la reducción en el impacto ambiental, para lo cual es fundamental reconocer el lugar protagónico de los consumidores. Y todos, como consumidores, debemos ser conscientes de cómo nos alimentamos; en definitiva, tenemos que elegir qué comemos, quién produce y dónde adquirimos nuestros alimentos. Cuando los consumidores exigen, las empresas y los gobiernos cambian”, concluye.
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