
Las pasadas elecciones primarias abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO), nos dejaron un escenario abierto para las generales de octubre. El resultado fue que el país quedó distribuido en tres fuerzas de un tercio cada una. Otros partidos le siguen con un porcentaje menor, y otro tercio de la población que no concurrió a las urnas o se pronunció a través del voto en blanco. Esta realidad de tercios, no prevista por la mayoría de las consultoras, pero sí preanunciada por algunos pocos, nos sitúa en un escenario que requiere de un análisis que nos introduce en un mar de fondo. La crisis dominante no tendrá una solución en aquel sector que se considere la única alternativa para lograrlo, se requiere del todo, la suma de los tercios y aún de quienes obtuvieron un porcentaje menor. Pero ante un país a punto de entrar en terapia intensiva, no alcanza un único sector político como herramienta vital para el cambio.
Quien alcance la presidencia requerirá de un todo, cuyas partes incluya a los diferentes actores de la sociedad civil. Argentina se caracteriza por contar con espacios en donde líderes y equipos de trabajo del ámbito social, interreligioso, empresarial, educativo y profesional, se sientan en una misma mesa con importantes aportes que deben ser considerados, porque sin ellos no será posible poner de pie a nuestra amada nación. Sólo si cavamos entre todos podremos extraer la raíz que nos arrastró a un pozo de incertidumbre.
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Cuánta razón tiene el proverbio bíblico que dice “Es mejor ser dos que uno, porque ambos pueden ayudarse mutuamente a lograr el éxito. Si uno cae, el otro puede darle la mano y ayudarle, pero el que cae y esta solo, ese sí que está en problemas”.
Estamos en problemas, porque obramos en la individualidad y no en los consensos. Esa individualidad nos distancia a la hora de extender la mano al que piensa diferente y que también trabaja por una Argentina mejor. Descalificar a los demás a través de críticas destructivas, en lugar de debatir propuestas, es acudir nuevamente a métodos que son ineficaces.
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Por ello, más allá del éxito que alguna fuerza política tendrá en las elecciones generales de octubre o en un eventual balotaje, el voto de la ciudadanía pone de manifiesto que la unidad nacional debe convertirse en una política de Estado para los días que vienen. Además, aquellos que tenemos fe debemos escoger el camino de honrar nuestra Constitución ya que nos invita a buscar en Dios como fuente de toda razón y justicia. Ningún pueblo que lo ha hecho con honestidad, ha fracasado.
Nos encontramos en la etapa en donde cada candidato presidencial expone cómo piensa sacar el país adelante, vendrán debates, campañas en los próximos meses.
A la hora de emitir nuestro sufragio, deberíamos preguntarnos, cuál de los candidatos en sus respectivas categorías encarna la historia correcta, ¿su relato es coincidente con lo que públicamente conocemos acerca de su persona, gestión, sus declaraciones, afirmaciones y promesas? ¿Qué identidad podemos construir de dicho candidato a lo largo de la historia, de su gestión como funcionario público, sus valores y principios en coincidencia con los nuestros?
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Será fundamental que el electorado obre con sabiduría para discernir a quién votar en las urnas, encontrar en el cuarto oscuro la luz que nos guíe a una buena elección, esa es nuestra responsabilidad como ciudadanos. Pero quien gane deberá también asumir la responsabilidad de no cometer el error de conducirse sin la compañía del resto para ser el todo que necesitamos.
Dios bendiga nuestra nación y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad en la búsqueda del bienestar general de todos los argentinos.
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