
Solemos - y es un gran error - dar nuestra democracia por sentada. Llegando a los 40 años ininterrumpidos, el ciclo más largo de democracia real de nuestra historia, hay un acostumbramiento que hace que la sintamos parte del paisaje.
No estamos solos en este error. La democracia en el mundo está retrocediendo o en riesgo justamente víctima de sus propias virtudes. Así como las vacunas generan la paradoja de curar enfermedades al punto de que la gente empieza a creer que no son necesarias (y así las enfermedades vuelven), la democracia con sus libertades y sus derechos genera la sensación de que no hace falta defenderla. Y es exactamente al revés.
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En “Cómo mueren las democracias”, Levitsky y Ziblatt postulan claramente que ya las democracias no caen por grandes revoluciones o golpes de estado sino que van siendo horadadas gradualmente por quienes las gobiernan para acumular más poder, sin reacción contundente de la ciudadanía.
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En ese proceso, la calidad de la democracia va sufriendo un deterioro que debemos evitar a tiempo si queremos asegurar la continuidad de este sistema de gobierno que, aún perfectible, es el mejor que hemos encontrado.
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Y en esto es donde la transparencia y la libertad con la que se desempeñan los poderes del Estado son indispensables. El avance de los ejecutivos sobre la Justicia, en todo el mundo y también en Argentina, es un fenómeno lamentable y que tiene que ser combatido.
El Democracy Report de la Universidad de Gotemburgo tiene datos que aterran: todo el avance hecho en términos democráticos en los últimos 35 años fue borrado del mapa. El 72% de la población mundial, en 2022, vivía en países con algún grado de autocracia y hay más dictaduras que democracias liberales. Así de simple, de duro y de urgente.
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Los efectos de esto se ven en la libertad de expresión, de prensa, en la posibilidad o no de elecciones libres y en la represión directa de los gobiernos a sus ciudadanos.
En la Argentina, aún con todos nuestros problemas, tenemos la tranquilidad de poder decir que vivimos todavía en una democracia liberal. Pero hay que cuidarla. Hay que resistir cada ataque del Ejecutivo, hay que denunciar cualquier tipo de presión o influencia que se intente y hay que cuidar nuestras elecciones como si la vida se nos fuera en ello, porque así es.
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En el periodo 2015-2019 la Argentina mejoró significativamente en los índices de transparencia que se conocen a nivel mundial. Sin embargo, este gobierno se ocupó de destruir toda la transparencia que tanto costó construir. La pandemia, como en tantos otros lugares del mundo, fue la excusa para intervenir garantías y libertades que antes no se discutían y que ahora no existen.
El nuevo gobierno deberá afrontar con un gran coraje y tenacidad esta situación porque tiene el deber de volver a poner a la Argentina en el camino del crecimiento y en la mejora de los índices de transparencia. Hay mucho trabajo para hacer, la buena noticia es que viene un gobierno que está interesado en hacerlo.
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