
La palabra “rostro” en hebreo se dice “Panim”, y tiene una particularidad que la distingue. No existe en su forma singular. La traducción de “Panim” es “rostros” o “caras”. Debe ser porque en realidad no tenemos un solo rostro. Nuestras caras mutan no sólo con el paso de los años, sino en relación a qué o quién nos sucede en ese instante. Cada uno de esos rostros habla, pero a la vez oculta lo que quizá confesaría con otra cara.
En el texto de esta semana se lo ve a Moisés congregando a todo el pueblo. Pero hay un detalle en su rostro. Acaba de bajar del Monte Sinai -por segunda vez, después del episodio del becerro de oro- con las segundas Tablas de la Ley. Sólo que esta vez hay algo diferente en él. Su rostro brilla. Una luz especial irradia desde la mirada después de su encuentro con lo divino. Entonces, tapa su rostro con un velo para poder hablar con su gente (Éxodo 34:29).
La imagen de un rostro que brilla no nos es ajena. La encontramos en la sonrisa perfecta de un chico al meter un gol, en dos enamorados bailando, en un jóven al alcanzar su título, o en el rostro de los abuelos al ver todo lo recorrido en paz. En esta historia de Moisés, podemos descubrir una pista acerca de cuándo brillan los rostros. La primera vez que baja del monte con las Tablas su rostro no brilla, esto sólo le sucede la segunda vez. La diferencia es que las primeras Tablas las había escrito Dios, mientras que las segundas las escribe él con sus propias manos. Porque brillamos no cuando recibimos, sino cuando hacemos y logramos algo.
Lo sorprendente es que Moisés se cubra entonces el rostro con un velo. ¿Por qué ponerse un velo al hablar con la gente si no hay nada más hermoso que ver a alguien brillar? Porque ocultamos partes de nosotros. No nos revelamos nunca por completo. Todos usamos velos, máscaras. Todos nos ocultamos. Escondemos algo o somos parciales. Según qué o quién nos sucede en ese instante. Es por eso, que tenemos muchos rostros.
En la cima de ese mismo monte, Dios mismo se revela. En el primero de los mandamientos se presenta y dice: “ANOJI - Yo Soy tu Dios”. Es el “YO” más absoluto y total. Lo extraño es que la palabra “YO” aparece en el texto como “ANOJI”, cuando en hebreo “YO” se suele decir “ANI”. Entre “ANOJI” y “ANI” hay una sóla letra de diferencia: la “J” (la letra hebrea Jaf). La letra “J” sóla significa: “cómo si”. Por lo que “ANOJI” no significa “YO”, sino: “Como si fuera YO”.
Ni siquiera Dios en la más épica de sus presentaciones a la humanidad se revela por completo. Desconocemos lo oculto en lo divino; ¿desconocemos lo oculto dentro nuestro? ¿sabemos lo que está detrás de nuestros velos? El mundo allí afuera no conoce por completo todo lo que somos; ¿lo sabemos nosotros?.
En el Midrash, Rabí Nehemiah enseña que el término “ANOJI” proviene de la palabra “ANOJ”, que significa “YO”, pero en idioma egipcio. El “ANJ” egipcio era un simbolo que utilizaban los faraones, el cual representaba su vida eterna. Quizá sea por eso que Dios en el Sinaí se presenta con ese nombre. Porque en su primer aparición habla en el idioma que ese pueblo conocía (Yalkut Shimoni 286). El descubrimiento del “ANI”, el del verdadero “YO”, exige búsqueda, tiempo, dedicación y evolución.
Tal vez, el desafío espiritual de este tiempo consista en ingresar dentro de nuestro propio “ANOJI”, para preguntarnos si nuestra vida es sólo una máscara de lo que podría ser. Si somos sólo un “Como si fuera Yo”. Si acaso todos nuestros rostros en verdad nos representan. Investigar si acaso lo que ocultamos detrás de los velos es por vergüenza o por estrategia, por culpa o por poder. Si es para mostrar lo que no somos, lo que imitamos de otros, o para no mostrar lo que no queremos ser.
Si acaso estamos en ese recorrido de descubrimiento del “ANI”, del “YO” más real, ese en el que somos sin velos, ese que hace que el rostro brille. Desde el mundo del espíritu, el embellecimiento de un rostro consiste en unir los fragmentos de rostros que somos. entonces, comenzar a decir lo que pensamos, hacer lo que sentimos y ser lo que aspiramos.
Amigos queridos. Amigos todos.
El velo nos recuerda de manera simbólica al detalle que usa la novia al llegar al palio nupcial. Sólo se quita el velo cuando está frente a su amor. Sólo en la Jupá, en ese instante de amor absoluto, decimos con nuestro rostro descubierto que queremos que alguien nos sepa por completo, totales, sin máscaras. Quitarse el velo es un acto aspiracional. Es querer volver a ser uno, uno mismo sin caretas. Un solo rostro, genuino, verdadero.
El amor real logra eso. Un rostro que brille, como ningún otro rostro.
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