
La afectividad masculina es un tema escasamente explorado y dado por sobreentendido. Sin embargo, está en los cimientos de la sociedad y de las relaciones humanas. La afectividad masculina y el modo de vincularse de los hombres con los suyos, con las mujeres y con sus pares, sigue patrones psicológicos limitantes en muchas culturas, en cuanto a la integración de afectos positivos y actitudes de cuidado, razonamiento y accionar.
Por estos días, nos interpela como sociedad, en el rol de padres y educadores, así como psicoterapeutas dedicados a la salud mental, el crimen cometido por una patota de adolescentes varones deportistas contra un solo varón, Fernando Báez Sosa, el cual fue atacado con ensañamiento y violencia hasta matarlo.
Muchas observaciones, análisis y pensamientos de todo tipo intentan encontrar una explicación a este crimen. Mucho se habla de los valores y del rol de los padres al momento de poner “límites a tiempo”, de estar atentos cuando existen conductas agresivas e incluso violentas en ellos “dentro y fuera de la casa”. La condena de la Justicia llegó, así como la sanción social, ahora nos toca focalizarnos en inculcar la empatía y valores sociales más amorosos.
Nos estremece ver a una familia destruida a raíz de acciones que podrían prevenirse. Propongo entonces una mirada que aborde aquellos rasgos psicopatológicos y conductas violentas que intervinieron en el caso; el lugar de la estructura familiar, de los estereotipos masculinos hegemónicos en la sociedad patriarcal, en cómo se transmiten esos modelos de virilidad y de aprobación de conductas, desde los adultos a los jóvenes, que al no ser cuestionados y deconstruidos, desde el origen de la persona y su educación, pueden devenir en crímenes o delitos.
Cuando la crianza se basa en modelos y experiencias machistas, se excluye de la formación de los varones el prestigio de modelos y de experiencias de cuidado, y de atención empática a la fragilidad del prójimo. Siendo que esta afectividad positiva sofrena y disminuye la agresividad subjetiva, como a nivel social, disminuyendo índices de violencia.
Urge educar a padres hombres para los vínculos afectivos, familiares y de crianza. Es necesario entregarles modelos masculinos que integren la ternura como un afecto más. Esto repercute en que los jóvenes asuman desde la propia experiencia una masculinidad que incluye un freno hacia la violencia.
Muchos padres creen que, al acariciar a los hijos varones, ellos se debilitan: esto es absolutamente falso. El contacto respetuoso entre adultos varones, a través de la “caricia apreciativa y validante”, así como del abrazo (como expresión normalizada con el hijo), brinda seguridad afectiva, confianza y un aplomo que no se sostiene en conductas violentas.
El prestigio social de los hombres, no implica que estén habilitados para cuidar y conectar con los jóvenes de su familia y del entorno. Para esto, se requiere derribar ideas y conocimientos sesgados por milenios de culturas patriarcales. Se necesita mayor énfasis y paciencia al resaltar la importancia del prójimo, así como de uno mismo. Y que los adultos, junto a los propios límites, exploren su afectividad y actitudes más solidarias, al interior y hacia afuera de la familia.
Una sociedad mejor no puede saltear este paso: la educación de los padres hombres, y esclarecer su afectividad, la variedad e inteligencia de sus afectos y emociones.
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