Chesterton, el gran escritor inglés escribió: “El único modo de estar seguro de tomar un tren, es perder el anterior”.
Dicen que el tren pasa una sola vez. Pero no es tan así. Hay veces que al perder un tren, se gana. Se gana en paciencia, en templanza, en experiencia y en saber subirnos al próximo con mayor seguridad. Hay veces que al perder, se gana. En una discusión, en un fracaso, en una desilusión, o en algún error. Ahora, cuando hablamos de perder, no siempre lo que se pierde está allí afuera. En tiempos de geolocalizaciones infalibles, los que corremos el riesgo de perdernos, somos nosotros.
Colin Ellard es un neurocientífico americano que se ha especializado en la relación entre las emociones y el entorno en el que vivimos. Trabaja en proyectos de urbanismo desde la perspectiva de la influencia de los lugares en la mente y el corazón. En uno de sus libros, “You are here”, describe cómo -incluso en esta era de GPS, Waze y Google Maps- pudimos llegar hasta la Luna, pero nos perdemos al ir hasta el supermercado. Con la tecnología hemos alcanzado la ilusión de dominar el sentido del espacio, sin embargo la infinita dependencia de estos dispositivos hizo que como especie, estemos perdidos. Y lo que Ellard describe que nos pasa al perdernos con el auto en la calle, resulta en una exquisita analogía con lo que sucede al perdernos en el laberinto del alma.
Lo primero que nos sucede cuando nos perdemos con el auto es que aparece esa extraña tendencia a acelerar. Vamos más rápido justo en la dirección que no conocemos, con la quimera de que el error será reparado con mayor velocidad. Queremos volver a la ruta original, pero más rápido. Mientras que lo único que logramos es, además de generar peligro para nosotros y los que nos rodean, alejarnos cada vez más. Nada más gráfico que esa última porción de torta en medio de una dieta. Nos autoconvencemos de que devorarla bien rápido, seguramente no contará.
Entre las oraciones de los próximos días de reflexión del Año Nuevo Judío y el Día del Perdón, se encuentra una en la que pedimos disculpas de lo siguiente: “Al Jet shejatanu…beritzat raglaim lehara”, “Por el error que cometimos cuando corremos con nuestros pies hacia el mal”. Es extraño. No hace ninguna falta correr para eso. Sin embargo, tenemos esa absurda sensación de que si lo que vamos a hacer mal, lo hacemos rápido, entonces no será tan terrible.
Ellard sugiere un buen consejo a la hora de sabernos perdidos con el auto: en vez de acelerar, simplemente frenar. Para recalcular nada más sano que frenar. En tiempos de tanto extravío y corridas que nos llevan a metas sin sentido, la propuesta espiritual de este tiempo, es simplemente frenar.
Y lo segundo que nos sucede al perdernos, es que no apreciamos lo importante de estar perdidos. Perderse es parte de la experiencia humana. Es en esos momentos en donde descubrimos cosas que nunca habíamos visto antes. Perderse en alguna calle puede hacernos repensar cuán relevante era lo que estábamos por hacer. Por qué invertiríamos tiempo en algo que no nos hace sentir en casa. Nos abre una ventana a callejuelas y paisajes que desconocíamos de nosotros mismos.
Hace dos semanas el texto que leímos de la Torá se llamaba “Ki Tetzé”-”Cuando salgas”. La semana que pasó llevaba el nombre de “Ki Tavó”-”Cuando entres”. Siempre en movimiento, yendo y viniendo, entrando y saliendo. Quizá por eso esta semana, justo la previa a que se inicie el año nuevo del calendario hebreo, el texto lleva por nombre “Nitzavim”-“Parados”. Frenar. Es una condición espiritual imprescindible, para no perder el próximo tren.
Frenar genera miedo. Creemos que si paramos perdemos. Pero hay veces que al perder, se gana. Si no estás tan seguro de la dirección de tu vida, no hace falta estar tan apurado en resolver ese estado de “perdido”. Estar parado en la estación sin señal en el celular, esa espera en silencio en el andén, es parte del proceso de encuentro. Estudia con atención ese momento. Aprecia y escuchá lo que dice tu alma antes de encontrarte.
En la Torá, los israelitas están todo el libro caminando en medio de un desierto. Sin dudas, es para enseñarles el valor que tiene estar perdido antes de llegar. Lo sagrado del silencio mientras esperamos el tren. Porque el camino es la mayor parte del libro, no la llegada. Estar perdidos puede enriquecernos infinitamente, antes de llegar a la Tierra.
Estas reflexiones quizá no sean de gran ayuda si tenemos que llegar temprano a algún lugar importante. Pero son indispensables para el ticket del viaje espiritual. Estas próximas fiestas nos proponen ese freno. Para recalcular. Para asumir que cada persona tiene su cuota de pérdidas. Para ver a la distancia, que el año y el tiempo son el tren que viene. Para estar de pie y más seguros en el andén, cuando se abran las puertas de la vida que llega.
Amigos queridos. Amigos todos.
El Waze es un gran invento. Nos dice todo. Qué calles tomar, cuales están con alto tránsito, dónde hay peajes, barreras y controles policiales. Cuánto tiempo tardaremos en llegar, las estaciones de servicio de camino y los accidentes en ruta. Pero hay una sola cosa que no nos dice: ¿a dónde tenemos que ir?
Para eso, llega este tiempo de freno. Para dar Teshuva, y poder responder a la pregunta.
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