
¿El deterioro de las condiciones económicas explica el deterioro político o viceversa? En la actual crisis política y económica que vive la Argentina no cabe duda alguna. La crisis es política. Por lo tanto, la salida también lo es.
Como pocas veces en la historia reciente ha quedado claro que la interna y las divisiones del cuarto gobierno kirchnerista, traducida en parálisis y desgobierno, están llevando al país a una situación económica de extrema gravedad.
Los desacuerdos al interior del Frente de Todos no son lamentablemente sólo un problema de la coalición gobernante, del oficialismo, del Gobierno, o como sea que se le quiera llamar a este experimento fallido y grotesco en el poder. Es una interna que se está llevando puesta a la Argentina, con todos nosotros adentro.
Con un agravante: no estamos ante una crisis de deuda o una corrida cambiaria más, a las que con espíritu de resistencia y resiliencia los argentinos nos fuimos de alguna manera “adaptando” (y eso con todas las repercusiones dramáticas que esos episodios suelen conllevar). En este caso, estamos atravesando una crisis estructural, profunda, sistémica, de esas que definen grandes etapas históricas.
Estamos ante el colapso de un modelo obsoleto desde lo económico y social, que corona una larga década de estanflación y caída del nivel de vida. Una década que destruyó empleo privado, patrimonio y salarios, capital y trabajo por igual.
¿Qué tenemos que hacer, en estas circunstancias dramáticas, desde la oposición? Sin pretender tener una respuesta concluyente y única, quisiera intentar al menos ensayar una hipótesis que permita abrir un debate constructivo y propositivo, desde el humilde lugar que me toca.
Voy a empezar, primero, por lo obvio (que muchas veces no es tan obvio): Juntos debe evitar comportarse en espejo al kirchnerismo. ¿Qué quiere decir esto en concreto? Que en esta hora delicada que vive nuestra patria, la pelea por los liderazgos -legítima y necesaria, sin dudas- no puede ser la única prioridad.
Por la dinámica acelerada que empieza a experimentar esta crisis, es un océano de tiempo lo que nos separa de las elecciones y lo que menos espera la ciudadanía argentina de nosotros es mimetizar en un internismo inconducente.
Nuestra respuesta a los argentinos no puede ser nunca “espérenme que voy a las PASO y vuelvo”. Hay que ponerse los largos. Tenemos que estar a la altura del desafío de nuestra época, o en su defecto, estaremos fabricando un vacío de poder detrás del cual nos espera un abismo.
Insisto, por más legítima que resulte la discusión por el liderazgo, esta no puede entorpecer la tarea central de nuestro tiempo. Argentina no necesita una oposición para ganar una elección. Argentina necesita un nuevo proyecto para construir orden y desarrollo. Nos tocará a nosotros como principal oposición ser todo lo responsable que ellos no fueron ni serán.
No estoy hablando de “cogobernar” ni de asumir funciones o responsabilidades que no son propias (lamentablemente, en la Argentina el llamado a la unidad nacional es uno que se hace siempre en el minuto 44 del segundo tiempo, cuando las condiciones para dicho diálogo son ya imposibles).
Me refiero a asumir la responsabilidad de construir un serio y sólido proyecto de gobierno, que vaya mucho más allá de la ciencia electoral, con una gran unidad de la oposición que sea el punto de partida para una gran unidad nacional.
Hoy el FDT es un “Triángulo de las Bermudas” que se devora todo los temas y las agendas de la Argentina. Lo que entra allí no sale más. Por eso, desde Juntos debemos evitar que se devore también a la oposición. El país necesita contar con la posibilidad de un recambio en serio.
Tenemos que poder demostrar que hay un camino opuesto, diferente. Asumir desde Juntos, con todas las contradicciones que podemos tener, una hoja de ruta, un núcleo de coincidencias básicas en torno a la crisis nacional y su salida. Porque en palabras de Winston Churchill, el precio de la grandeza es la responsabilidad.
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