
Hace 16 años que el país registra la continuidad de una inflación anual de 2 dígitos y creciente, hasta alcanzar los últimos registros, superiores al 50%. Hace más de 25 años que, al menos, alrededor de un tercio de la población en la Argentina es pobre en términos de sus ingresos y, si el criterio de la estimación fuese multidimensional, esa relación arroja un cuadro aún mucho más penoso.
Hace una década que el desafío se reduce solamente a tratar de crecer durante 2 años consecutivos. El PBI por persona es un 20% inferior al de hace 10 años y resulta similar al de hace más de 2 décadas e igual al de otras 2 décadas más atrás. Obviamente, que hace mucho tiempo que dejamos de ser una nación en vías de desarrollo.
Muy por el contrario, estas pocas pero muy relevantes tendencias señalan como un país en claras “vías de subdesarrollo” que, a lo sumo, pudo “estacionarse” durante la última década en una excepcional y muy precaria situación de “subdesarrollo sostenible”, estadio con el que la política doméstica se mostró muy conforme con que alrededor de un tercio de nuestras familias resignen su condición de poder ser productoras de bienes y servicios y resulten solamente personas de un mero consumo mínimo y subsidiado.
Combatiendo sistemáticamente a los fundamentos esenciales del desarrollo parecía haberse logrado la convergencia de un muy escaso crecimiento económico, pero aún tolerable y siempre en nombre de una ilusoria equidad (en la pobreza), con la llamada gobernanza de mantenerse en el poder político.
Hoy en día, ya habríamos atravesado las fases más críticas de la pandemia de Covid-19 y, en nuestro caso, de los efectos negativos de las tardías vacunaciones y las prolongadas y generalizadas cuarentenas asociadas a ella. A la situación actual podríamos pensarla, en términos de promedios productivos, si bien en una Argentina cada vez más heterogénea, como relativamente similar a la situación de prepandemia de 2 años atrás.
Exceso de emisión
Pero, la cantidad de dinero local se ha duplicado, producto de recurrir, sin fondos públicos de contingencias ni acceso a créditos, y para atenuar a los efectos recesivos de la crisis, a una “bazooka monetaria” casi irrestricta, si recordamos que el sector público nunca consideró acompañar empáticamente la brutal caída de los ingresos del sector privado.

Ello resultó consistente e inevitablemente, en un alza generalizada de los precios del orden del 50% anual, convalidando el Indec la teoría cuantitativa del dinero y refrendando un principio básico de las finanzas públicas que indica que, a un financiamiento transitorio del déficit fiscal con emisión monetaria se genera, como contrapartida al cabo de un rezago de tiempo, un salto permanente en el nivel general de los precios.
De cara al 2022, después de la ilusión fiscal y monetaria de 2020/21, pueden venir los tiempos de los años pares, no electorales, de una relativa austeridad fiscal y de una prudencia monetaria; pero probablemente no cederá la inflación y surgirán nuevamente las voces que dirán que esta invalidada la teoría que sostiene que la inflación tiene su origen estructural de largo plazo en la emisión monetaria sin una similar contra cara de demanda de dinero doméstico, ni una mayor producción de bienes y servicios.
Olvidarían así que la inflación, una vez detonada, genera sus propios “motores endógenos” que la retroalimentan, ya sin la necesidad de una mayor emisión de moneda. Estos “motores” son básicamente 2: A) la generalmente necesaria recomposición de los precios relativos que las regulaciones públicas distorsionaron, fundamentalmente el impacto de las recuperaciones tarifarías de la energía y el transporte, y el atraso del tipo de cambio; y B) la componente de las inercias por las expectativas negativas a futuro, por la desconfianza y la falta de credibilidad en la política monetaria y fiscal del gobierno.
Esta última es la más relevante y se refleja en el aumento en la velocidad de circulación del dinero local, por la fuerte disminución de su demanda debido a su incapacidad pasada de preservar su valor. Se la considera una moneda “ya enferma” y “se huye” de ella hacia los bienes y servicios, a cualquier precio, y hacia las monedas sanas. Esta mayor velocidad de circulación del dinero, tanto en efectivo como en una mayor rotación de los depósitos bancarios, tiene exactamente el mismo efecto de una mayor emisión monetaria, aún sin que esta se verifique.

Pero este primer y gran desafío, no es el único a superar. El segundo desafío es el plan de estabilización fiscal. Con el gasto público y los ingresos fiscales igualados en el actual nivel del 40% del PBI, el plan no garantiza el inicio de un sendero de crecimiento económico de la sociedad en su conjunto, tanto por la escasa productividad relativa del gasto público como por la excesiva presión fiscal que ello aún significa para el sector privado.
El tercer desafío es entonces el lograr la ausencia del déficit fiscal corriente, pero con menos impuestos y menos distorsivos del ahorro, de la inversión y de la producción y del comercio interior y exterior. Consistentemente ello con un menor gasto público y mucho más productivo. Probablemente en un nuevo nivel de equilibrio de unos 10 puntos porcentuales menos del actual. Sólo así podremos pensar en torcer el actual rumbo de país subdesarrollado a serlo efectivamente en “vías de ser desarrollado”.
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