
La pandemia afectó nuestra calidad de vida tanto por el estrés provocado por el confinamiento inicial, la angustia de padecer el COVID-19 y las pérdidas económicas, así como por el aumento del sedentarismo, la mala alimentación y la disminución del control clínico de los factores de riesgo, tal como sostienen los especialistas. Todo esto, asociado al temor a concurrir a los centros hospitalarios por miedo al contagio, generó una desconexión con el propio cuerpo y con otras personas y ha sido la tormenta perfecta para el aumento de casos de Ataque Cerebro Vascular, causa principal de Internación Domiciliaria y uno de los primeros motivos de muerte en el país. En el marco del Día Mundial del ACV, resulta fundamental conocer sus síntomas y formas de prevención para volver a conectarnos con lo que nos hace bien.
En términos estadísticos, durante la pandemia se incrementaron los casos de ACV y, sobre todo, la peor evolución de ellos, con mayores secuelas. Según datos del Grupo Medihome, en agosto de 2021 el 24% de los diagnósticos de pacientes fueron cardiovasculares, el mayor porcentaje en comparación con otras patologías. Los ACV se dividen en isquémicos y hemorrágicos, en una proporción 85% y 15% respectivamente.
Ante este panorama, revincularnos con nuestro propio cuerpo resulta fundamental: estar atentos y en conexión con lo que nos pasa es clave para detectar un posible síntoma de ACV. En cuanto a los posibles indicios a tener en cuenta, debemos consultar con urgencia al médico ante la aparición repentina de dificultad para articular una palabra; coordinar movimientos; confusión mental; trastornos parciales o totales de la visión; piernas, brazos o parte de la cara adormecidos o con menos fuerza; dolor de cabeza o sensación de estallido. Si alguna de estas señales aparece, los principales aliados serán el tiempo y las personas que tengamos alrededor. La consulta médica debe ser urgente. Está estudiado que, cuanto más temprano sea el tratamiento del ataque, mayores serán las posibilidades de sobrevivir y menores las secuelas que se produzcan.
Pero también es importante estar en contacto con otros, es decir, revincularnos socialmente. El teletrabajo, las restricciones, los cambios de hábitos y los cierres de actividades generaron aislamiento entre las personas. En ese sentido, la conexión de grupos sociales puede ser muy útil para la adquisición de buenos hábitos. Se ha demostrado que los grupos de personas que persiguen un fin común (abandono de hábitos tóxicos, trastornos alimentarios, etc) se constituyen como una red de contención que estimula a poder sostener los cambios a través del tiempo.
Como en cada año, debemos hacer hincapié en los hábitos saludables para evitar el ACV. Dadas las circunstancias que venimos atravesando, esta vez resulta indispensable poner el foco en el vínculo con nuestro propio cuerpo y con otras personas, que se han debilitado por la pandemia. Además, debemos ser cada vez más conscientes de la relación con el ambiente, que es nuestro hogar y se ha probado que impacta en nuestra salud.
Y si bien las campañas siempre han sido un disparador para generar conciencia sobre los riesgos para con la enfermedad, la parte más compleja es quizás la implementación de los hábitos saludables. Conectarnos con nuestra salud es caminar al aire libre o tomar una clase a través de Internet. Es reunirnos en una plaza con otras personas o comunicarnos con ellas mediante una llamada. Es nutrir nuestro cuerpo con alimentos que nos hacen bien. Es ir al médico o realizar una teleconsulta con él para chequear que estemos saludables. Es cuidar nuestro planeta, haciendo plogging por ejemplo, una actividad que se hace en grupo y combina el ejercicio físico con el cuidado del ambiente, por lo que el beneficio es triple. Que no falte el vínculo con nuestro propio cuerpo, nuestro ambiente y las personas con las que convivimos en él. Hoy y siempre estemos juntos en movimiento y en conexión contra el ACV.
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