El mundo entero se había detenido. Padre e hijo marchan en una caminata trazada por el silencio y la angustia. Un viaje inevitable que combinaba el dolor y el amor. Pero juntos. Tomados de la mano en medio de un desierto infinito, en un camino que los enfrentará al propio final. En palabras de Wiesel, un camino que los llevará al conflicto que supone tener que elegir entre los sueños del ayer y los sueños del futuro. Entre la fe y la justicia. Entre lo que pide la mente y lo que exige el corazón. Entre obedecer la voz de Dios o rebelarse a ella.
La historia es de las más conocidas y dramáticas de la Biblia. Abraham junto a su hijo Itzjak caminan en medio del desierto hacia el monte Moriah, donde verán a los ojos a la misma muerte (Génesis, cap. 22).
Para Kierkegaard, ese viaje de tres días en silencio fueron más largos que los cuatro mil años que nos separan de los acontecimientos. Cada palabra y cada silencio del relato sólo aumenta la tensión del drama. Subiendo el monte, Abraham lleva el cuchillo y el fuego. En su espalda, Itzjak lleva los leños para el sacrificio. Una vez en la cima, Abraham toma una piedra y la transforma en altar para preparar el sacrificio de su propio hijo.
Esa piedra se haría eterna. Y esa historia sería con los siglos, inspiración de todas las historias. El Cristianismo vio en Itzjak y los leños en su espalda, al Jesús marchando con su madero hacia el Gólgota. En esa piedra se clavaría la Cruz donde el Padre volvería a dar en ofrenda a su propio Hijo. La diferencia es que en el Moriáh, el acto no se consumó. Ningún hombre tiene derecho a sacrificar a otro, ni siquiera para Dios.
Itzjak seguiría vivo para siempre, sin tener que morir. El Islam, por su parte, vio cómo desde esa misma piedra Mahoma ascendía en su último viaje hacia los cielos. Itzjak, Jesús y Mahoma vieron allí su propia muerte, y en esa misma roca se hicieron eternos. La potencia espiritual de esa historia alrededor de esa piedra, hizo que el Gran Templo de Jerusalem sea construido allí, en Moriáh, y no en Sinaí.
Esa piedra, que aún se encuentra en el corazón de la ciudad sagrada de Jerusalem, hoy guardada en la Mezquita de la Cúpula de la Roca en el Monte del Templo, representa el encuentro con la dimensión del final de la vida y su renacimiento en la bendición de la memoria. Representa la lucha contra el paso del tiempo, la responsabilidad de continuar con el mensaje de nuestro ayer y la fe en la vida eterna. Es por eso que los judíos al día de hoy, colocamos piedras sobre las tumbas de nuestros seres queridos. Las flores muestran la belleza externa de lo efímero. Las piedras, la fuerza y la constancia que habla de lo eterno.
Cuatro mil años después, en la Plaza de Mayo, en el corazón de Buenos Aires, también fue erigido un altar de piedras. Piedras que evocan el misterio de la muerte irreparable por la peste y la angustia ante la falta de respuesta al misterio. Piedras que representan a decenas de miles de familias destruidas por la pérdida, y la memoria viva del amor que nunca muere.
Esas piedras fueron llevadas en silencio, con respeto, sin banderías políticas, desde lo espontáneo de un alma quebrada. Son piedras bañadas por lágrimas de rebeldía y de recuerdos infinitos. Pero esta semana han sido profanadas por segunda vez. La primera fue hace unos meses, con las grúas que creyeron que al removerlas, removerían el recuerdo a tanta negligencia y tanta ausencia durante la pandemia.
Cuando desde los más altos estratos del poder se pisotea la memoria, se habilita a que cualquiera lo vuelva a hacer otra vez. Las almas, que no olvidan, volvieron a llevar entonces sus piedras al altar de la lealtad a sus muertos.
Sin embargo, por segunda vez esta semana fueron pisoteadas, pateadas y arrancadas las fotos de los que partieron. Fue el día de la lealtad a las grúas de la primera profanación. Imágenes que nos vuelven a mostrar que en la Argentina, los muertos pueden morir varias veces.
En los capítulos previos a la historia del Sacrificio de Itzjak, se lo ve al patriarca Abraham discutiendo con Dios. Ante la noticia de la inminente destrucción de las ciudades de Sodoma y Gomorra, Abraham grita al cielo: “Lejos de ti que sea el inocente tratado como el culpable. El Juez de toda la Tierra, ¿no va a hacer justicia?” (Gen. 18:25).
En la misma semana, sin juicio alguno, un Tribunal decidió sobreseer a los imputados por el Memorándum con Irán que pretendía absolver a los culpables por el atentado terrorista que asesinó a 85 compatriotas en la AMIA. Cuando no hay un juicio, aquellos que son culpables se transforman en inocentes. Y si acaso fueran inocentes, por carecer de la instancia donde probarlo, se transforman para siempre en culpables. Los únicos en la historia que siguen siendo lo mismo cuando no hay un juicio, son las víctimas. Ellos vuelven a ser víctimas otra vez. Víctimas de esa Argentina donde los muertos, pueden morir varias veces.
Amigos queridos. Amigos todos.
Cada uno lleva en su alma la piedra eterna de sus memorias. De aquellos que no mueren porque viven en nosotros.
Los muertos, nuestros muertos, todos los muertos pueden ser víctimas de la impunidad. Pero nunca, nunca de nuestra memoria. Seguiremos llevando piedras. Seguiremos levantando altares. En lealtad a nuestra historia y en compromiso a nuestro futuro.
*El autor es Rabino de la Comunidad Amijai, y Presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti
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