
Tratando de empujar la realidad con el mayor entusiasmo posible, hay quienes se solazan con comparar algunos datos de los meses actuales con los mismos del año 2020. La actividad económica en conjunto y algunas ramas en particular como la industria, en efecto, mostraron en febrero, marzo y abril mayores niveles que un año atrás. El pequeño detalle es que ese trimestre -en 2020- fue el de peor impacto producido por el cierre de todas las actividades productivas.
Sería más que auspicioso que la actividad económica pudiese recuperarse y, por ejemplo, volver a incorporar al millón y medio de puestos de trabajo destruidos en promedio entre 2019 y 2020. De ser así, por ejemplo, no hubiera sido necesario prorrogar la prohibición de despidos del personal registrado de empresas privadas.
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La dificultad que deriva del predominio del entusiasmo o del deseo de mejorar las cosas es que más temprano que tarde se topan con la dura realidad. Esta realidad indica que el impulso proveniente de la salida de la crisis de 2001 fue intenso durante el gobierno de Néstor Kirchner pero fue atemperándose durante los sucesivos mandatos de su esposa, para empezar luego a declinar.

La crisis ya era visible en el segundo período de Cristina Kirchner, solo que se pudo ir sorteando con una combinación de uso extremo de mecanismos que apelaban a extraer “hasta la última pelusa del bolsillo” (en materia de pagos externos, de restricciones de las importaciones, de cepo al acceso de divisas por los ciudadanos comunes, de sucesivos cambios en el manejo del BCRA, etc.) así como a continuar la nefasta afectación de las estadísticas públicas. El ejemplo más dramático, quizás, fue la afirmación del gobierno de entonces de que se suspendía la medición de la pobreza porque “estigmatizaba” expresión que -como ministro de economía- emitió el actual gobernador de la provincia de Buenos Aires.
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Pero los datos suelen ser tozudos, como nos muestra el Estimador Mensual de la Actividad Económica entre 2004 y 2021 (mayo).
Por su parte, la industria manufacturera ha sido mencionada como líder de la recuperación económica. Lo es en los términos de las comparaciones mencionadas. Pero no describe plenamente la evolución sectorial que viene atravesando serias dificultades desde hace demasiado tiempo.
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También aquí se observa que la declinación tiene su origen en el segundo mandato de la Cristina Kirchner, continuó y se agudizó en el tramo final del gobierno de Mauricio Macri y se desplomó asociado con la pandemia. Esta última caída es de la que la industria se ha recuperado, aunque todavía no se recobraron los niveles de 2019.
¿Por qué importa esta mirada retrospectiva? Porque de la creencia de que los problemas económicos y sociales de Argentina empezaron con el COVID-19 o, incluso, se originaron en el gobierno de Cambiemos derivan afirmaciones como las expresadas por el Alberto Fernández al asumir en el sentido que sólo se trataba de la voluntad de poner plata en el bolsillo de los jubilados y los trabajadores. Unos y otros, sin embargo, siguieron perdiendo capacidad de compra.
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Los buenos propósitos que animan a algunos de los integrantes del gobierno nacional parecen no alcanzar para revertir la ausencia de inversión suficiente, para frenar la carrera inflacionaria -que parece haber alcanzado un nuevo escalón desde el último año del gobierno de Macri del que no podemos bajarnos-, o para completar el ajuste fiscal reiteradamente prometido por el ministro de Economía a propios y extraños.
Los fuegos de artificio (a veces no parecen balas de fogueo) al interior del gobierno no resultan el mejor estímulo para alcanzar el necesario amplio acuerdo político declamado por todos los sectores pero sobre el que no parece haber quienes estén dispuestos a poner los ladrillos necesarios.
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Una vez más, parece desperdiciarse la oportunidad que representa la disputa electoral. ¿Será capaz la dirigencia política de evitarlo?
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