Cuando llegamos al punto de enfrentarnos con la realidad que surge de aquellas cosas que guardamos en nuestro interior y no hemos sido capaces de observar durante mucho tiempo, intentando hacer que no pasaron o por temor al sufrimiento que nos puede ocasionar, tenemos la posibilidad de pasarlas por alto y permanecer sometidos al peso de lo no resuelto, o hacernos cargo del dolor sin juzgarnos ni presionarnos y desde una mirada amorosa, comenzar el camino de la aceptación, como fuente de aprendizaje.
Despertar a la libertad de sentirnos agradecidos de transitar el sendero de nuestra interioridad con la fuerza de un amor que nos transforma e integra nuestras luces y nuestras sombras, descubriendo que no hay emociones buenas o malas; todas nos ayudan en el proceso de crecimiento. Tanto la felicidad como el sufrimiento se convierten en nuestros mejores maestros, apoyadas en nuestra inteligencia emocional y espiritual.
El amor es la única fuerza opuesta a todo lo que nos desune y su acción transforma la mirada que tenemos sobre nosotros mismos y la del mundo que nos rodea.
¿Por qué la palabra amor esta tan desvaloriza? ¿Por qué evitamos usarla? Quizás porque, como dice Anthony de Mello, “lo que se contrapone al amor no es el odio sino el miedo” y desde este lugar nos es más sencillo desconfiar y protegernos, ya que el miedo nos paraliza. Cuando confiamos, cuando amamos, no controlamos y esto produce vértigo, confiar es una apuesta personal que requiere esfuerzo y si no estamos dispuestos a realizarlo, nos es más fácil desconfiar y quedarnos atrapados en nuestro propio juego (ego), que nos paraliza y no nos permite superar el miedo.
Sin duda el amor nos enriquece y nos impulsa a comprender y conocer una perspectiva diferente. El amor enciende lo mejor de nosotros y de los otros, abriendo el camino de la generosidad y desplazando el egoísmo que es lo que nos divide. El amor nos habita a todos y nos fortalece frente a tantas fuerzas que actúan de manera diferente.
Queremos que todo funcione a nuestro alrededor, pero nos cuesta preguntamos a nosotros mismos, cómo estamos, cómo es el trato que nos propiciamos, cómo influye nuestra manera de pensar, sentir u observar a la hora de vincularnos con los demás, en los diferentes ámbitos en los que nos movemos, sea, laboral familiar, social, de pareja etc.
San Agustín decía “ama y haz lo que quieras, pero ama”. ¿No será hora de aprender a abrazarnos y darnos la oportunidad de ser como nuestro interior nos llama a ser? Y desde el amor perdonamos y perdonar, despojándonos de todas esas historias que no nos permiten atravesar la puerta de la libertad de poder confiar, sin buscar seguridad, pudiendo deshacernos de la ceguera del miedo a la libertad de elegir ser y descubrirnos en el encuentro.
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