
El precio internacional de la soja sonríe una vez más a la economía argentina. ¿Tenemos una nueva oportunidad? La ruptura de la barrera simbólica de los 600 dólares por tonelada podría entenderse como una nueva esperanza para la golpeada economía. Pero, ¿seremos capaces de capitalizar esta situación? ¿O seguiremos matando a esta gallina de los huevos de oro?
No es novedad decir que la situación económico-financiera del país es compleja. Ya era complicada antes del inesperado golpe del COVID-19, y el sacudón profundizó aún más tal situación. Un amigo señala que la economía del país, tras el cambio de gobierno, era como la de un enfermo en coma al que –al iniciarse la crisis derivada de la pandemia– le cayó un piano en la cabeza. Tal vez sea de mal gusto la metáfora, pero no por eso demasiado alejada de la realidad.
Volviendo a la soja, complejo que representa entre un cuarto y un tercio de las exportaciones argentinas, ¿será suficiente este super precio para alentar el incremento de la producción y exportación del “yuyo”? Los siguientes puntos que desalientan al sector son conocidos, aunque no por eso menos importantes:
1 - Las llamadas “retenciones” o impuestos a las exportaciones, que castigan a una tercera parte del valor de los bienes exportados,
2 - El alejamiento del magro dólar oficial del dólar de mercado. Ambas medidas hacen que –por cada dólar vendido– el exportador sojero reciba apenas 69 pesos (en lugar del valor libre, o del oficial más impuestos que ronda el doble).
Asfixiar al “yuyo”
La heterogeneidad de voces que se escuchan desde el oficialismo no ofrecen una voz clara respecto del futuro del sector. Es sabido que para los sectores más duros la soja es un recurso del Estado que debería volver a su dueño natural. En este ámbito, las voluntades pro reforma agraria se hacen escuchar, generando una enorme incertidumbre al ritmo de la pulseada de la coalición gobernante. Ante tal situación, mientras otros sectores de la economía han ido huyendo lentamente de la Argentina, los campos enfrentan una restricción: no pueden emigrar buscando horizontes más favorables. Y algunos sectores de la coalición gobernante lo saben. Además de estar convencidos de que el campo argentino es el equivalente al petróleo venezolano, factor clave para financiar políticas populistas. En la visión de algunos “la soja crece sola, alienta la riqueza de los ricos latifundistas, la pobreza de los pobres y debe volver al pueblo”.
En consecuencia, es probable que esta inmejorable oportunidad de crecimiento sea asfixiada por adictivas necesidades fiscales. Recordemos que –para la voracidad del gobierno– las prioridades están sesgadas por las necesidades de financiamiento de cortísimo plazo y no por la probabilidad de transformar en realidad el sueño de un país que crezca, se integre al mundo, acomode su desbordada situación fiscal, reduzca la pobreza y resucite el sueño de crecimiento de sus ciudadanos.
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