
Los libros de economía empiezan con oferta y demanda. Sin embargo, los gobiernos prefieren identificar los problemas de sus economías solamente como de demanda y no como problemas de oferta. La primera es lo que la gente, las empresas o el Gobierno quieren o pueden comprar, la segunda es lo que se produce.
Las herramientas de un Gobierno son relativamente pocas y, ante una recesión o crisis, es más fácil aumentar su propio gasto o dar subsidios y toman medidas a expensas de impuestos actuales o futuros, legislados o no.
Si el problema es de inflación o desempleo, más consumo o más gasto público no tendrán un efecto reactivador, a menos que haya más producción. Ese es el lado de la oferta. La gran pregunta debería ser por qué no hay más oferta y cómo lograr incentivarla, en lugar de cómo lograr aumentar la demanda.
Si el problema realmente fuera de demanda, el aumento de demanda del Gobierno generando innumerables reparticiones y contratando personal utiliza recursos que ya no podrán ser dedicados a actividades privadas productivas, que no sólo motorizan la economía, ¡sino que son las que pagan impuestos! Distinto sería si el gasto se dedicara a mejorar la productividad de la economía.
Si hay recesión o problemas de oferta y las empresas no producen, contratan o invierten en mayor cantidad, no hay nada que lleve a pensar que el Gobierno debe indicar cuánto producir y mucho menos a qué precio. Mucho más lógico sería quitar costos e impedimentos a las empresas para que produzcan más.
Si el diagnóstico es incorrecto, también lo serán los remedios. Creer que el Gobierno debe asumir el rol de demandante o, peor, de definir lo que deben demandar los ciudadanos o producir las empresas es poco sensato.
Además del error de diagnóstico, hay una gran ingenuidad en creer que la gente no aprende. O peor, soberbia en pensar que se puede engañar a la gente. La vieja frase de Einstein sobre que es una locura creer que habrá resultados diferentes si se hace siempre lo mismo, no se aplica sólo a la física. En economía es, además, inútil, ya que ni siquiera habrá el mismo mal resultado de la vez anterior: la gente aprende y son necesarias cada vez más dosis de la “medicina” del Gobierno para lograr el mismo (mal) efecto.
Aún suponiendo que el diagnóstico fuera correcto y el Gobierno pudiera aumentar la demanda gastando más, falta el gran desafío que naturalmente asumen las empresas de innovar, competiry asumir riesgos para crear nuevos productos y llegar a nuevos mercados. En una economía dirigida por los Gobiernos esas tareas no son rentables y pueden ser hasta contraproducentes para el empresario que ose hacer algo mejor, más rápido o barato. Se crean entonces distorsiones que atentan contra la invocación o, tristemente, generan un caldo de cultivo para que algunas empresas busquen algún vericueto que les otorgue un “favor” del Gobierno.
Para financiar el aumento de la demanda del Gobierno se cobran impuestos actuales y futuros (al fin y al cabo, eso es la deuda). Los errores del Gobierno no los pagan solamente los ciudadanos del momento, sino generaciones que aún no han nacido y que deberán pagar las deudas asumidas.
Si no hay innovación, si se hace un gasto dirigido por gobiernos que no pueden conocer todas las necesidades de la gente, si hay oportunidad de hacer trampitas con subsidios y permisos, los problemas de la economía no se resolverán. Por algo los libros de economía empiezan hablando de oferta y demanda. Por algo son famosas.
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