
Pasaron casi tres años desde que manifestantes en contra de la reforma previsional que se llevaba a cabo durante el mandato de Mauricio Macri arrojaran 14 toneladas de piedras al Congreso de la Nación. Un intento de desestabilización del gobierno de Macri muy notorio. La reforma abandonaba el esquema de movilidad jubilatoria aplicado desde 2008, en el que se ponderaban semestralmente, en partes iguales, la variación de los salarios y la recaudación de la Anses, por uno en el que la movilidad se ajustaba por el 70% de la inflación y el 30% de la variación salarial, de manera trimestral.
Hoy, a días del cuarto aumento discrecional, el poder de compra de todo jubilado, que en febrero ganaba más 19.800 pesos, se ve muy deteriorado, perdiendo para el mes de octubre hasta casi nueve puntos contra la inflación acumulada, y hasta 18 puntos menos, considerando el aumento que le hubiese correspondido con la fórmula de movilidad suspendida. A noviembre el ahorro fiscal acumulado rondará los 90 mil millones de pesos. Ni una piedrita rodó.
El Gobierno de los Fernández pretende ahora avanzar hacia un régimen de movilidad similar al aplicado entre 2008 y 2017 bajo el pretexto de detener la inercia inflacionaria. La realidad es bien distinta. Si bien nominalmente por la misma inflación la recaudación fiscal también aumenta, producto de una economía en recesión, el crecimiento en términos reales es menor. De igual forma sucede con los salarios. Entonces, con una inflación que este año ya se estima en el 38%, y pisando el 50% para 2021, el objetivo es claro, que los jubilados (y esta vez todos) sean, como siempre, la variable de ajuste.
Los jubilados vienen perdiendo dinero desde que este gobierno cambió la fórmula de actualización del gobierno anterior. Lo que impresiona frente a este hecho es el extraordinario silencio del falso progresismo argentino y su doble vara. Queda claro, una vez más, que sólo se movilizan cuando el gobierno no es de su agrado. No defienden a los jubilados, ni a los derechos humanos, ni a ninguna minoría. Solamente los mueve el fanatismo, que los ha embrutecido notoriamente, o el interés económico por estar cerca del gobierno. El kirchnerismo ha sido siempre un ente corruptor muy eficiente y tiene a disposición sectores de la población que esperan, ansiosos, la posibilidad de demostrar su notable corrupción intelectual. En marzo de 2016 apareció una campaña de gente del espectáculo que se sacaba fotos con carteles que decían “NO VOLVAMOS AL FONDO”. El motivo de la campaña era el pedido de asistencia financiera al FMI que había hecho el gobierno anterior al quedar desfinanciado y tener que sostener el funcionamiento del Estado que había crecido notoriamente durante los 12 años del kirchnerismo. La gente del espectáculo que adhiere al kirchnerismo pertenece a uno de los sectores que más se ha embrutecido y que más sostiene conductas fascistas. Detrás de actuaciones sensibleras muestran una fachada de preocupación por medidas políticas siempre que esas medidas no las tome alguien que pertenezca a su secta. Desconocen el concepto de libertad intelectual. Ese fenómeno es propio de conductas fanáticas que tienen su combustible en gobiernos que fomentan discursos autoritarios. En este momento el gobierno está negociando con el FMI y lo está haciendo de la manera más ortodoxa. Un ajuste brutal que no toca a la política y que se ensaña con los sectores de menos recursos. El probable fin de la IFE que anunció el ministro de Economía (como si no fuera responsable el gobierno de la cuarentena más larga del mundo que destrozó de forma brutal el trabajo) y el extraordinario recorte a los jubilados contrasta con el envío del Presupuesto Nacional, donde se crean, descaradamente, nuevos impuestos para llenar de fondos a organismos manejados por la coalición gobernante y así poder seguir haciendo política con fondos públicos. El descaro es extraordinario: ajustan a los pobres y le dan más dinero a la política. Se echa de menos a la farándula argentina con sus carteles de “NO VOLVAMOS AL FONDO” y sus expresiones falsamente compungidas. Como todo grupo fanático son una mezcla de indigencia intelectual y decadencia moral: no les importan ni los jubilados ni los pobres. “El fanatismo es el gen maldito de la humanidad”, dijo Amos Oz y la farándula kirchnerista muestra la eficacia de esa definición.
El silencio ante los casos de violencia policial y muertes durante la cuarentena, la complicidad con dictaduras que asesinan opositores (como en el caso de Venezuela), el silencio frente a la corrupción cuando los que la ejercen son de su agrado político, la falta de solidaridad con víctimas cuando los victimarios son sus camaradas y el apoyo a la manipulación de la Justicia para consagrar la impunidad de la corrupción son todas caras de la misma moneda de un falso progresismo que viene siendo cómplice de violaciones a los derechos humanos o a las garantías individuales.
Se creen progresistas y defienden medidas y políticas reaccionarias encarnadas por burócratas millonarios que se defienden sólo a ellos. Son la antítesis del progreso.
La decadencia moral argentina se explica en muchas de estas actitudes.
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