La imagen que surge de la Argentina en Conversación en la Catedral, obra maestra de Mario Vargas Llosa, es la de un país influyente. En la Lima de los 1950 nos encontramos con inversores argentinos, con la necesidad de llamar a Buenos Aires antes de tomar una decisión política de relevancia y con la música de Carlos Gardel y Libertad Lamarque. Todos sabemos que esto hoy ya no es así. Cabe preguntarse entonces, siguiendo el ejemplo del personaje central de la novela cuando se cuestiona la situación de su propio país: ¿Cuándo se jodió la Argentina?
Existen numerosas explicaciones sobre esto. Para algunos, la decadencia comenzó con el golpe de Estado de 1930, porque puso un fin a la continuidad constitucional; para otros, la fecha fatídica fue 1946, año en que el Peronismo llegó al poder, mientras que otros creen que el año bisagra fue 1976. Existen, por supuesto, otras fechas y explicaciones posibles. En mi opinión, la declinación argentina es en gran medida el resultado de la decadencia de sus elites. De una clase dirigente que con sus virtudes y errores elaboró y luego implementó una visión de Nación a una situación muy diferente.
La generación del 80 no sólo implementó un nuevo modelo económico, sino que fortaleció las instituciones estatales, modernizó a las fuerzas armadas e implementó una política exterior cuyos principios rectores se mantendrían durante décadas. En el proceso estableció un sistema de educación pública de calidad y atrajo a millones de inmigrantes. El resultado fue una de las transformaciones económicas y sociales más exitosas de las que se tenga memoria.
Resulta importante señalar que los éxitos de esta generación liderada por Julio Argentino Roca no fueron solamente el resultado de una buena gestión, sino de una generación previo de intelectuales y estadistas que imaginó una Argentina posible. Esta fue la Argentina de, entre otros, Domingo Faustino Sarmiento y Juan Bautista Alberdi. De hecho, el éxito de cualquier acción transformadora dependerá en gran medida de que ésta sea guiada por un proyecto de nación que la ordene.
El compromiso de las elites de aquel entonces con el país fue enorme. Durante la Guerra del Paraguay, el presidente de la Nación, Bartolomé Mitre, dejó Buenos Aires para liderar las tropas de la triple alianza. El vicepresidente a cargo del ejecutivo, Marcos Paz, perdió un hijo en combate, mientras que Sarmiento sufrió la muerte de su hijo Domingo. Por otra parte, el joven Roca fue a pelear en esa guerra junto a su padre y hermanos -uno de los cuales fallecería en una batalla. Estas difíciles circunstancias forjaron una camada de líderes que transformaría a la Argentina.
Pero, como suele ocurrir cuando las elites no se renuevan, nuestra clase dirigente comenzó a debilitarse. La dirigencia se encerró cada vez más en sí misma, limitando de esta manera el acceso a la toma de decisiones de nuevos sectores sociales. La modernización que un sector de los conservadores intentó implementar, liderado por Carlos Pellegrini, nunca se produjo. Tomó fuerza entonces el radicalismo para luchar por los derechos políticos de los descendientes de los inmigrantes y de otros sectores marginados.
Con la llegada del peronismo al poder lo que quedaba de aquella clase dirigente decidió dar una batalla frontal contra el nuevo gobierno. Unos años más tarde, este conflicto terminaría con una victoria pírrica ya que si bien Perón dejó la presidencia en 1955 nuestra vieja elite, ya agotada, comenzó a desvanecerse. Y a partir de entonces ya nadie ocuparía este espacio. Como bien describe José Luis de Ímaz en Los que Mandan, ya en la sociedad argentina de los 1960 encontrábamos dirigentes individuales, pero no un conjunto de intelectuales, políticos, sindicalistas y empresarios con lazos de confianza y una visión compartida de país.
No es casualidad entonces que las políticas que más pensamiento estratégico requieren suelen ser aquellas que mayores dificultades presentan. Una política exterior cambiante, la debilidad de nuestro sistema de defensa, los continuos déficits fiscales que terminan en emisión monetaria o en una toma de deuda excesiva son tan sólo algunos ejemplos. Para ser exitosas estas políticas tienen que ser guiadas por un proyecto de nación y por una estructura institucional, basada en la construcción de confianza y consensos, que evite la continua subordinación de nuestros intereses de largo plazo a las dificultades que nos impone la coyuntura. No alcanza con tener algunos buenos dirigentes, como de hecho tenemos.
Si mi evaluación es correcta, la salida de nuestra decadencia vendrá de la mano de una generación de líderes que tenga una clara visión sobre la Argentina que quiere.
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