
¿Dónde está Dios? Pregunta que aparece en momentos de lágrima, en tiempos donde la duda manda más que la certeza, en esos páramos de ausencia. Cuando la soledad y el vacío son demasiado grandes. Cuando el misterio no alcanza a responder. ¿Dónde está?
El Rabi Menajem Mendel de Kotzk, conocido como el Kotzker Rebe, fue uno de los más prominentes maestros jasídicos de finales del siglo XVIII y comienzos del XIX. Sus últimos 20 años de vida los pasó recluido en su estudio. Entre los escritos que lo sobrevivieron luego de haber incendiado sus textos antes de morir, se preguntaba: “¿Dónde está Dios?... en ese lugar en donde lo dejan entrar”.
La necesidad de encontrar la dimensión de lo divino en un “lugar” es parte de nuestra propia limitación humana. Ubicarlo en el corazón, o en el cielo, o en todos lados, sólo nos hace medirlo en relación a nuestra propia dimensión del espacio. Creemos que el poder radica en ocupar espacios. Todos los espacios. Nos vemos tentados a la búsqueda sin límites de nuestro propio poder, transformándonos en acumuladores seriales de espacios. Pensamos que, por tener y acumular, entonces somos. Comenzamos a medirnos por la casa que tenemos, el jardín, el auto, el celular, la ropa, la cuenta bancaria, el conocimiento, los amigos, o el país que tenemos. Nos medimos espacial y cuantitativamente. Finalmente nos creemos a imagen y semejanza: existimos en la medida de ocupar y estar en todos lados.
Dios no está en todos lados. No es medible en el espacio. Los místicos describen a Dios como el “AIN”, “la nada”. Imposible describirlo. Maimónides explica que ni siquiera podríamos decir que Dios es bueno. Bueno es un perro, o un vecino, o un amigo. ¿Cómo limitar a Dios al adjetivarlo? Los adjetivos o los espacios son medidas apenas humanas.
Jamás la humanidad ha acumulado tanto. No hemos alcanzado en toda la historia tanta riqueza, tanta abundancia, tanto confort. Nos hemos superado a través de la globalización del conocimiento, la hiperconectividad, la innovación tecnológica y los avances de la ciencia. Hemos dejado atrás la austeridad del pasado, la miseria global del medioevo, y las muertes por pestes y hambrunas que azotaban a la humanidad toda, por ciudades inteligentes, calles con cámaras, desiertos transformados en vergeles, y viajes en cualquier momento a cualquier lugar del globo, comprando todo el pack a través de una pantalla. Somos la generación de la “selfie”. La imagen del nuevo dios. Mi imagen en todos los lugares que poseo. Pero la acumulación de espacios no nos ha hecho homo sapiens más felices. Este es el tiempo con mayores niveles de insatisfacción, estrés, depresión crónica, diferentes desórdenes de la conducta, de la atención, de la alimentación, de intentos de suicidio, de desconexión y de abuso del alcohol y las drogas.
En medio de tanta riqueza material, nos transformamos en pobres de espíritu. En tiempos de pobreza del alma, debemos buscar refugios para descubrir tiempos de promesa.
La tradición judía vive esta semana la fiesta de Sucot, la fiesta de las Cabañas. Las cabañas recuerdan los refugios donde vivieron los israelitas, los largos años de caminata por el desierto hace 3300 años, en camino a la Tierra Prometida. Levantamos humildes y sencillas cabañas, con paredes de ramas y techos de hojas de eucalipto. Las decoramos con frutos y plantas. Estamos llamados a habitarlas, comer, estudiar, e invitar amigos y familiares en ellas en toda esta semana.
La celebración de Sucot llama a despertar. Hacia la simpleza, lo esencial, lo natural. Hacia el origen, lo elemental. Nos llama a reconocer lo frágil, lo etéreo de nuestras estructuras, de nuestros espacios acumulados. A reencontrarnos con la belleza del aire fresco en la cena, el olor a eucalipto bañado por la lluvia de la tarde y a compartir la tarde, no en el más lujoso de nuestros livings, sino en una humilde cabaña. Nos devuelve a lo rústico, a asumir que tantos viven en esas condiciones de fragilidad todo el año y reevaluar nuestro compromiso con ello. A lo liviano que podemos andar. Y a lo limitada y corta, como frágil y débil la Sucá (cabaña), de nuestra existencia.
Sucot nos reclama que enfrentemos lo perecedero, lo finito de todo lo que nos rodea. En medio oriente, donde nace esta celebración, es pleno otoño y el clima parece mantener una conversación ideológica acerca del destino de todo. El cielo gris, las hojas amarillentas, y todo alrededor que comienza a caer, a volar con el viento, y a morir. Todo cae con apenas un soplo del tiempo, y entonces nos preguntamos… ¿dónde estuvo Dios?
Sucot nos enseña que en el final, lo importante no eran los espacios. Que no se trataba de acumular espacios sino de atesorar experiencias emocionales, y despertares espirituales.
Sucot nos invita a inspirar el perfume de la naturaleza, a respirar profundo los aromas de los frutos que la embellecen, al bálsamo de las almas que nos acompañan en el viaje hacia la tierra de promesa propia, a la frescura de lo simple, del equilibrio, de la armonía que genera el retorno a lo esencial, y entonces, volver a sentir la fragancia del Jardín del Edén.
Se trata de comprender que no somos lo que tenemos sino lo que vivimos. Que debemos elegir entre creernos un Dios que está en todos lados pretendiendo tenerlo todo, o acumular momentos de espíritu. Comenzar a evaluar el don de la simpleza, de la humildad sabia. De repensar qué es lo que verdaderamente necesito, y qué no.
En Eclesiastés, el Rey Salomón, después de haber logrado y acumulado todo tipo de riquezas y lujos, llega a la conclusión que nada de eso valió la pena: “Vanidad de Vanidades”. Esto es lo que realmente alegra y llena el corazón para el hombre sabio: “Dulce es el dormir y el descansar del hombre de trabajo…Disfrutar la vida con la mujer que amás…Comé, bebé y disfrutá del sol.” Tener es atesorar momentos de inspiración. Es besar más largo. Es compartir con los tuyos. Es el orgullo de dormir tranquilo. Es tomarse de la mano con tu hijo. Es simplemente estar debajo del refugio de tu cabaña, y respirar profundo esos instantes de espíritu.
Sucot es la fiesta en que la Biblia pone como un imperativo el estar felices: “Te alegrarás en esta fiesta y estarás muy alegre”. Todas las fiestas recuerdan y celebran algo que sucedió en el pasado. Una efeméride. Sin embargo, Sucot es la única fiesta en donde no pasó absolutamente nada. Como dijimos, recordamos las cabañas de los israelitas en el desierto, sin embargo eso sucedió durante 40 años. ¿Por qué festejarlo esta semana? Nada especial sucedió esta semana en particular. Ese es el fenomenal mensaje de Sucot.
La felicidad no se trata de la reciente acumulación del espacio que hayas alcanzado, ni de una celebración especial, sino de un estado del ser. Del ser de cada día. De la experiencia emocional de ver al mundo con belleza, y sonreírle en la cara a la vida, cada día.
Cuentan que los alumnos del gran maestro jasídico estaban muy preocupados esa fiesta de Sucot, porque no había parado de llover toda la semana (tal como pasó esta semana este año!), lo que les había hecho prácticamente imposible llevar las oraciones diarias debajo de la Sucá. Angustiados, decidieron ir de su maestro para saber que hacer.
Al llegar a su Rabino le dijeron: “¡Rebbe! ¡No se ha detenido la lluvia en todos los días de Sucot! No hemos podido hacer las bendiciones y los pedidos correspondientes, y tememos que eso sea un mal augurio para el año que está por comenzar!”.
El sabio los miró con ojos tiernos y les dijo: “No se preocupen. Es justo al revés. El año va a ser tan pero tan bueno, que Dios manda lluvia toda esta semana para que no pidamos más bendiciones!”.
En palabras del Rabi Menajem Mendel de Kotzk: “No hay nada más completo que un corazón roto”.
Tal vez se trate, en medio de la tormenta, de poder ver en la lluvia una bendición. Ser entonces acumuladores de instantes, atesorar sentido, y enriquecernos de lluvias de amistad, de familia, de espiritualidad, de creatividad, de solidaridad y compromiso.
Y recordar también en tiempos de lluvias fuertes al gran Kotzker Rebbe: “Aquél que no ve a Dios en todos lados, no lo ve en ninguno”.
El autor es rabino de la Comunidad Amijai y presidente de la Asamblea Rabínica Latinoamericana del Movimiento Masorti.
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