
Yo tendría tres años de edad, pero fue una fecha que marcó mi vida más allá de la conciencia que tuviera en aquel momento. Me divierte cuando me piden una explicación racional de aquel fenómeno, como si la importancia de los hechos dependiese tan solo de la interpretación del observador. La vigencia poco o nada está condicionada a la lucidez de los historiadores: la fuerza histórica se mide por la vitalidad en el tiempo, y aquel momento no pudo todavía ser superado por otra coyuntura, otra expresión de la conciencia de nuestra sociedad.
Antes fue el radicalismo, Yrigoyen, etapas del desarrollo de una identidad que va decantando en la turbulencia de la mezcla de razas. Una geografía con sus nativos, sus invasores, sus inmigrantes, una fragua que recibe aportes varios y los intenta sintetizar. Aquello de “civilización o barbarie” fue sin duda el reflejo de un siglo colonial. La conquista no logró imponer culturas, al menos en la mayoría de sus intentos. Los pueblos no eran “primitivos” en camino de volverse Europa, sino que tenían derecho a elegir su propio destino y así se fueron liberando muchos, desde la India hasta Argelia, y Vietnam define el triunfo de la conciencia de un pueblo sobre el poder material. Nosotros no fuimos solo nativos, ni españoles ni italianos, ni árabes ni judíos, sí el fruto de una mezcla de sangres y culturas que se extendió buscando definir su relación con la naturaleza. En el mundo las culturas consumieron siglos en el encuentro de sus características, de su manera original de pararse en la vida. El radicalismo había vivido su crisis del “anti personalismo” y queda FORJA, un eslabón que une ambas historias. El tango, esa melodía que nos hace universales, esa síntesis entre poesía, música y danza, surge de la fragua ciudadana. Tuvo mucho de radical en su origen, serán peronistas Homero Manzi, Catulo Castillo y Enrique Santos Discepolo. Nely Omar lo expresa y asume su lugar de “Malena”, el canto y el cine se enlazan en Hugo del Carril y Leonardo Favio. La revolución industrial, los sindicatos, fabricamos nuestros propios automóviles, vagones, locomotoras y aviones. No fue solo el peronismo: era una historia que sumaba al radicalismo en sus distintas ramas, hasta sectores conservadores plenos de conciencia nacional.
El peronismo fue eso: la última voluntad de ser Nación, socialmente justa, económicamente libre y políticamente soberana. Este proceso se agota con la muerte del General, luego con Celestino Rodrigo se inicia la destrucción de la patria, que seguirá su decadencia con la dictadura y Martinez de Hoz, y los Menen con Domingo Cavallo. De fabricar aviones a importar durmientes, de construir rutas a regalar el peaje, los ferrocarriles, la luz, el gas, el juego, los aeropuertos, todo se fue transformando en dependencia extranjera o propia, lo mismo da. La propiedad colectiva convertida en saqueo privado bajo el pretendido nombre de “inversión extranjera”. El pueblo hizo la ruta, ellos tan solo el peaje, digo, para dar el más atroz de los ejemplos.
Con solo visitar nuestros museos encontramos el arte que importaban nuestros antiguos productores agropecuarios. Ellos también soñaban con ser nación, Yrigoyen incorpora la democracia y la clase media, Perón la industria y la clase baja. Y luego, surge la traición a la patria en modo “inversión extranjera”, sofisticada manera de nominar el nuevo sueño colonial. No hicimos un capitalismo productivo sino un mundo de intermediarios que fugan sus riquezas mal habidas.
Lo poco que queda del peronismo está demasiado deformado, lo mismo que la herencia radical y más aún la conservadora que hoy dice gobernar.
El peronismo fue el último nombre de la patria, que antes se llamó radical y, mucho antes, conservadora. Hoy es solo un recuerdo que convocan algunos ambiciosos. Mientras los grupos económicos sean más poderosos que el Gobierno, seremos colonia. Si se impone la política, volveremos a ser Nación, y es fácil saberlo, si somos libres volveremos al desarrollo, Caso contrario, seguiremos agonizando en la pobreza.
El 17 de octubre, como tantas otras fechas patrias, ya son propiedad de todos. No es necesario ser peronista para ser patriota, claro que ser anti peronista es una manera inequívoca de tener un cerebro “colonial”.
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