La izquierda llega al siglo XXI con una tradición intelectual extensa y diversa, pero también con una crisis profunda de resultados y de horizonte. Ricardo Lorenzetti recorre su genealogía teórica, sus promesas de transformación y los factores que explican su desgaste actual: la falta de cambios estructurales, la ausencia de autocrítica, el apego al pasado y la dificultad para incorporar los desafíos ambientales, sociales y tecnológicos.
El punto de partida es la pérdida de claridad conceptual. “Son vocablos que ya no tienen una significación clara”, sostiene Lorenzetti al referirse a izquierda y derecha. “Si uno tiene que guiarse cuando dice ‘este gobierno es de izquierda’, es muy difícil saber exactamente qué es lo que va a hacer”. La crisis, entonces, no es solo electoral. Es también una crisis de significado político.
El recorrido histórico ocupa un lugar central. La izquierda produjo “una enorme producción teórica” y “muchísimos textos” a lo largo del siglo XX. Marx y El Capital aparecen como punto de partida, una obra que “tuvo una difusión impresionante en todo el mundo”. Desde allí se desplegaron modelos diversos. Lenin y ¿Qué hacer?, Trotsky y La revolución permanente, el estalinismo, Mao Zedong y El Libro Rojo. En América Latina, Darcy Ribeiro y otros pensadores. En Europa, Rosa Luxemburgo. Más adelante, la crítica cultural con Marcuse, la Escuela de Frankfurt y Foucault.
Ese universo teórico fue amplio, intenso y muchas veces contradictorio. Hubo proyectos revolucionarios, críticas culturales al capitalismo, debates sobre violencia o institucionalidad. “Muchos libros, mucho trabajo intelectual”, resume. Sin embargo, gran parte de ese corpus perdió vigencia social. “Muy pocas personas… lean estos textos”, dice. Los libros que se discutían hace treinta o cuarenta años ya no ocupan el mismo lugar en la formación política de las nuevas generaciones.
Uno de los núcleos de la crisis es la caída de la idea de desarrollo progresivo. La tesis que imaginaba una transición histórica inevitable hacia el socialismo o el comunismo perdió atractivo. “Esa tesis prácticamente no se sostiene”, afirma. El contexto actual agrega otro elemento de incertidumbre. “No se sabe si va a haber futuro”, plantea, en referencia a la crisis ambiental y al impacto de la tecnología sobre el trabajo y la centralidad de lo humano.
También pesa la experiencia del autoritarismo. La Unión Soviética marcó durante décadas el horizonte de referencia de la izquierda global. Cuando se conocieron los abusos del estalinismo y las denuncias plasmadas en Archipiélago Gulag, se produjo un quiebre profundo. “Si nosotros ya hemos visto lo que podemos hacer en nombre de la izquierda, mejor dejémosla de lado así como está”, sintetiza. La caída del Muro de Berlín terminó de consolidar esa crisis y abrió paso a la socialdemocracia como modelo dominante durante varios años.
El problema siguiente fue la duración y eficacia de los proyectos populares. “En la gran mayoría de los casos… no lograron sostenerse en el tiempo”, señala. La promesa de transformación estructural encontró límites institucionales, económicos y políticos. Lorenzetti cita a Fareed Zakaria para ilustrar cómo las revoluciones generan ciclos de inestabilidad. La pregunta que atraviesa el análisis es por qué los movimientos que prometían cambios profundos terminaron siendo reversibles.
La crítica más fuerte apunta a los resultados concretos. “El discurso inicial de la izquierda siempre fue cambiar de fondo a la sociedad”, recuerda. Sin embargo, en muchos países no se produjeron transformaciones estructurales duraderas. En América Latina, por ejemplo, hubo momentos de fuerte ingreso de recursos por el aumento del precio de las commodities. “No hubo grandes cambios en la situación de los pobres”, sostiene. La imagen que utiliza es clara. “Solo algunos subieron”, mientras que “la gran mayoría siguió como siempre”.
Ese diagnóstico se combina con otro elemento central. “Además del fracaso, una falta de autocrítica”. El desgaste no solo proviene de resultados insuficientes, sino también de la dificultad para revisar estrategias y errores. Esa desconexión impactó en el vínculo con amplios sectores sociales que terminaron votando con enojo.
Otro aspecto que subraya es el apego al pasado. “Se transformaron en partidos de la memoria y no del futuro”, afirma. El énfasis en experiencias históricas y en batallas culturales del siglo XX dejó en segundo plano la construcción de expectativas hacia adelante. “No son partidos de la esperanza, no generan esperanza”, dice. La política contemporánea, en cambio, exige ofrecer horizontes creíbles en un mundo atravesado por incertidumbre.

La forma de comunicar también quedó desfasada. Lorenzetti describe un modelo descendente de conducción política. “Un texto que se enseña, un discurso que se hace y se baja una línea de pensamiento a las masas”. Ese esquema funcionó en un contexto de sociedades más homogéneas. Hoy “no hay masas, hay individuos”. El desafío pasa por escuchar y construir desde abajo en lugar de imponer marcos cerrados.
La crítica se extiende a la falta de adaptación frente a transformaciones actuales. “La gran mayoría de la izquierda no incorporó en su discurso el cambio social, ambiental y tecnológico”. En algunos casos se priorizó el desarrollo económico por sobre la agenda climática, pese a que “la gente joven prefiere más proteger la naturaleza”. Tampoco se integraron de manera consistente los debates sobre inteligencia artificial o empleo en un entorno digital.
El desplazamiento hacia los derechos culturales ocupa otro lugar central en el análisis. “Se inclinó mucho por los derechos culturales y se olvidó de los derechos sociales”, sostiene. En referencia a debates recientes, menciona luchas en torno al lenguaje inclusivo o a disputas identitarias mientras persistían demandas básicas. “La gente seguía queriendo luchar por la igualdad, por tener una casa, por tener un salario”. La tensión entre agenda cultural y agenda social erosionó apoyos tradicionales.
El clima general es de desconfianza hacia las grandes ideologías. Las juventudes del siglo XX “creían en las grandes ideologías”. Las actuales muestran distancia y escepticismo. Generaciones que se entusiasmaron con proyectos políticos y luego vieron frustradas sus expectativas contribuyeron a esa desafección.
La conclusión apunta a la necesidad de reformulación. “Seguir repitiendo el discurso que está gastado no es bueno”, afirma. Plantea la necesidad de generar una renovación profunda que conserve memoria donde corresponde y que incorpore una nueva lectura del presente. La reconstrucción de una propuesta creíble requiere integrar cambios sociales, ambientales y tecnológicos y recuperar capacidad de transformación estructural.
El debate continúa en los próximos capítulos, donde se abordará el liderazgo político en escenarios de alta complejidad y la posibilidad de diseñar nuevas formas de gobernabilidad en el siglo XXI.
Todos los lunes a las 9, un nuevo episodio de El podcast de Ricardo Lorenzetti en Infobae y Spotify.
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