
“El servicio social que da la logística, el valor agregado social, es muy grande”. Con esa idea como punto de partida, Víctor recorre cómo la inmediatez del comercio digital, la irrupción de la inteligencia artificial y los nuevos volúmenes de pedidos individuales están reconfigurando la logística, el trabajo y la manera en que las empresas de la región toman sus decisiones operativas.
¿La inteligencia artificial cambia primero el mundo del trabajo y los negocios, o antes que eso transforma la sociedad?
Estamos en una época incipiente de una evolución que va a ser mayor que la revolución industrial. Me gusta un concepto de un profesor universitario, Omar Rodríguez: se terminó la era del empleo y empezó la era del trabajo. La IA nos da la oportunidad de replantearnos frente a nuestro trabajo y ver qué podemos aportar de lo que es realmente nuestro y propio.
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Muchas tareas repetitivas van a ser reemplazadas por robots, y hasta las tareas cognitivas también por la IA. Pero el diferencial humano está en el criterio, la visión única, la creatividad y la forma de trabajar con otros. Eso va a ser lo que podamos aportar nosotros a nuestros roles.
¿Cómo te conectás vos con la logística como actividad, después de tantos años vinculado al mundo tecnológico?
La verdad es que uno no podría vivir sin logística. Hace pocas décadas el movimiento de grandes volúmenes y de pedidos era muy distinto al de ahora. Hoy hay una disrupción impresionante por el volumen de productos que llegan desde China y por los pedidos individuales, que las compañías resuelven armando redes logísticas que entregan el mismo día.
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Pedir algo y tenerlo el mismo día en tu casa era inconcebible hace pocos años. Mis hijos creen que es normal, pero esa capacidad de adaptación de quienes trabajan en logística, en Argentina son directamente héroes, hizo la diferencia. El servicio social que da la logística, el valor agregado social, es muy grande.
¿Por qué muchas veces son las empresas medianas, y no las grandes corporaciones, las que adoptan más rápido la inteligencia artificial dentro de sus operaciones?
Hay un riesgo que se subestima mucho, que es el de la inercia: como me está yendo bien, no tengo que cambiar. Eso aumenta el riesgo de mediano plazo para las compañías. El peso de lo que uno ya sabe hacer bien muchas veces hace que se vaya más lento.
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En la adopción de IA se ve que las empresas medianas van más rápido que las grandes, porque están dispuestas a cambiar y a dejar lo que no funciona con mayor velocidad. Una gran corporación tiene procesos y sistemas que funcionan más o menos bien, pero cambiarlos exige una inversión enorme. Por eso se vienen años en los que van a nacer empresas nuevas y muy prósperas, mientras otras van a desaparecer.
¿Cómo cambia la distribución de las decisiones dentro de una compañía cuando empiezan a operar agentes de inteligencia artificial?
Vamos hacia un mundo de agentes, donde va a haber pedazos de software actuando por nosotros, interactuando entre ellos para llegar a un objetivo que nosotros les fijemos, y nosotros controlando ese proceso. Ahí cambia la distribución de la decisión dentro de una compañía.
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Para mucha gente eso representa una amenaza desde el punto de vista del poder de decisión, y hay quienes no están dispuestos a perder eso por el bien mayor. Por eso las empresas con una visión más clara y con hambre de crecer tienen la posibilidad de disrumpir a las más grandes.
En tu rol en ACDE, ¿qué cambió en el diálogo entre distintos actores empresariales de la región?
En Argentina, con tantos años de economía inestable y cerrada, las empresas aprendieron a crear fosos para defenderse. El diálogo entre cámaras y con el competidor no se daba tanto, porque cada uno cuidaba su territorio. Se puede entender, pero para tener una visión superadora del país hace falta ir al siguiente nivel.
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Dialogando con distintos actores siento una voluntad de diálogo distinta, un consenso de que esta vez no podemos seguir achicándonos. Hay una integración más regional, con países vecinos como Chile, y creo que la región tiene para ofrecer algo que el mundo va a necesitar en las próximas décadas.
¿Sos optimista respecto del vínculo futuro entre las personas, las sociedades y la tecnología?
Sí, soy optimista, aunque me gusta el término “apocaloptimista”: hay elementos para ser apocalíptico y elementos para ser optimista. Va a depender de nosotros, sobre todo de quienes toman las decisiones de la mano de la tecnología, que esa tecnología se use para el bien de las personas y respete la dignidad humana. No va a ser magia: va a ser el mundo que construyamos con lo que le pongamos detrás.
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