
En un contexto marcado por reformas y modernización tecnológica, la previsibilidad se vuelve clave. “La información confiable no es fácil de conseguir”, advierte Anabel. En un sistema donde cada decisión implica riesgo económico, la calidad del dato puede definir la rentabilidad de una operación.
¿Cuál es tu percepción del comercio exterior argentino actual?
Hoy en día, el comercio exterior argentino es muy cambiante. No solamente porque hay un gobierno que está haciendo muchos cambios, sino porque vivimos en una época de transformaciones permanentes. Hay cambios que vienen de afuera, de la Cámara de Comercio Internacional, de la Organización Mundial de Comercio, de la Organización Mundial de Aduanas y de muchas instituciones que marcan tendencia y de las cuales Argentina no puede escapar.
También hay cambios tecnológicos, cambios en los sistemas, en la inteligencia artificial, en la necesidad de modernizar procedimientos. Y después están los cambios culturales. Las nuevas generaciones piensan distinto, estudian distinto, leen distinto. La pandemia fue un quiebre muy importante y ahora la inteligencia artificial vuelve a modificar la forma en que aprendemos y trabajamos. Todo eso impacta directamente en el comercio internacional.
En ese contexto, ¿qué posibilidades tiene Argentina de convertirse en un jugador más relevante en el comercio internacional?
Argentina tiene muchas oportunidades para aumentar su participación, aunque no vaya a estar entre los primeros del mundo. Estamos lejos en volumen de Europa, Estados Unidos, Brasil o China. Pero las oportunidades existen.
Tradicionalmente tenemos un perfil agroexportador fuerte, pero hoy hay otras posibilidades. Por ejemplo, la Ley de Economía del Conocimiento, que promueve la generación y exportación de software y servicios basados en conocimiento, sin necesidad de un bien físico. Eso abre un campo enorme.
También hay avances en productos orgánicos, en mejoras dentro del sector agropecuario y en sectores estratégicos como el litio. Todo lo vinculado a baterías, infraestructura electrónica y nuevas tecnologías energéticas abre oportunidades. Los cambios son crisis, pero también son posibilidades. El desafío es aprovecharlos como país.
Si tuvieras la oportunidad de hacer cambios concretos en el comercio exterior argentino, ¿por dónde empezarías?
Por empezar, trabajaría más fuerte sobre el Acuerdo de Facilitación del Comercio. Argentina lo firmó en 2017 y formalmente declaró cumplir muchas cosas, pero cuando uno revisa ve que varias normas son muy viejas y necesitan actualización.
Algunas cuestiones se actualizaron con el DNU 70/2023, otras no. Pero, además, creo que falta mayor diálogo entre el sector público y el sector privado. Muchas veces salen normas sin un proceso de debate abierto y formal como se ve en otros países. En otros lugares hay comisiones permanentes donde participan cámaras empresarias, despachantes, entidades sectoriales. Acá existen espacios, pero son limitados. El diálogo podría ampliarse. No es sencillo hacerlo, pero es necesario.

Hablabas también de digitalización. ¿Qué falta en ese terreno?
Falta una digitalización documental en serio, validada internacionalmente. No una digitalización pensada solo desde el mercado interno. Hoy tenemos el sistema GDE para la gestión documental estatal, pero no está diseñado para interactuar con documentos de otros países.
En comercio internacional no tiene sentido crear procesos exclusivamente locales, porque los documentos deben ser compatibles con el resto del mundo. Si queremos mantenernos al día en procedimientos, necesitamos una digitalización pensada desde el comercio internacional, que permita validar y recibir documentación de otros países sin fricciones. Ahí hay mucho por hacer y hay que hacerlo rápido.
Mirando hacia 2026, ¿qué tendencia va a marcar el termómetro del comercio exterior argentino?
El cambio. Esa es la palabra. Ha sido una marca fuerte del gobierno actual y va a seguir siéndolo. El desafío va a ser la adaptación. Argentina es un país muy exitista: si las cosas salen bien, todos celebran; si salen mal, todos critican. Ojalá salgan bien, por el país. Pero la clave va a estar en la capacidad de adaptarse.
Además de despachante, sos docente universitaria. ¿Qué percibís en las nuevas generaciones vinculadas al comercio internacional?
Percibo una brecha inevitable entre la formación académica y la realidad laboral. No porque las universidades no hagan esfuerzos, sino porque el sistema tiene tiempos largos.
Un plan de estudios puede tardar dos o tres años en aprobarse. Cuando empieza a implementarse, ya está desactualizado respecto de la realidad. Y cuando el alumno se recibe, pasaron ocho años desde que esa carrera se empezó a diseñar.
En carreras comerciales esto se nota más que en carreras duras. Física es física, matemática es matemática. Pero en comercio internacional, las teorías más nuevas no siempre llegan rápido a la currícula. Los docentes tratamos de actualizarnos, pero estamos atados a programas que tienen años.
Hay intentos de solución, como las microcredenciales o los créditos universitarios, que permiten actualizar contenidos de forma más dinámica. Recién están empezando, llevan uno o dos años. Es un camino interesante.
¿Cómo vinculás la logística con tu trabajo?
Comercio exterior y logística son dos aspectos de un mundo vivo que está basado fuertemente en información. Y hoy la información confiable no es fácil de conseguir.
Eso genera decisiones tomadas con incertidumbre, y la incertidumbre no es buena para los negocios. Porque uno no sabe si está tomando una buena decisión si no sabe si la información es correcta o relevante.
Estoy poniendo en riesgo una inversión, la posibilidad de tener gastos extraordinarios, demoras, multas o no alcanzar la rentabilidad esperada. La falta de información confiable es un problema.
Y hoy mucha gente le pregunta a una inteligencia artificial y cree que eso es suficiente. Pero la inteligencia artificial puede darte información, no necesariamente información confiable. Y en comercio exterior y logística, la información incorrecta puede salir muy cara.
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