
La imagen de las calaveras y esqueletos domina cada año las calles, altares y plazas de México durante el Día de Muertos, reflejando una visión de la muerte que se aleja del temor y se acerca a la celebración y el humor. Esta tradición, que fusiona elementos ancestrales y modernos, convierte a estos símbolos en protagonistas de una de las festividades más representativas del país.
El origen de las calaveras en el Día de Muertos se remonta a las civilizaciones mesoamericanas, como los mexicas, mayas y purépechas, para quienes la muerte formaba parte de un ciclo vital y no representaba un final definitivo.
Durante las festividades de Miccailhuitontli y Huey Miccailhuitl, dedicadas a honrar a los difuntos, se ofrecían cráneos auténticos y figuras de barro a deidades del inframundo como Mictlantecuhtli y Mictecacíhuatl. Estos rituales simbolizaban la continuidad espiritual y el retorno temporal de los muertos al mundo de los vivos.

La llegada de los españoles en el siglo XVI marcó un punto de inflexión, ya que las creencias indígenas se entrelazaron con las celebraciones católicas del Día de Todos los Santos y el Día de los Fieles Difuntos.
De este sincretismo surgió el actual Día de Muertos, celebrado el 1 y 2 de noviembre, en el que las calaveras, ahora hechas de azúcar, chocolate o amaranto, conservaron su significado original, pero adquirieron un carácter festivo y colorido, reflejando la identidad mexicana.
El siglo XIX aportó un matiz humorístico y crítico a la tradición gracias al grabador José Guadalupe Posada, quien creó la emblemática figura de La Catrina. Concebida inicialmente como La Calavera Garbancera, Posada la utilizó para satirizar a quienes renegaban de sus raíces indígenas y aspiraban a la apariencia europea. Décadas más tarde, Diego Rivera la integró en su mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, dotándola de la elegancia que la caracteriza en la actualidad.
Desde entonces, La Catrina se consolidó como un símbolo nacional que encarna la ironía y el ingenio mexicanos ante la muerte. Su imagen, siempre sonriente, recuerda que la igualdad ante el destino es ineludible, sin distinción de clase o condición social.

La influencia de las calaveras se extendió también al ámbito literario y social con la aparición de las “calaveritas literarias” en el siglo XIX. Estos versos satíricos, que retratan a políticos, artistas y figuras públicas en tono burlesco, se han mantenido vigentes y forman parte de la tradición en escuelas y medios de comunicación.
En la actualidad, esqueletos y calaveras decoran no solo altares y ofrendas, donde simbolizan la presencia espiritual de los difuntos, sino también calles y panteones, donde los desfiles y disfraces celebran la vida a través de la muerte.
Lejos de transmitir un mensaje lúgubre, los huesos y cráneos evocan la renovación del vínculo con los seres queridos, que se fortalece cada año mediante el recuerdo, la música y la convivencia.
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