
Sabemos que Guillermo del Toro, el realizador de El Laberinto del Fauno, La Forma Del Agua, y su más reciente obra Pinocho, tiene una fascinación por las criaturas y la vulnerabilidad de los monstruos. Pero mientras algunos pueden temerles o sentirse amenazados por ellos, él encuentra belleza en estos personajes fantásticos que introduce en su filmografía con humanidad y cierta melancolía. Contada en dos partes, el cineasta despliega en Frankenstein un diseño de fotografía descomunal con un elenco que se siente muy Guillermodeltoriano formado por Oscar Isaac, Jacob Elordi, Mia Goth y Christoph Waltz.
Después de su estreno mundial en Venecia, la Frankenstein de Del Toro es un relato de criaturas marginadas, contada con ternura y tragedia en donde vuelve a explorar ese límite difuso entre lo humano y lo inhumano, entre el creador y su creación. Y acá, más que nunca, ese límite se convierte en el eje central de la historia. La decisión de contar su versión desde dos puntos de vista (el de Victor por un lado y el de la criatura por otro) le da a la narrativa una estructura ambiciosa en donde ambos personajes se enfrentan a su propio reflejo moral y emocional.
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En la primera mitad, del Toro se luce en plasmar el retrato de este hombre brillante obsesionado por crear vida que se muestra como un ser trágico, perturbado y envuelto en una locura que solo él puede entender. La relación con los otros personajes, especialmente con el de Mia Goth, que encarna una versión magnética y un poco retorcida de la novia de Frankenstein (y de la que me hubiera gustado ver mucho más), funciona como el contrapunto entre el deseo y la destrucción.
Sin embargo, cuando la historia se desplaza hacia la mirada del monstruo (un irreconocible Jacob Elordi), el relato pierde fuerza y se torna reiterativo en su mensaje. Desde el momento de su nacimiento, vemos que la creación cuenta con una inocencia y una bondad inesperadas para un científico que juega a ser Dios y que lo considera solo una cosa a la que puede maltratar y encadenar en un sótano como si no valiera nada. Es por eso que en la segunda mitad no se alcanza el vértigo emocional ni la potencia dramática que vemos en la primera, y las dos horas y veinte minutos de metraje pueden sentirse algo excesivas.
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La dirección de fotografía vuelve a estar a cargo de Dan Laustsen, colaborador habitual en su cine y que impregna una enorme fuerza visual y dramática que se destaca sobre todo en los paisajes nevados y el juego de sombras. De hecho, todos los aspectos técnicos (sonido, diseño de producción y vestuario) la convierten en un visionado perfecto para ver en la pantalla grande antes de su llegada a Netflix el mes próximo.
Frankenstein es una película hecha a la medida de Guillermo del Toro: así como Tim Burton nació para habitar el universo gótico de Los Locos Adams, el director de La Forma Del Agua logra hacer esta historia profundamente suya. En definitiva, su Frankenstein es un espectáculo visual y emocional que reafirma la obsesión de Del Toro con la belleza de lo imperfecto.
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