
One Piece sigue siendo tendencia, la adaptación del longevo manga creado por Eiichiro Oda (que luego tuvo su anime también), sigue la historia de Monkey D. Luffy, quien busca el tesoro que pone el nombre a la serie y tiene ciertas habilidades especiales después de comer una Fruta del Diablo. ¿Su misión? Convertirse en el Rey de los Piratas. La historia de Luffy y su tripulación de piratas -los Sombrero de Paja- se convirtió en una de las grandes adaptaciones actuales, pero casi nunca sale así de bien.
El problema es la diferencia cultural entre oriente y occidente, las narrativas del sol naciente siempre van un poco más allá. Por su modo de ver el mundo, por las ideas visuales, por los límites morales, por la mitología… adaptar un manga o un anime a una versión live action se convierte en algo peligrosamente complejo.

Hace poco vimos lo que sucedió con Los Caballeros del Zodiaco: Saint Seiya – El comienzo (2023), la adaptación del clásico total de Masami Kurumada. Ya con los efectos visuales establecidos, el problema de esta versión es la forma en que visualmente están aplicados en el verosímil, y luego deformaciones de la historia original que desdibuja completamente el espíritu originario.
En la gran N roja hubo varios intentos (como fue el caso de Cowboy Bebop), pero el fracaso más grande fue sin duda Death Note (2017). De la historia original de Tsugumi Ōba y Takeshi Obata quedó muy poco, mientras el cast estadounidense occidentaliza la historia hacia el punto de hacerla irreconocible. El anime se configura como mejor puerta de entrada para esta historia cercana al horror.
Garon Tsuchiya y Nobuaki Minegishi crearon Oldboy, una historia de venganza y paciencia que tuvo una buena adaptación dirigida por el surcoreano Park Chan-wook en 2003. Pero occidente no quería quedarse afuera y armó una nueva iteración dirigida por Spike Lee y protagonizada por Josh Brolin. ¿El resultado? La remake es tan potentemente inferior que si las juntan colapsa el espacio tiempo.

Ghost in the Shell (2017) no llegó a sorprender a pesar de tener a Scarlett Johansson como protagonista. La historia original, que sirvió de referencias para clásicos como The Matrix (1999), deja en evidencia el paupérrimo desempeño de esta nueva versión. Lo mismo ocurrió con las dos películas de Attack on Titans (2018), que a pesar de tener algunas búsquedas correctas en términos de ideas visuales, no comprimían bien las sorpresas y situaciones complejas del manga y el anime.
Pero el peor eslabón de esta cadena de desaciertos es sin duda Dragon Ball Evolución (2009). Con el manga y el anime aún en boca del mundo entero, Fox decidió hacer su propia versión faltando el respeto a todo lo que podía, haciendo a Goku insoportable, al maestro Roshi molesto y Bulma… bueno, algo parecido a ella. Lo de Piccolo no se puede entender. Es tan aburrida y maleducada que ni siquiera se deja ver como consumo irónico.
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