
En la vorágine de las calles londinenses, entre carros, adoquines y los ecos de una ciudad en expansión, la figura del “cat’s meat man” se volvió inseparable de la vida cotidiana.
Estos vendedores ambulantes recorrían los barrios con carros repletos de despojos y carne de caballo, alimentando a una multitud de gatos que aguardaban atentos en esquinas y patios. El auge de los felinos como mascotas hizo que sus servicios resultaran imprescindibles para muchas familias urbanas.
El trabajo resultaba extenuante. Los cat’s meat men avanzaban durante largas jornadas por barrios de comerciantes, trabajadores y cocheros, donde la demanda era mayor. En cada recorrido, los carros quedaban rodeados de gatos de todo tipo: algunos tenían hogar asegurado, mientras otros buscaban apenas un trozo de carne para sobrevivir.

El contacto diario permitió que los comerciantes se ganaran la confianza de dueños y de animales, estableciendo un vínculo que superaba la mera transacción comercial.
A medida que los británicos incorporaban a los gatos como parte de la familia, estos vendedores se convirtieron en figuras habituales de la vida urbana. No solo entregaban alimentos, también atendían a los más necesitados, repartiendo sobras a los felinos callejeros.
De acuerdo con los testimonios recogidos por periodistas de la época, muchos demostraban un carácter generoso y un “corazón tierno” en sus recorridas. El oficio, además, contaba con un código propio sobre territorios de venta y competencia.

Los desafíos y transformaciones del oficio
Según Henry Mayhew, que documentó la vida laboral de Londres en 1851, en la ciudad había mil comerciantes que abastecían a casi todas las viviendas. La aparente prosperidad escondía una realidad dura: pocas ganancias, jornadas agotadoras y deudas frecuentes con algunas clientas.
De acuerdo con The Public Domain Review, las mujeres aparecían como nuevas protagonistas cuando la época avanzó, sobre todo viudas que utilizaban cochecitos de bebé para repartir la mercadería. Muchos comerciantes provenían de oficios truncos, como carniceros sin negocio o pintores dañados por la exposición a compuestos tóxicos.
El mercado de la carne para gatos se caracterizaba por su rigidez interna. Los mejores recorridos se consideraban propiedad exclusiva y, si eran realmente rentables, podían venderse por un precio especial en publicaciones locales.

Los cat’s meat men también enfrentaban peligros cotidianos, como los ataques de perros hambrientos o la pérdida de la mercadería en caso de un vuelco accidental del carro. Cuando esto ocurría, los gatos no dudaban en abalanzarse sobre los restos.
A lo largo de las décadas, la prensa sensacionalista y las historias urbanas ahondaron en el costado oscuro del oficio. Surgió el miedo, tanto en niños como adultos, ante la posibilidad de que la carne vendida como alimento para mascotas proviniera de los propios gatos, en vez de estar destinada a ellos.
Historias reales, como la de París durante el sitio de 1871, cuando se consumió carne de gato y perro, reforzaron ese temor en el imaginario británico.

El vínculo del cat’s meat man con episodios notorios no se limitó a lo anecdótico. En Whitechapel, durante uno de los crímenes de Jack el Destripador en 1888, la víctima Annie Chapman fue hallada cerca de un local que vendía carne para gatos.
Según el informe forense, difundido por The Public Domain Review, las heridas podrían haber sido hechas tanto por un cuchillo de forense como por uno usado por los matarifes de animales. Esa proximidad reforzó los vínculos simbólicos entre los oficios marginales y las tragedias urbanas de la época.
Charles Dickens, en su revista semanal All the Year Round, explicó el circuito de abastecimiento: las noches londinenses veían el sacrificio de caballos viejos, cuya carne alimentaba la demanda.

Comerciantes como el dueño de un matadero en el centro de la ciudad organizaban entregas matinales para los vendedores. Estos preparaban paquetes en brochetas de madera, listos para distribuir a quienes podían pagar medio penique por una ración o tres por un banquete más generoso.
El oficio recibió un reconocimiento especial durante la cena de enero de 1901. La revista Our Cats auspició el encuentro y la organización estuvo a cargo de Louis Wain, presidente del National Cat Club, quien agradeció públicamente el cuidado ante los gatos callejeros.
La velada incluyó discursos, música clásica y la participación de figuras de la nobleza como la duquesa de Bedford, quien animó a denunciar todo caso de maltrato animal.

A comienzos del siglo XX, el “cat’s meat man” se estableció como una figura clave en el entramado urbano. Su trabajo trascendió la venta de carne al convertirse en nexo entre la vida doméstica y los márgenes de la ciudad.
La historia documentada por periodistas e ilustradores, según fuentes especializadas como The Public Domain Review, revela la importancia social de un oficio que forjó relaciones únicas entre humanos y animales durante un periodo de profundas transformaciones urbanas y culturales.
En la Londres victoriana, la vida de los gatos y sus cuidadores tejió relatos de sobrevivencia, afecto y la aparición de un nuevo mercado urbano dedicado al bienestar animal.
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