
El tráfico internacional de partes de especies protegidas llevó este mes a la condena de Adam Bied, un residente de Massachusetts, a ocho meses de prisión y una multa de USD 75.000 por importar y vender ilegalmente cráneos, pieles y garras de animales en peligro.
El juicio, resuelto el 2 de abril en la Corte de Distrito de Boston, expone cómo una sola red clandestina puede generar consecuencias graves para especies al borde de la extinción. Así lo afirmó la agencia federal de protección de vida silvestre de Estados Unidos, el U.S. Fish & Wildlife Service (USFWS).
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El caso concluyó con Bied declarando su culpabilidad el 5 de enero de 2026 por cuatro delitos graves: dos por conspiración para violar la Ley Lacey y el estatuto de contrabando, y dos por tráfico bajo la misma ley.
Además de la prisión y la multa, el tribunal ordenó dos años de libertad supervisada y la confiscación de todas las piezas de vida silvestre asociadas a los delitos, según el USFWS.
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La investigación reveló años de contrabando y una red internacional
Las autoridades descubrieron la actividad delictiva tras interceptar, en marzo de 2021, un paquete en la central de procesamiento postal de Louisville, Kentucky. Un examen con rayos X identificó lo que parecía ser un cráneo oculto bajo máscaras de cerámica decorativas.
Agentes de la Oficina de Inspección de Vida Silvestre confirmaron que uno de los cráneos era de orangután (especie originaria de Indonesia y Malasia en grave peligro), y los otros tres eran de grandes felinos.
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El paquete, enviado desde Indonesia, a Massachusetts, no contaba con los permisos ni la documentación exigida por la Ley de Especies en Peligro de Extinción ni por el tratado internacional CITES (Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas), reportó el USFWS.
La posterior investigación reveló que, desde al menos 2018, Bied compró, vendió y comercializó deliberadamente cientos de partes de animales protegidos, infringiendo leyes nacionales e internacionales. El acusado realizaba pedidos a conocidos en Camerún e Indonesia, quienes cazaban o recolectaban animales para abastecerlo. Una vez recibidas, revendía o intercambiaba estas piezas en Estados Unidos, mintiendo sobre su origen o antigüedad.
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Entre las especies afectadas por la red estaban el pangolín; narval; mandril; tigre; león africano; orangután; jaguar; leopardo; tortuga marina; oso polar; oso pardo; morsa; babirusa; lobo marino; cachalote; foca arpa; elefante marino; foca gris; cálaos; calderón; monos y puma. Los artículos decomisados incluían cráneos; pieles; cuernos; colmillos; garras y dientes, según el recuento hecho público por el USFWS.
En uno de los episodios que fortalecieron la acusación, los agentes permitieron la entrega del paquete interceptado y, días después, Bied ofreció en línea el cráneo de leopardo que vendió en USD 1.750.
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Luego sugirió al comprador (un agente encubierto) adquirir un segundo cráneo, que consideró de los más raros, por USD 1.850. El rastreo confirmó que ambos cráneos provenían del envío sospechoso de marzo.

Estrategias de captación y métodos para maximizar las ganancias
El acusado construyó su acceso a especies raras estableciendo relaciones con personas en situación de pobreza en el extranjero. Luego, las inducía a capturar y vender fauna local para su red. Uno de sus cómplices era cazador en África y proveía gorila; cocodrilo; pangolín; chimpancé; lagarto monitor; babuino; león; leopardo; hiena; hipopótamo y elefante.
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En los mensajes, Bied instruía explícitamente a sus proveedores: “Solo mándame muchos cráneos grandes. Tampoco quiero cráneos con orificios de bala”. El objetivo era mantener la integridad y el valor comercial de las piezas, indicó el USFWS.
El acusado seleccionaba especies con poblaciones críticas. El caso del orangután ejemplifica este método: estos primates, cuyas tres especies sobreviven exclusivamente en Indonesia, ya ocupan el rango más alto de protección de la CITES (apéndice I).
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La destrucción de hábitats y el tráfico ilícito los colocaron entre los grandes simios más amenazados del mundo; las hembras dan a luz solo una vez cada tres hasta cinco años, lo que dificulta su recuperación tras cualquier declive, según el USFWS.
La explotación organizada de especies en peligro compromete todas las estrategias de conservación, subrayaron las autoridades.
Doug Ault, subdirector de la Oficina de Cumplimiento de la ley del USFWS, declaró: “El acopio de piezas ilegales de vida silvestre que Bied logró para su beneficio personal demuestra que incluso las acciones de una sola persona pueden tener consecuencias graves para especies vulnerables”.
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Restitución y uso educativo de los bienes incautados
Como parte del acuerdo de declaración de culpabilidad, Adam Bied renunció a cualquier reclamo sobre todos los objetos decomisados, tanto los vinculados directamente a los cargos criminales como los recogidos en la causa civil paralela.
Una parte de esos objetos será repatriada a Indonesia, con la colaboración de la oficina del USFWS en la embajada de Estados Unidos en Bangkok, que trabaja para identificar redes delictivas asociadas y devolver los restos faunísticos a sus países de origen.
El resto de los artículos confiscados será transferido al National Wildlife Property Repository, el repositorio federal de fauna de Estados Unidos en Colorado, institución que alberga más de un millón de piezas obtenidas en operaciones contra el tráfico de vida silvestre. Allí, muchas se destinan a programas educativos, investigación científica o nuevas investigaciones policiales, según la agencia federal.

Llamado a la colaboración ciudadana para frenar el comercio ilegal
El USFWS advierte que cualquier persona puede contribuir a combatir el tráfico de especies si actúa como consumidor informado y denuncia actividades sospechosas.
Recomienda: “Si piensa comprar un producto hecho de vida silvestre, infórmese primero sobre su legalidad. Ante la duda, no compre. Si cuenta con información relevante sobre un delito de fauna silvestre, incluso en línea, puede enviar un aviso a las autoridades mediante la línea de denuncias habilitad“.
Esta operación demuestra cómo el tráfico de partes de animales protegidos se sostiene mediante redes internacionales y mecanismos de captación dirigidos a poblaciones vulnerables. La respuesta judicial y la coordinación para la restitución de bienes buscan reducir el impacto destructivo sobre algunas de las especies más amenazadas del planeta.
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