
La noche del 27 de noviembre de 1975 se vivió de una forma peculiar en varios cines de España. Hacía pocos días que Franco había muerto (su cadáver acababa de retirarse del Palacio Real después de varios días en los que podía visitarse), y toda la población del país, a caballo entre el temor y la esperanza, aguardaba los acontecimientos que habrían de definir el futuro del país. Esa noche, sin embargo, la expectativa cedió su lugar a las ganas de asistir al estreno de una película que llevaba años siendo comentada en el resto del mundo... salvo en España, donde La naranja mecánica se proyectó por primera vez para el público general.
La película de Stanley Kubrick, considerada hoy como una de las mejores de la historia del cine, llegaba ya con la etiqueta de símbolo universal de la transgresión y la polémica. Una fama que le había valido tanto su leyenda como censura, que se prolongaría durante cuatro años (la cinta de Kubrick se había estrenado en 1971) hasta que le dieron ese hueco en las salas “de arte y ensayo”: un reflejo más de la transformación que estaba a punto de iniciar la sociedad.
Al fin y al cabo, desde que la censura franquista bloqueó la llegada de La naranja mecánica, el filme se había convertido en el Santo Grial para cinéfilos y jóvenes ávidos de modernidad o simplemente atraídos por su aura de escándalo. La naranja mecánica había sido señalada en otros países como factor de desestabilización: en Reino Unido, tras un incremento de delitos juveniles y una estela de aireadas críticas y amenazas, Kubrick optó (asesorado por la policía) por retirar la película de circulación, que poco a poco fue vetándose o recibiendo la calificación X en distintos puntos de Europa.
Historia de una censura
En España, esta postura respecto a La naranja mecánica no hizo más que incrementar el deseo y el mito. El hecho de que los españoles se organizaran para cruzar la frontera los fines de semana, acudiendo a Perpiñán para sortear la censura nacional y ver películas vetadas, muestra la magnitud de la ansiedad cultural que rodeaba a la cinta. En este clima, el anuncio del estreno legal de La naranja mecánica en Madrid tenía componentes de evento generacional. El lugar elegido fue el cine Cid Campeador, una sala de significativo tamaño situada en el barrio de Salamanca, reconvertida en “sala especial” para poder proyectar el filme en su versión original subtitulada.
El ambiente aquella noche fue singular: aunque la sala superaba las mil butacas, la ley ordenó no vender más de ochocientas entradas por sesión, lo que dejó gran parte del espacio vacío pero permitió agrupar al público en unas pocas filas, creando una sensación de corte selecto e irrepetible. El eco de las largas colas se extendía por la ciudad, y los que finalmente accedieron a esa primera sesión lo hicieron con la conciencia de asistir a un hito cultural. En las semanas siguientes, otros cines de arte y ensayo replicaron el mismo esquema para satisfacer una demanda reprimida durante años.
Entre las singularidades del estreno destaca un episodio que solo puede entenderse en aquel momento de paradojas históricas: según relata la prensa de la época, tras la muerte del dictador y ya en la segunda semana de exhibición de la película, el No-Do dedicó un monográfico fúnebre a la vida de Franco, proyectado junto a la película de Kubrick. Mientras el noticiario mostraba imágenes del dictador acompañado por la Novena Sinfonía de Beethoven, la misma que se utilizaba en la película. La carcajada general del público al advertir la “catarsis beethoveniana” ilustró no solo el cambio de época, sino la ironía de las coincidencias.

Valladolid, una excepción a la regla
Hay que decir que La naranja mecánica ya se había proyectado en un cine español con anterioridad. La película de Kubrick se había podido ver en la Semana Internacional del Cine de Valladolid, tal y como se explica en el documental La naranja prohibida. No resultó una tarea fácil, ya que el propio Kubrick era reacio a que su película se viera en España, y solo cedió cuando se le prometió que la película solo se pasaría en la Universidad de Valladolid, a sabiendas de que no iba a ser así.
La censura franquista, en aquella ocasión, no solo no prohibió su proyección sino que además animó al festival a que se viera la película, ya que los festivales les servían para medir la reacción del público ante determinadas películas. “La naranja mecánica fue un éxito absoluto y Kubrick nunca se quejó de la mentira”, explican desde el propio festival en su página web. “Su filme no gustó a todo el mundo, pero el material gráfico de 1975 deja constancia de la larguísima cola de estudiantes a la espera de conseguir su entrada, principalmente porque en España, en aquel momento, bastaba que un filme o un libro estuvieran censurados para que levantaran una gran expectación.”
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