“La verdad del caso...”, “A la caza de...”, “El caso...”. Es muy probable que en los últimos meses, ya casi años, cualquiera se haya topado con algún documental, serie o cualquier otro tipo de programa que llevase alguno de esos títulos o similares. El género true crime lleva en alza prácticamente desde el éxito de producciones como Making a murderer y nuestro país no es ajeno a este fenómeno, desde donde han salido trabajos tan dispares como El caso Alcàsser, Dolores: La verdad sobre el caso Wanninkhof, El caso Asunta o recientemente El caso Daniel Sancho. Cada uno a su manera, todos han tenido en común explotar hasta el límite la tragedia ajena para acercar a millones de espectadores a historias de lo más escabrosas, personajes turbios y un tono que siempre antepone el drama traumático antes que contar la realidad con todos sus matices.
Es precisamente en torno a este tema, a cómo narrar el trauma, que se plantea la última gran obra del Centro Dramático Nacional, Vulcano. Con el cuadro de Velázquez como punto de partida, la función cuenta la historia de una familia de clase humilde que recibe la visita de un equipo de televisión que busca rememorar la tragedia que esta sufrió un año atrás, cuando se incendió su casa y murió la vecina que cuidaban. Sin embargo, conforme avanza el rodaje de ese episodio piloto con aires de gran true-crime, la verdad va saliendo poco a poco a la luz.
“La obra surge de contar aquello de lo que nos cuesta hablar por miedo, por tabú, o porque no encontramos las palabras. Ahora mismo hay mucho debate con el posicionamiento entre los roles de víctimas, de verdugos, de héroes, por esta desesperada necesidad de que nos vean como buenos”, explica la directora de la obra, Andrea Jiménez, en su entrevista con Infobae España. La autora de obras como Casting Lear o Mal de Coraçon parte del texto de Victoria Szpunberg, y cuenta en su reparto con actores como Pilar Bergés, Iván López-Ortega, Albert Ribalta, Macarena Sanz o Eneko Sagardoy, aunque hay un personaje más, el propio espectador.
Me interesaba colocar a los espectadores en ese lugar incómodo e incluso falto de ética. Estás mirando, ¿pero con qué derecho?
Porque en Vulcano la directora propone un juego por el cual se exponen varios puntos de vista -el de los periodistas en busca de sensacionalismo, el de la familia para adornar su relato- incluido el del propio espectador, que ve tanto el escenario como a través de la cámara de los periodistas. “En familia nadie es exactamente uno mismo, sino una versión editada conforme a lo que otros ven de ti o lo que quieres que vean. Y a eso se suma la presencia de un ojo externo, que es la cámara, el espectador absoluto”, explica Jiménez, quien proyecta sobre el escenario de la casa lo que va grabando la cámara de los periodistas que se entrometen en la intimidad de la familia.

Cuando el espectador se convierte en cómplice
“Para mí si el teatro ignora al espectador es un fracaso absoluto. Ya era un reto hacer una obra con cuarta pared, porque todas mis obras siempre implican al espectador de forma directa, pero aquí la relación con el espectador es a través de la cámara. Me interesaba colocarlos en ese lugar incómodo e incluso carente de moral, nada ético. Estás mirando, ¿pero con qué derecho?”, se cuestiona la dramaturga. En ese proceso de que el espectador se sienta partícipe de la obra, también surge más de un momento de comedia -voluntaria o involuntaria- que puede hacer que se cuestione su mirada, un desafío para el que la autora admite que no fue fácil encontrar el tono.
“Creo que es un humor suave, íntimo y tiene algo de autoinculpatorio. Es difícil porque si te vas al dramón completo, se pierde algo del comentario político, pero si te vas a solo comedia extrema buscando el gag también se pierde algo de esta incomodidad, como si estuviéramos por encima de estos personajes y no fuéramos exactamente igual de patéticos que ellos”, plantea Jiménez, porque Vulcano transita por momentos entre la comedia más surrealista -canción de Adele incluida- y el melodrama más reflexivo que puede sorprender a muchos, ya que es un tono que no se prodiga tanto en nuestro país. “Creo que en España somos de un humor más unilateral, de menos capas. Tenemos un humor más de parodia, pero nos falta reírnos de nosotros mismos como los británicos o los griegos”.
Sobre el secreto para encontrar ese término medio entre un sketch de La hora de José Mota o un documental de La2, Jiménez concede buena parte del mérito a su elenco, con el que ha trabajado durante largo tiempo hasta encontrar el punto a cada personaje. “Trabajo en residencias de creación y ahí se va gestando el texto. Victoria vino con 35 páginas escritas y a partir de ahí hice muchas improvisaciones con los actores, muchas veces desde ellos mismos. Lo hacemos de tal manera que los personajes están creados a la medida del actor y de lo que le pasa en el proceso. Entonces, de alguna manera, el propio personaje es un exorcismo de algo que ya está en el actor”, confiesa la dramaturga. Así surgen personajes tan particulares como el padre casposo e interesado de Albert Ribalta, el cámara con aspiraciones artísticas de Iván López-Ortega o la joven ambiciosa pero socavada por la precariedad de Macarena Sanz.

Los periodistas, ¿héroes o villanos?
Dicho todo esto, el gran tema del que habla Vulcano no es otro que el enunciado, el de cómo se narra un trauma. En la obra se pone en cuestión la figura de los medios a través del personaje de Adriana, una periodista que parece querer exprimir al máximo la tragedia de la familia. “Tiene una muy buena intención querer ayudar y al final se da de bruces con su propio narcisismo porque hay periodistas que quieren ser los héroes para contar una tragedia pensando que el acto de contarla va a salvar a alguien de sí mismo”, esgrime Jiménez, quien cree que una parte del periodismo sufre de este mal endémico.
“Hay casos, como el periodismo de guerra, en los que esos relatos efectivamente han acercado una realidad o han accionado un movimiento, pero hay otros en los que el impacto material de los relatos sobre la realidad de las víctimas es, en la mayoría de casos, muy pequeño”, apunta la autora. “Hemos perfeccionado tanto el arte del relato con los siglos que estamos siendo víctimas de nuestra propia inteligencia. ¿No sabes que somos capaces de dominar cualquier relato? ¿Sí, y yo creo que muchas veces sin entender las consecuencias, no? Como, eh, de hasta dónde los manipulamos para seguir vivos.
A pesar de todo, la larga trayectoria de la directora sobre las tablas le ha otorgado una forma óptima de lidiar con estas situaciones. “He llegado a la conclusión de que la forma justa no es esta cosa peligrosa del ‘dar voz’, sino que lo más valioso es una interlocución. A mí me interesa tu historia porque no la conozco, porque no la entiendo, porque me genera una sensación de culpa o porque no he vivido la misma tragedia que tú. Y creo que lo más sano es que en el relato también esté tu postura, las partes que tú ignoras, que no entiendes de cómo no has sabido relacionarte con esta historia”, sostiene la autora. Vulcano estará en la Sala Francisco Nieva del Teatro Valle-Inclán hasta el 13 de abril, con una función con encuentro del equipo artístico para comentar todas estas cuestiones sobre las que versa la obra y que se presentan con cada estreno de un nuevo true-crime.
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