La mitad de las adolescentes que sufre violencia de género no sabe identificarla: “Hay un mito muy extendido que dice que en pareja hay que sufrir”

Las menores de 18 años han normalizado la violencia, que escala de forma imperceptible y pasa de la manipulación a las agresiones físicas

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Una mujer con un pañuelo
Una mujer con un pañuelo morado en la cabeza posa durante la concentración en Barcelona del 8-M. (David Zorraquino / Europa Press)

La violencia de género no entiende de edad. Una mujer puede ser víctima en cualquier etapa de su vida, incluso en la adolescencia. Lo confirman las consultas a la Fundación ANAR, a la que acuden a los menores que atraviesan problemas a través de una línea telefónica de ayuda (900202010). En 2024, atendieron más de 3.000 casos de adolescentes que pedían ayuda por esta causa, aunque casi la mitad de ellas no era consciente de que estaba siendo víctima de su pareja.

“Cuando nos llaman es muy natural que la adolescente no lo esté identificando. Ella habla de su relación sentimental, de los problemas que tiene con su pareja o expareja. También de toda la problemática que le acarrea esta situación con su familia y amistades por la pérdida de vinculación o porque sus padres encuentran que tiene unos comportamientos diferentes y se genera una barrera, pero no lo está sabiendo identificar”, explica Diana Díaz, la directora de las líneas de ayuda de ANAR. Es el psicólogo que las atiende desde el otro lado del teléfono el que establece que se trata de un caso de violencia de género.

“Hablamos de cosas muy graves: empujones, zarandeos, tirones de pelo, empujones por las escaleras...”

La violencia adquiere muchas formas. Con los datos de la memoria de llamadas de 2024, Díaz detalla que, pese a la creencia popular, casi la mitad de las adolescentes que llaman sufren violencia física. “Hablamos de cosas muy graves: empujones, zarandeos, tirones de pelo, empujones por las escaleras... Situaciones además que se producen habitualmente y no están identificando como violencia”, alerta. No obstante, también atienden llamadas en las que las chicas -que suelen tener entre 15 y 17 años, aunque también han llegado casos de niñas de 12- describen situaciones que son tan intolerables que ni ellas mismas son ya capaces de hacer una negación, que es el mecanismo de defensa que les impide ver lo que sucede porque la violencia escala y se vuelve imperceptible a sus ojos.

Cómo identificar la violencia

Todo puede empezar con gestos sutiles: pedirle que comparta la ubicación, que le envíe una foto para constatar que está con sus amigas o que le pida que deje de usar una camiseta o unos pantalones. Que no se maquille. Que no hable con otros chicos. Después, llegarán los insultos, los menosprecios, los silencios como forma de castigo. Y un día, sin que se den cuenta, les habrán puesto la mano encima. Pero todo evoluciona tan despacio que pasa inadvertido en la mayoría de los casos porque se alterna con otra personalidad agradable, envolvente y cariñosa. Lo hace porque la quiere y quiere proteger la relación, asegura él y cree ella. Le hace un regalo o le pide disculpas. Muestra su cara más amable. “No volverá a pasar”, promete. Pero vuelve a pasar.

Díaz explica que las víctimas tienden a justificar este tipo de agresiones. “Hay un mito muy extendido que consiste en que en pareja hay que sufrir”, indica. De ahí que haya chicas que creen que los celos o el sufrimiento tiene cabida en nombre del amor. “Y el miedo a que se vaya con otra persona, el miedo a ‘si yo no cedo...’ -porque hay muchísimo chantaje emocional- te lleva a hacer cosas para no perderle, entonces puede llegar a ceder, a mandar fotos arriesgadas y a hacer cosas que voluntariamente tampoco está queriendo hacer”, añade. Surge el autoengaño, cuando se dicen a sí mismas que están dispuestas a todo, aunque en realidad no.

En casi el 60% de los casos también aparece la violencia social -cuando el agresor trata de separar a la víctima de su familia y amigos-. Da igual la edad, el aislamiento siempre forma parte de la estrategia. En este sentido, Díaz apunta que el teléfono se convierte en una herramienta muy poderosa porque agresor y víctima pueden estar conectados las 24 horas del día y él puede ejercer presión de forma permanente e ininterrumpida. También puede pedirle desnudos con los que podrá chantajearla en el futuro. Además, sirve al agresor para reavivar el contacto cuando la relación pasa por momentos bajos o incluso cuando ella decide ponerle fin. Si no lo consigue, advierte Díaz, “la va a intentar perseguir, saber todos sus movimientos, estar pendiente de todo lo que publica”.

¿Qué falla en la lucha contra la violencia de género? De la prevención y protección a las víctimas al abordaje de la masculinidad.

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“La adolescente es capaz de soportar muchísima violencia, sin saber las consecuencias psicológicas y sociales, porque va a generar aislamiento social y sintomatología como tristeza o ansiedad”, señala. Pero, ¿qué hace al respecto? Normalmente, callar. “No es fácil que comunique lo que está viviendo a su familia porque tiene mucho miedo de que tomen represalias y le hagan cortar el vínculo con esta persona, porque normalmente existe muchísima dependencia emocional”.

“No es fácil que comunique lo que está viviendo a su familia porque tiene mucho miedo de que tomen represalias”

Para que se pueda gestionar esta situación de la mejor forma posible, es necesario que haya habido un trabajo previo en la familia. “Desde las primeras etapas es importante estar pendientes y no confiarnos porque cuanto más factores de protección existan hay más terreno ganado si surge esta situación”, expone Díaz. Crear un ambiente donde la comunicación sea fluida y haya plena confianza es vital para poder intervenir y saber que es necesaria esa intervención. “Si existe un problema y estamos desvinculados, porque jamás hemos tenido la costumbre hablarnos en la cena, por ejemplo, nos va a pillar a contracorriente cuando haya un caso de violencia de género”, sintetiza.

La especialista apunta que el aislamiento, los cambios de hábitos, la bajada del rendimiento escolar o la dependencia emocional pueden ser señales de alerta. Ante estos indicios, recomienda que madres y padres mantengan una comunicación abierta y empática, mostrando apoyo y disponibilidad para hablar sobre cualquier preocupación.

El camino de salida, tanto por parte de los psicólogos como de las familias, pasa por hacer entender a la menor que siente tristeza, dolor y ansiedad que las relaciones de pareja no deben ser así. Ella tiene que comprender que debe abandonar ese lugar al que ha sido relegada y las conversaciones desde el entendimiento y la terapia son el camino para que tome conciencia.