
En 1944 se estrenó la versión estadounidense de Gaslight, una película que gira en torno a las dinámicas manipuladoras que un marido realiza contra su esposa, hasta el punto de que esta llega a pensar que está desarrollando un trastorno mental. “He venido observando, Paula, que eres muy olvidadiza. Pierdes las cosas y luego te olvidas”, dice él, Gregory. “Entonces es cierto, estoy loca, voy perdiendo la cabeza”, llega a preocuparse Paula. Pero no, no estaba loca.
Negativas a que familiares, amigos y vecinos vayan a visitarlos; mentiras que hacen dudar de la manera en la que realmente ocurrieron las cosas; objetos que desaparecen o que son cambiados de lugar, y un marido que aísla, engaña y dirige las culpas de esos “descuidos” o “robos” —realizados realmente por él— en una misma dirección: su mujer. También sonidos procedentes del desván que nadie parece escuchar o lámparas de gas que pierden intensidad y en las que nadie repara, excepto Paula.
A raíz de esta película, a mediados del siglo XX surgió el término gaslighting en psicología clínica y estudios de violencia doméstica —término que se utilizaba en esta época y que no representaba que dicho problema está causado por una desigualdad de género— para describir situaciones similares a las que aparecen en la cinta; sin embargo, no sería hasta la década de 2010 cuando se popularizaría hasta formar parte del vocabulario mainstream en medios de comunicación, redes sociales y conversaciones cotidianas.

Según explica a Infobae España la psicóloga Esther Blázquez, que trabaja en la consulta Epsiba Psicología y crea contenido en Youtube (@epsibapsicologia), el gaslighting ocurre cuando “te hacen dudar de tu percepción o de tus recuerdos”: “Por ejemplo, cuentas algo que te dolió y la otra persona te dice que eso no pasó así o que estás exagerando. A fuerza de oírlo, puedes acabar creyendo que te lo estás inventando”.
Este tipo de manipulación psicológica “es muy duro porque te desconecta de la realidad”, pero existen otros que también pueden resultar muy dañinos: “Consiguen que la persona deje de confiar en sí misma. Cuando empieza a pensar que todo es culpa suya, que no vale nada, que no tiene derecho a quejarse o que nadie más le va a querer, ahí es cuando la manipulación ha hecho más daño”.
Una educación que lleva a las mujeres a la complacencia
Tanto hombres como mujeres pueden ser víctimas de manipulación psicológica o emocional. Sin embargo, ellas son más propensas a sufrirla, al igual que ocurre con otros tipos de violencia como la física. “En mi experiencia, recibo bastantes más consultas de mujeres que de hombres en relación a este tipo de situaciones”, explica Esther Blázquez. “Esto no significa que los hombres no puedan ser manipulados dentro de una relación, pero sí es cierto que las mujeres parecen estar más expuestas a este tipo de dinámicas”.

Según explica la psicóloga, esto tiene mucho que ver con la educación que ellas generalmente reciben, basada en ideas como el de la mujer como cuidadora o el de la niña buena. Esto las lleva a ser más complacientes: “Desde pequeñas, tradicionalmente se les ha enseñado a cuidar, a priorizar el bienestar de los demás, a no molestar, a ser comprensivas”. La persona manipuladora se aprovecharía de ello, puesto que es más sencillo en este contexto que la víctima genere un sentimiento de culpabilidad “por poner límites o expresar sus necesidades”.
Así, pueden enfrentarse al chantaje emocional —“Si me dejas, me voy a hacer daño” o “con todo lo que he hecho por ti”—; la desvalorización o minimización constantes, que ocurre cuando “la otra persona te critica, te compara, te hace sentir pequeña”, y la triangulación, que se produce “cuando te comparan con otras personas o te generan celos para provocar inseguridad”. “No sería ninguna mala idea que diera la fórmula de su secreto a la señora, a ver si desaparece su palidez”, le dice Gregory a Nancy, una de las criadas, delante de su mujer, con respecto al color de sus mejillas.

‘Love bombing’, refuerzo intermitente y ley del hielo
Existen otros tipos de manipulación psicológica cuyos términos se han popularizado en las últimas décadas. Todos ellos hacen referencia a dinámicas que acaban por desestabilizar a la víctima dentro de la relación, ya sea a través de afectos desmedidos, cambios repentinos en la conducta o castigos en cuanto al contacto y la cercanía. Es el caso del love bombing: “Al principio de la relación, la otra persona te llena de halagos, regalos, mensajes, atención”. Esta bomba de amor “crea una conexión muy intensa y muy rápida”, explica Esther Blázquez.
Sin embargo, este comportamiento que parece perfecto no dura eternamente. Para entonces, la víctima ya ha generado un gran afecto o incluso una cierta dependencia por la otra persona, lo que “facilita posteriormente la manipulación psicológica”. En este sentido, en ocasiones esas muestras de cariño van y vienen, interrumpiéndose por periodos de frialdad y distancia. Esto se conoce como refuerzo intermitente: “Un día te dice que eres lo mejor que le ha pasado y al día siguiente te ignora”.
Tal y como explica la psicóloga a este medio, no es sencillo salir de esta dinámica: “Ese vaivén emocional engancha mucho porque estás esperando constantemente el momento bueno otra vez”. Además, los cambios repentinos en la conducta llevan a la víctima a un estado de confusión y culpa porque “asume que ha hecho algo para que el comportamiento de quien manipula cambie”.

En esos malos momentos, que pueden ocurrir por una discusión, un error de la víctima o sin ningún motivo, muchos manipuladores aplican la ley del hielo: “Se da cuando te castigan dejándote de hablar o de mirar, por ejemplo”. Esta dinámica de frialdad, distancia y silencio con respecto al problema “puede durar horas o días” y genera un sentimiento de malestar, confusión e “incluso ansiedad” en la víctima, que suele buscar la manera de revertir la situación y conseguir la aprobación de la persona manipuladora.
Consecuencias y señales de la manipulación psicológica
Tal y como explica la experta, hay personas que utilizan estas técnicas de una forma totalmente consciente en su propio beneficio. Sin embargo, no siempre es así: “Hay quienes no son del todo conscientes de lo dañinas que son sus actitudes. A lo mejor repiten patrones aprendidos o no saben comunicarse de otra manera”. Esto no quita que sus actos hagan daño y tengan consecuencias.
Uno de los aspectos en los que la manipulación psicológica produce un mayor efecto es en la autoestima: “Cuando alguien te hace dudar de ti misma continuamente, cuando te hacen sentir que exageras, que no sabes lo que dices, que no vales lo suficiente, poco a poco te vas desconectando de ti misma”. De hecho, Esther Blázquez explica que son muchas las pacientes que se han enfrentado a este tipo de situaciones y que llegan a consulta “bastante confundidas y con la sensación de que han perdido su propio criterio y la confianza en sí mismas”.
Pero esto no solamente afecta a la autopercepción, sino al resto de relaciones interpersonales de la víctima, que “puede llegar a sentirse culpable por todo, tener miedo de molestar, dejar de opinar o de poner límites”. La psicóloga enumera algunos síntomas que son frecuentes cuando se sufre manipulación emocional: “Ansiedad, tristeza, dificultad para dormir y, muchas veces, aislamiento social”, ya que es común que “quien manipula intente alejar a la víctima de su entorno cercano, lo que dificulta más que pueda estar segura” de que está sufriendo estas dinámicas.
Esther Blázquez incide en ese “estar segura” porque destaca que muchas veces la víctima “puede entrever que hay algo que no va bien, que no cuadra”, pero no es capaz de llegar hasta el fondo de la cuestión o de alejarse de quien la está manipulando. Esto ocurre porque se produce una disonancia cognitiva, “un malestar interno que aparece cuando se sostienen al mismo tiempo dos ideas o emociones contradictorias”. La psicóloga explica algunos ejemplos: “Sé que esta persona me hace daño, pero también siento que me quiere” o “Esto que está ocurriendo no me parece normal, pero al mismo tiempo pienso que es culpa mía”.
“Esa tensión entre lo que se percibe y lo que se cree o se desea creer puede hacer que la víctima se bloquee, justifique lo que vive o incluso minimice el daño para poder mantener cierta estabilidad emocional”, explica la experta. Así, incide en que es importante atender a algunas señales que pueden indicarnos que estamos siendo víctimas de manipulación: “El sentir que te tienes que justificar constantemente, el dudar de una misma, el temor a las reacciones de la otra persona, sentirse culpable o insegura continuamente o el dejar de ser una misma para evitar que llegue un conflicto”.
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