
Los resultados económicos, las gestiones financieras y los tiempos políticos se le han complicado enormemente a Martín Guzmán.
Hoy, en la 42 Convención Anual del Instituto Argentino de Ejecutivos de Finanzas, Juan Carlos de Pablo comentó en su habitual estilo la situación del ministro. “Guzmán está chequeando por el celular si todavía es ministro o le pregunta a sus colaborados si saben algo. Están todos los ministros paralizados, salvo (Roberto) Feletti que está muy activo”, dijo el exprofesor de macroeconomía la UBA, consultor, comentarista económico y actual profesor de la Universidad del Cema.
Para ser funcionario nacional, dijo De Pablo, hay que ser “como un médico jefe de guardia”, algo que diferenció de “establecer una asamblea de política económica”, ámbito que parece gustarle y sentarle más a Guzmán. “Yo siempre le digo a mis alumnos en la universidad que, si quieren trabajar en política económica, piensen en el jefe de guardia de un hospital: le tiran 40 heridos en dos horas y el tipo no elige a los pacientes, tiene que tomar decisiones muy jodidas con información incompleta. Si tu estómago no te permite trabajar así, dedicate a otra cosa”, indicó.
Según De Pablo, la probabilidad de que el Gobierno revierta el 14 de noviembre el resultado electoral de las PASO “es muy chiquita”. Lo que seguirá a eso, dijo, es ver cómo el oficialismo digiere una nueva derrota. ”Le quedan dos años a un Presidente muy debilitado, lo cual le pone un techo político al escenario 2022″.
Credibilidad
De Pablo hizo mucho hincapié en la credibilidad de los hacedores de política económica, por cierto maltrecha tanto para Guzmán como para el presidente del Banco Central, Miguel Pesce. Así lo puso: “Si Pesce dice que sacará el cepo, todos pensamos que se levantó borracho y vamos a comprarle los últimos cuatro dólares que le quedan”. Cuando los funcionarios no son creíbles, aseguró, “la política económica en incertidumbre genera efectos contrarios”.
Según De Pablo, en los dos años que le quedan de Gobierno, Alberto Fernández necesita “un Lacunza de dos años”, por Hernán Lacunza, el ministro que tras la derrota en las PASO y la trepada del dólar, tomó la posta del alicaído Nicolás Dujovne y le permitió –reperfilamiento de deuda y cepo inicial mediante- terminar el gobierno a Mauricio Macri evitando una hiperinflación o descontrol de la economía.

Otro veterano de la política económica, el sociólogo Juan Carlos Torre, autor del reciente libro “Diario de una temporada en el quinto piso” (por el ministerio de Economía en tiempos de Alfonsín) recordó que verdad y política nunca se llevaron bien. Un político dijo, debe tener coraje, aglutinar voluntades, formar equipos y tener una visión del rumbo a seguir. “Si se le pide además que diga la verdad, me parece que es un exceso”, señaló, amén de advertir que “la ética pública es distinta a la ética privada”. Como ejemplo, recordó a Carlos Menem, quien reconoció que si hubiera dicho lo que pensaba hacer, no lo habrían elegido. Y a Néstor Kirchner, quien decía que no debían prestar atención a lo que decía, sino a lo que hacía. Esa duplicidad, dijo Torre, “no es condenable desde la óptica del orden público”.
En el mismo panel, el exministro Jorge Remes Lenicov resaltó la necesidad de lograr acuerdos. Si no los hay, señaló, los gobiernos seguirán haciendo lo que hacen hace quince años: postergar los temas de fondo, que requieren acordar políticamente.

Las palabras de De Pablo y la reflexión de Torre sobre la relación entre política y verdad es pertinente a la situación de Guzmán. Las crónicas políticas cuentan cómo, en la semana posterior a las PASO, el ministro pasó en cuestión de horas de alfil y talibán de un supuesto “albertismo” a kirchnerista de paladar negro. Metamorfosis que lo llevó, en un evento en el Centro Cultural Kirchner, a condenar al FMI por “financiar la campaña de Macri” y, luego, a tratar de “antiargentinos” a dirigentes de la oposición, que le respondieron de sobrepique: ese era, dijeron, el vocabulario de la dictadura.
Lo cierto es que la gestión Guzmán no dio frutos en la Cumbre del G20 en Roma. De la reunión con Kristalina Georgieva, la directora-gerente del FMI, en la que acompañó a Alberto Fernández, quedó en claro que un acuerdo con el Fondo está lejos, siendo su necesidad –según se desprende de las últimas declaraciones conocidas- una de las cosas en que coinciden el presidente y su poderosa vice, Cristina Kirchner.

Tal vez por eso cuando se fue de Roma a Glasgow, a participar en la COP26, la Cumbre sobre Cambio Climático, el presidente dejó a Gustavo Béliz para que acompañara a Guzmán en sus reuniones con Julie Kozack, la funcionaria de mayor jerarquía del staff del Fondo asignada al caso argentino. El ministro venía diciendo que las negociaciones estaban avanzadas y el presidente le creía, a punto que les dijo a algunos de sus voceros que faltaba poco para los anuncios.
Guzmán llegó a decir, incluso, que la Argentina ya había presentado su plan, y que el problema era que el Fondo no quería revisar sus “sobrecargos”. Pero si presentó un programa, ¿por qué no lo muestra?, preguntan en el Fondo. Y podría preguntar cualquier argentino, incluidos los miembros del Congreso, del que Guzmán pretende aprobación legislativa a un eventual acuerdo. Tal vez Béliz pudiera constatar, pensó tal vez el presidente, cuán ciertos son esos avances de los que habla Guzmán.
Un ministro que, según De Pablo, relojea su celular para ver si sigue siéndolo.
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