Florence Knapp impacta discretamente con ‘Los nombres’, una novela que examina el poder de llamarse

En su relato, la escritora británica explora cómo el acto de nombrar trasciende la mera tradición familiar y se convierte en un campo de tensión entre herencia, identidad y libertad individual

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La novela "Los nombres" de
La novela "Los nombres" de Florence Knapp explora el acto de nombrar como construcción central de la identidad y la pertenencia

JULIETA: ¡Ah, Romeo, Romeo!

¿Por qué eres Romeo? Niega a tu padre

y rehúsa tu nombre; o, si no quieres,

sé solo mi amor y te juro que yo no seré más una Capuleto.

William Shakespeare, Romeo y Julieta

Si (como afirma el griego en el Cratilo)

el nombre es arquetipo de la cosa

en las letras de ‘rosa’ está la rosa

y todo el Nilo en la palabra ‘Nilo’.

Jorge Luis Borges, El Golem

Los nombres, la primera novela de la autora inglesa Florence Knapp, gira en torno a algo silencioso y radical: el acto de nombrar. A primera vista, parece tratar sobre la familia –sobre la herencia, la intimidad, la continuidad generacional–, pero poco a poco y con precisión revela que trata sobre la frágil y compleja construcción de la identidad en sí misma. ¿Qué significa vivir dentro de un nombre? ¿Qué significa heredar uno? ¿Rechazarlo? ¿Entenderlo mal o traducirlo mal? Cuando la leía recordé un proyecto del gobierno estadounidense en 2019 que se llamaba “my name, my identity”, y que enmarca el nombre como una cuestión de identidad y dignidad. Es sencillo, el peso del nombre lo llevamos todos y qué hacemos con ese peso marca un poco la manera que tenemos de decirle al mundo quienes somos. Yo soy Flavia y Daniela Pittella. Ese “y” lo agregué hace algunos años ya que mucha gente me llama por mi primer nombre y otra tanta por mi segundo nombre. Y soy distinta según qué nombre, y mi apellido va con doble t y doble l; y no me importa cuántas veces tengan que corregirlo porque ese es el apellido de mi papá (que en verdad era Pittellás pero en la época de Mussolini se cambiaron todos los apellidos que sonaran extranjeros -en el caso de Pittellás, el griego–) y conocer esa historia me rebeló e hizo que en mi vida se volviera una campaña el respeto por la escritura correcta de lo que queda del apellido de mi viejo.

En Los nombres, Knapp no aborda estas cuestiones de forma polémica. Para eso, presta atención a los matices humanos y construye su argumento a través de escenas: un certificado de nacimiento firmado con solemnidad; un pase de lista en la escuela en el que se tropieza con la pronunciación; un amante que susurra un nombre de forma que lo altera; una mujer que contempla, con igual parte de rebeldía y temor, la posibilidad de cambiar el suyo.

La novela comienza con el hecho de nombrar a un niño, un gesto que parece ceremonial, pero que está escrito sin teatralidad. Knapp entiende que poner un nombre es a menudo algo cotidiano e irreversible. La elección de los padres, sin embargo, conlleva la historia familiar, las expectativas, los recuerdos. El nombre, una vez pronunciado, se posa sobre el bebé como un manto que le llevará años comprender y quizás toda una vida negociar. Lo que da a la novela su tensión emocional es la lenta comprensión de que los nombres no son meras etiquetas, sino guiones.

El libro cuestiona cómo los
El libro cuestiona cómo los nombres propios influyen en la herencia familiar, la tradición y la memoria colectiva a través de distintas generaciones

Un apellido implica linaje. Un nombre puede sugerir clase, época, aspiración. Incluso un apodo puede indicar intimidad o menosprecio. Knapp muestra cómo los personajes crecen -o se rebelan- contra la narrativa que sus nombres parecen proponer. Una hija que se siente desalineada con la historia que conlleva su nombre. Un padre que insiste en la tradición como si fuera el destino. Una pareja que acorta o remodela un nombre, sin darse cuenta de que está remodelando sutilmente a una persona.

La prosa es sencilla pero deliberada y tiene el don de plasmar los pequeños momentos domésticos con peso filosófico. Una discusión en la mesa sobre ponerle a un niño el nombre de un abuelo no se desarrolla como un melodrama, sino como una meditación sobre la obligación y la memoria. ¿A quién pertenece un nombre? ¿Pertenece a los muertos que lo llevaron, a los vivos que lo heredan o al individuo que debe hacerlo suyo?

A mitad de la novela, la migración complica la cuestión. Un nombre que antes pasaba desapercibido en un entorno se vuelve extraño en otro. Sus consonantes se suavizan o se pronuncian mal; su ortografía se ajusta para facilitar los trámites burocráticos. Knapp capta, con una moderación casi dolorosa, la experiencia de oír pronunciar incorrectamente el propio nombre, cómo se siente como una pequeña erosión del yo. La presión de “simplificar” por conveniencia se convierte en una sutil negociación entre la pertenencia y el borrado. Pittella, con dos t y dos l. “Mi nombre, mi identidad”, parecen gritar los personajes.

Aquí es donde aflora el trasfondo político de la novela. Nombrar es poder. Las instituciones exigen “nombres legales”. Los formularios rechazan los matices. Un personaje debate si mantener su apellido completo y complicado o acortarlo para mayor claridad profesional. La elección parece administrativa, pero es existencial. La pregunta subyacente es cruda: ¿hay que ser más legible para ser más aceptado? Los personajes experimentan con segundos nombres, adoptan diminutivos infantiles en la edad adulta o recuperan versiones descartadas de sí mismos. Estos cambios no se presentan como grandes declaraciones, sino como actos privados de autoría. La novela sugiere que, aunque se nos ponga un nombre antes de que nos comprendamos a nosotros mismos, no estamos totalmente atados a esa inscripción inicial.

Florence Knapp aborda en su
Florence Knapp aborda en su novela el peso simbólico y emocional de los nombres en la formación del yo individual y social

Los nombres vuelve, una y otra vez, a la repetición a lo largo del tiempo. La misma palabra pronunciada en la infancia reaparece décadas más tarde, cargada de recuerdos. El efecto es acumulativo: los nombres resuenan, cobran nueva vida, nuevos significantes, alteran su tono. Un nombre que en su día se pronunció con afecto puede llegar a transmitir resentimiento; uno que en su día se descartó puede volverse precioso en su ausencia. El dolor desempeña un papel silencioso pero significativo. Cuando un personaje muere, su nombre permanece, un sonido desligado de su referente.

Knapp escribe estos pasajes con una claridad dolorosa. Un nombre pronunciado en el duelo se convierte tanto en invocación como en recordatorio de una pérdida irrecuperable. La palabra persiste; el cuerpo no. En estas escenas, la novela parece preguntar: ¿puede el lenguaje mantener la presencia, o simplemente apunta hacia la ausencia?

Un nombre tiene un significado diferente en la voz de una madre, en el tono de un burócrata, en el susurro de un amante. Adquiere significado no a través de la etimología, sino a través del uso.

En una época en la que la identidad se debate a menudo en términos declarativos, Knapp elige el camino más silencioso de la observación. Confía en que el lector perciba lo que está en juego. Una sílaba mal pronunciada puede doler; una recuperada puede liberar. El drama no reside en el espectáculo, sino en el reconocimiento.

En las últimas páginas, la narración vuelve al acto de nombrar, pero el gesto ya no es inocente. Los personajes han vivido lo suficiente como para comprender el peso de lo que están a punto de hacer. La decisión conlleva conciencia: un nombre puede moldear una vida, pero no puede determinarla. Puede limitar, pero también puede remodelarse desde dentro. Y así, Los nombres es una novela de lenguaje limpio, escenas domésticas y conflictos íntimos. Y, sin embargo, bajo esta calma se esconde una pregunta tan antigua como la filosofía: ¿un nombre revela quiénes somos o construye en quiénes nos convertimos? Knapp no resuelve el antiguo debate. Lo dramatiza. Al hacerlo, nos recuerda algo que a menudo olvidamos: cada vez que pronunciamos un nombre, participamos en la creación de un yo.

Y, sobre todo, vuelve interesante y nueva la vieja pregunta del griego sobre qué hay en un nombre, y si en el nombre está el arquetipo de la cosa. Julieta lo cuestiona, Borges lo afirma; nosotros, mientras tanto, nos cambiamos los nombres, reforzamos las letras, cambiamos los sobrenombres o nos mantenemos intactos en ese nombre dado y así vamos firmando la vida según qué nombre evoca quiénes somos en ese momento.

En Romeo y Julieta no es Romeo el problema, es su apellido. Julieta intenta separar el nombre de la cosa pero la tragedia se consuma por el Montesco de Romeo. Borges le contesta a Shakespeare con el Crátilo de Platón y le recuerda que cada cosa tiene un nombre que le es propio por naturaleza. Romeo es Montesco y esa es la razón de la tragedia. Knapp se mete en esa grieta y construye una novela en la que los nombres definen pero también son una oportunidad.

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