
MIRA POR LA VENTANA. Como si la ventana fuera. Como si por ahí. En la plaza un perro se asolea. Sol. Solo. Está conforme, el perro. Y ella. ¿Ella? Mirar un perro no hace daño. Tan válido como cualquier cosa: dormir o morir. Demasiado joven. O no. En otras épocas ya estaría muerta. ¿Pero es cierto que vivió? Viajes. Experiencias. El perro echado. ¿Sin dueño? Desde la ventana ella barre la plaza con los ojos: busca entre los que compran maní, toman café, lustran zapatos. El perro no levanta la cabeza como diciendo «este». Este más que este otro. Una mirada atenta. Una figura familiar. Alerta a un silbido, a una palabra que diga. Incluso al silencio. Porque hay una espera en ese silencio que alguien quebrará. Algo extraordinario, potencialmente singular. Pero si lo piensa (el perro echado, la cabeza echada, las orejas lacias de quien no espera un silbido /ni nada/ de otro), el amor para ella siempre fue en plural. El primero, arrasador e inmediato. Nunca el tiempo le interesó menos. Porque es normal despreciar lo que es tuyo por derecho propio. Después lo que se añora no es la juventud, el cuerpo que aún se parece a sí mismo. Se añora la certeza; el futuro inevitable. O la ausencia de (el perro se rasca la cabeza con la pata izquierda, movimiento enérgico, corto; se ha saciado). Todo el presente descansa en esa certidumbre: lavidapordelante. Él no llama. Horas mirando el teléfono, odiando a cualquiera que se digne a usarlo. Levantar el tubo: no ha muerto. Es peor, el largo sonido que indica otra cosa. Piiiiiii. Una ausencia; electrocardiograma de lo que no está. Él no aparece, llega tarde, pero cuando da unas pocas migas ella dice «pan». Se deshace entre los dedos, tan tibio, tan perfumado. El segundo sí dio más de lo que tenía. Estimulante y amable; no pudo quererlo. Y el tercero: sensual y simple, puro cuerpo. Y el cuarto: sucio y violento. Y el ¿quinto?: despreocupado y lírico, enamorado de su propia voz, pero con un pelo muy lindo. Rizos. Al pasar frente al espejo siempre paraba a mirarse. Admirarse. En el espejo. Quién pudiera. Y el otro: resentido y corpulento, los labios entreabiertos como niño tonto. Y el otro: político e incongruente. Se dijeron cosas horribles y ciertas. Ese recambio es lo que ella había llamado libertad. Lo que había llamado vivir. El perro no busca y tampoco espera. Es lo que se dice (ah, la enfermera) un perro de la calle. Los perros de la calle son los más nobles, dice. La enfermera saca la aguja, el cable. Mujer mayor. No digamos que anciana pero arriba de los sesenta. Desde que tiene la certeza de que nunca llegará a esa edad, ella también ha empezado a interesarse por la vejez. (Los perros viejos sacan canas en el hocico). Mira atenta las manos de la enfermera. ¿Cómo estamos hoy?, dice. Una vida de perro. Primera vez que se equivoca la sabiduría popular. Dice: Esto va a arder un poco. Sí. Con las mu-jeres no le fue mejor. La primera, remota y solidaria. La segunda: temerosa y fatídica. Su irritante manía de poner la toalla muy cerca de la orilla, de modo que había que estar calculando, tanteando la ola. Siempre demasiado cerca. Siempre en el borde espantoso del peligro. Porque el mar, como el dolor, solo crece. Y al final llega ese momento en que la ola se alarga más de la cuenta, la ola se hincha y se derrama con la fuerza de un animal veloz y hay que correr con la toalla en una mano, la ropa en la otra, y una chancleta que sale flotando –se va– –es llevada–, y lo irritante es la cara de ella, los ojos asustados, la mirada incrédula de cómo ha podido pasarme esto. Cómo ha podido. Siempre inesperada la ola para ella. ¿La enfermera otra vez? No. Son unos hombres fornidos. Están entrando a su compañera de cuarto. Fue un paseo interesante, la oye decir. Ella vuelve a mirar por la ventana. Alguien está agachado junto al perro. ¿Lo acaricia? El animal se entrega al cariño pasajero. Porque a veces un extraño puede (muy cansada para elaborar). Mejor entregarse a la pequeña conversación. Ahora le está enumerando a su compañera de cuarto su prontuario amoroso. Dice: fatídica, incongruente, ensimismada, sin dobleces, cruel. Su compañera de cuarto afirma que podría hacer la misma lista, pero con sus gatos. Todas relaciones tóxicas, dice. Se ríen. Una mujer de su época, decime si no. El último de sus gatos se llamaba Dylan y sufría de incontinencia. Pero dice: Estoy pensando en reincidir. El perro se estira. Toma sin vergüenza el espacio que le corresponde en mitad de la plaza. La gente lo esquiva. Nadie molesta al perro de la calle... podría estar enfermo. ¿Cuánto te queda?, pregunta su compañera de cuarto. Con otra persona, incluso con la enfermera mayor, tendría que estar aclarando. Cuánta plata, cuántas páginas del libro. Poco, dice, no sé. ¿Y a vos? Dos años, dice su compañera de cuarto. Los médicos dijeron que uno, pero ya sabés cómo son, estiman para abajo. Claro, dice ella. No vaya a ser. ¿Querés un cigarrillo? ¿Tenés? No los dejaría solos en casa, pobrecitos, dice su compañera de cuarto. Busca el paquete debajo del colchón. Los prenden y fuman. Cada una en su cama. (Hamacada en la cuna /acunada en el metal). Soplan el humo hacia arriba. No deberías fumar, le dice a su compañera. Vos tampoco. A tu edad, dice. En tu estado. Mirate. Mirate vos. Fuman y ríen hasta que el humo hace saltar la alarma de incendios. Ríen como locas. En el pasillo hay gritos, taconeos, enfermeras que corren. Pero ellas no oyen más que sus propias risas. Hace mucho que no se reían así.
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