
Las discusiones sobre la gordura, su estigma social y la obsesión contemporánea con los cuerpos delgados alcanzan nuevas dimensiones en tiempos de medicamentos como Ozempic, según el historiador Christopher E. Forth. Su libro, Grasa, traducido recientemente al castellano, propone una revisión de la relación ambivalente que Occidente ha mantenido con la grasa a lo largo de los siglos.
Lejos de ser un rasgo valorado universalmente, la grasa ha sido vista, según la investigación de Forth, como fuente de vida y fertilidad pero también como símbolo de exceso, impureza o incluso de desorden moral. El autor deja ver que el rechazo actual a los cuerpos voluminosos tiene raíces profundas en la cultura occidental, relacionadas con el temor a la materialidad y la mortalidad.
En el Paleolítico, la grasa animal fue esencial para la supervivencia y el desarrollo cerebral de los primeros homínidos. El ensayo explica que, mientras en las cuevas de Lascaux servía como alimento y combustible, pronto pasó a representar algo negativo en la tradición grecorromana. Filósofos como Aristóteles la asociaron a la esterilidad y pensadores como Séneca la vincularon a la pereza. En fuentes religiosas, como la Biblia hebrea, la grasa se equiparó a la impureza, y los padres de la Iglesia la convirtieron en el enemigo de la virtud.

El Renacimiento y la Edad Moderna tampoco escaparon a la vigilancia sobre el cuerpo. Políticos, religiosos y pensadores imaginaron utopías en las que la gordura debía ser erradicada. Tommaso Campanella, por ejemplo, describió una república ideal en la que se asignaban parejas para eliminar los cuerpos “inmoderados”. Otros, como Nicolò Vito di Gozze, propusieron directamente exiliar a las personas de contextura gruesa.
Durante la Revolución Francesa, la gordura se utilizó caricaturescamente para denigrar al clero y la aristocracia, retratados como símbolos de una corrupción alimentada por el hambre popular. Según Forth, estos episodios demuestran que la aversión al sobrepeso tiene una larga historia, mucho más compleja que la supuesta glorificación de los cuerpos grandes en el pasado.
El Barroco aparece como una excepción aparente, donde la pintura de Rubens suele interpretarse como apología de la carne abundante. Sin embargo, el libro desmiente este mito y muestra que el propio Rubens defendía la disciplina y los ideales clásicos, usando las curvas de sus modelos como advertencia contra la corrupción moral, no como celebración del exceso.
La llegada de la modernidad consolidó la delgadez como virtud. A comienzos del siglo XIX, un cuerpo delgado se asoció con la razón, la higiene y la productividad, mientras que la gordura quedó marcada como signo de retraso y fealdad. El ensayo detalla cómo, con la industrialización y el higienismo, la ética del trabajo se trasladó al cuerpo: el exceso de carne se vinculó a la pereza y la carencia de disciplina. Los argumentos de Forth son respaldados por una extensa red de fuentes que van desde la teología hasta la filosofía y la cultura popular.
En la Edad Media se observó una alternancia entre periodos de hambre y festines, anticipando costumbres actuales como la sucesión de banquetes navideños y dietas extremas.
El presente, describe el libro, se caracteriza por un ideal de liviandad física, que ya no necesita del esfuerzo ni la disciplina, sino de la tecnología: medicamentos como Ozempic prometen la eliminación indolora de la grasa, cumpliendo así la utopía de una humanidad liberada del “exceso” corporal. Este fenómeno representa un giro en la historia de la obsesión por la delgadez, al celebrar la desaparición de la grasa como un avance indiscutible.
El ensayo, lejos de adoptar un tono moralista, invita a mirar el pasado y el presente con escepticismo y a cuestionar la supuesta naturalidad del rechazo a la grasa. La erudición del autor, sumada a su afán desmitificador, convierte la obra en un espejo incómodo para una sociedad que aún no ha resuelto su relación con la materia viva y con los límites del cuerpo.
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