¿Cómo se hace un amigo? ¿Se aprende?: Mariano Sigman y Jacobo Bergareche responden a todos los interrogantes

El neurocientífico argentino y el escritor español acaban de publicar “Amistad: un ensayo compartido”. Infobae Cultura reproduce el apartado “La apertura del canal”, un buen punto de partida

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“Amistad: un ensayo compartido” (Debate)
“Amistad: un ensayo compartido” (Debate) de Mariano Sigman y Jacobo Bergareche

Mariano Sigman y Jacobo Bergareche eran vecinos pero de pronto, sin darse cuenta, se volvieron amigos. Se saludaban con amabilidad y secreta admiración en las calles del barrio de Chamartín, en Madrid, España. De las charlas intrascendentes pasaron a una conversación profunda que devino amistad.

Fruto de esa relación surgió este proyecto literario, un libro, un ensayo: Amistad. En este texto editado por el sello Debate, que contiene ilustraciones de Belén García-Mendoza el neurocientífico y el escritor acudieron a la ciencia y la filosofía para explorar diversas preguntas.

Algunas de esos interrogantes son los siguientes. ¿Cómo se hace un amigo? ¿Por qué algunas personas nos caen bien al instante? ¿Puede la amistad sobrevivir en la distancia? ¿Se aprende? ¿Es cultural? ¿Ha de ser recíproca? ¿Puede darse entre padres e hijos? ¿Cuándo y por qué se acaba? ¿Qué pasa cuando se mezcla con el deseo?

Mariano Sigman es argentino y obtuvo su doctorado en Neurociencia en Nueva York. También investigador en París. Publicó libros como La vida secreta de la mente y El poder de las palabras, entre otros.

Jacobo Bergareche es un escritor y guionista español que estudió Bellas Artes en la Universidad Complutense de Madrid, y literatura y escritura en el Emerson College de Boston. Tiene varios libros publicados: Los días perfectos, Las despedidas y Estaciones de regreso, entre otros.

A continuación, un fragmento de Amistad: un ensayo compartido titulado “La apertura del canal”:

Mariano Sigman (izquierda) y Jacobo
Mariano Sigman (izquierda) y Jacobo Bergareche (derecha), autores de 'Amistad. Un ensayo compartido'

Félix Moreno de la Cova, un alcalde franquista de Sevilla, le dijo un día a un empleado doméstico que cogiera papel y lápiz porque le iba a dictar «una lista de personas que me caen mal y no sé por qué... Póngase usted el primero», espetó cruelmente al pobre encargado de hacer aquella lista.

Como experimento mental, resulta tanto o más interesante hacer exactamente lo contrario a lo que hizo este alcalde: una lista de personas que nos caen bien sin que sepamos por qué. Encontraremos con cierto asombro que simpatizamos con muchas con las que jamás hemos hablado y de las que no sabemos casi nada. Por esas personas, decía Emerson, sentimos «una cálida alegría de estar con ellas», y agregaba: «Leed el lenguaje de la luz errante de sus ojos. El corazón lo sabe».

Juan Arena, el mayor de todos los invitados a nuestro banquete, nos habló de ese sentimiento tan inexplicable como inconfundible: «Es muy misterioso aquello que nos hace ser amigos, algo que pertenece a la química del carbono. Nos pasa con el amor: de repente te atrae alguien y no sabes muy bien por qué te atrae, y eso después se convierte en una especie de sinapsis social en donde tus ondas se ponen en resonancia con las de la persona de enfrente».

La literatura, la pintura y el cine se han encargado de construir esa noción idealizada — quizá perniciosa— del flechazo con el que nos gusta creer que nacen tanto el amor como la amistad; sentimientos que con un cruce de miradas hacen una parición mágica, como una manifestación del destino que en un instante une a dos personas. Pero quizá sea más exacto ese viejo refrán español que dice que «el roce hace el cariño». Y es que suele ser en ese roce prolongado en el que aquellos que nos pasaron inadvertidos al principio, o que incluso nos cayeron mal, van mostrándonos atributos que no son evidentes a primera vista, como inteligencia, bondad o sentido del humor, y terminan cayéndonos bien.

El factor que hace que dos personas «sientan química» en el origen de una amistad no está tanto en la palabra como en el tacto, a través del cual se constituyen los códigos que establecen los prerrequisitos sobre la amistad. Aun en la enorme diversidad cultural e individual suele haber ciertas reglas bastante frecuentes. ¿Qué partes del cuerpo permites que te toque un amigo? ¿Y una amiga, una pareja, un desconocido?

El vientre y los genitales suelen ser zonas prohibidas al contacto en la amistad. En la pareja estas reglas también se rigen por todo tipo de caprichos, fluctuaciones y circunstancias. En medio del fulgor sexual hay quienes lamen los genitales o el ano de su pareja con gran avidez, enterrando la lengua en la profundidad de cuanta cavidad encuentre. Un segundo después del orgasmo, como si hubiese cambiado completamente la luz del decorado en el universo del tacto, no se puede ni siquiera imaginar la misma escena sin sentir una profunda repulsión.

El olfato también desempeña su papel. La gran mayoría de la gente, al presentarse a otra persona estrechando la mano, se la lleva después a la cara y pinza con sus dedos la nariz repetidas veces. Este gesto es muy rápido e inconsciente, hasta el punto de que casi nadie tiene registro de él; además, la mayoría niega rotundamente haberlo hecho. Pero la evidencia es contundente: en cuanto la cámara apunta a dos personas que se dan la mano, la probabilidad de que cada una de ellas se lleve luego la mano a la nariz por una pequeña fracción de segundo es altísima. Este gesto no es nimio; por el contrario, en ese instante se dirime justamente lo inexplicable de la química del carbono. Es una forma de escanear el código de barras ajeno, una radiografía molecular que establece una carta de presentación que condiciona sus vínculos. Así se explica que la comparación del genoma de dos compañeros de clase revele más similitudes si son amigos que si no lo son. Al revés que con las feromonas y las parejas, la química de la amistad no busca complementariedad, sino similitud genética.

Más allá de sus fundamentos científicos, lo cierto es que entre ese sentimiento de atracción inicial que expresamos de muchas maneras —como tener química o caerse bien— y el comienzo de una amistad hay un salto enorme que muchas veces jamás se llega a dar. Chicho nos ilustró con candor la historia de ese salto cuando vino a vernos a la nave en su moto de gran cilindrada. Es un tipo delgado y fibroso, con melena corta, barba de dos días, y lleva una chaqueta vaquera. En la ingle, bajo el pantalón, esconde una pistola. No lleva uniforme, pero es policía nacional.

Nos dice que cuando le ha tocado patrullar es frecuente recibir esta llamada: «Reyerta entre varias personas en un local de ocio». Allí acuden él y su compañero sin saber si llega­rán con la batalla terminada o en pleno fragor, si serán cuatro o dieciséis, si habrá alguien armado. Ambos se cubren la espalda, pasan horas y horas mano a mano, visten igual, corren los mismos peligros, y en esa convivencia suele surgir el sentimiento de camaradería. «Camarada» es una palabra de origen español que pronto saltó al inglés (comrade) y al francés (camarade), derivada de «cámara», en su acepción de dormitorio. Se refiere a personas que conviven, sin haberse elegido, bajo un mismo techo, como los soldados en un barracón.

Hace unos años a Chicho le asignaron un nuevo compañero, Luis, un policía recién llegado de Gijón a Madrid.

A Chicho, Luis le cayó bien de inmediato y sintió esa conexión automática de «la química del carbono»: «Pero al terminar cada jornada Luis se iba, sin decir nada, a su casa. Pensé que no le había caído bien o que prefería irse a descansar sin saber nada de su compañero. Hasta que al mes por fin me invitó a tomar una cerveza». La salida estuvo a la altura de la expectativa, recorrieron la zona de bares de Ponzano y Luis; como buen asturiano, «tenía el poteo en la sangre». Su amistad adquiere entidad en un momento preciso, de valentía, en el que uno se lanza y declara al otro el deseo de ser amigos.

En ese momento se abre el canal y la relación entre ambos puede por fin pasar al plano de la amistad. Antes de que esto suceda, la amistad flota en un limbo, es más un deseo que una realidad.

Es raro que alguien piense que es hijo o hermano de quien no es. También lo es que alguien piense que es la pareja de otro sin que esto sea recíproco, aunque de eso ya hay algún caso. Pero es en la amistad, más que en otros vínculos, donde se confunde el deseo y su realización. Anxo Sánchez, que en sus investigaciones también observa cómo los lazos de amistad se van formando y rompiendo en los años del instituto, nos cuenta que por cada diez amigos que alguien declara tener, cuatro de ellos no corresponden esa declaración. Una mirada más cuidadosa revela que algunas personas calibran bastante bien sus amistades y otras, en cambio, padecen un extraño tipo de ceguera, y solo un veinte por ciento de los amigos que declaran tener muestran reciprocidad. Es decir, que hay muchísimos casos en los que la amistad se confunde con el deseo de amistad. Esto ocurre con más frecuencia durante la infancia.

Por eso los niños, al principio, declaran en masa que son amigos del popular de la clase. Los datos que miden la evolución de amistades en el colegio muestran que hay chicos o chicas que reciben cincuenta amistades y que apenas devuelven tres o cuatro.

La amistad requiere tiempo y pruebas para consolidarse tras ese estado líquido en el que solo hay un caerse bien. En Ética a Eudemo, Aristóteles dice: «Tampoco hay amistad sin tiempo, porque sin él solo se tiene el deseo de ser amigos; simple disposición que se toma la mayoría de las veces, sin pensar en ello, por la verdadera amistad. Porque basta que estén dispuestos a hacerse amigos, prestándose ya los mutuos servicios que exige la amistad, para pensar que no tienen solamente el derecho de ser amigos, sino que lo son efectivamente; pero con la amistad sucede lo que en todas las demás cosas; uno no está sano solo por querer estar sano, y no basta tampoco querer ser amigos para serlo realmente».

Las pruebas de la amistad a las que se refiere Aristóteles son, por ejemplo, la primera conversación sobre algo traumático, la primera vez que una amiga le cuenta a otra de su amante o la primera vez que uno se desnuda delante del otro.

Con algo de intrepidez y osadía para ir rompiendo el hielo, se van abriendo progresivamente nuevos canales en una amistad que completan el viaje desde el deseo hasta la realidad.

En ocasiones esto sucede de forma inesperada, como ocurrió en una de las sesiones más concurridas de nuestro banquete, cuando uno de los comensales, mientras otro hablaba, se tiró un sonoro pedo. Las reacciones fueron previsibles: carcajadas, enfado de quien tenía la palabra, sorpresa, asco. Pero del otro lado de ese atrevimiento había un pacto de confianza, la sensación de haber pasado ya juntos por ese lugar inmundo y escatológico que hacía posibles otras formas y otros lugares de la conversación.

Tirarse un pedo delante de un amigo y reírse de ello puede parecer una cosa propia de la infancia que ya entre adultos se vuelve un gesto inmaduro de muy mal gusto. Los protocolos sociales sancionan como falta muy grave hacer una exhibición sonora de las flatulencias. Nadie osaría tirarse un pedo en una reunión de trabajo o hacerlo al comienzo de una relación amorosa. Pero lo cierto es que el pedo, y lo que tiene que ver con él, la caca, el pis y demás excreciones del cuerpo humano, son una realidad insoslayable a la que nos enfrentamos cada día de nuestra vida. No poder hablar de algo que nos pasa cada día es una convención cultural tan arbitraria como las propias carcajadas que nos causa el pedo de un amigo. Nadie se ríe de respirar, ni de las uñas, ni de la cera del oído, pero el pedo, cuando irrumpe con su sonoridad rotunda, produce inevitablemente reacciones agitadas, de carcajadas, de furia, de asco o, a veces, una buena mezcla de todas ellas.

Uñas, cera, respiración, pedos, tos, estornudos, legañas, nos hagan gracia o nos den asco, son parte de nosotros, de las vicisitudes físicas del continente que sujeta nuestra persona, y en esa fisicidad hay indicadores de enfermedad: un bulto que sale bajo la piel, un excremento con sangre, una verruga en un sitio oculto. Hay quienes se salvan por poder hablar de estas cosas con sus amigos porque, al hablarlas, reciben la información o la advertencia que lleva a una cura. La prueba más contundente de que conviene superar el tabú aparece en la clínica de las enfermedades sexuales y genitales, para las que hay una amplia evidencia que muestra que el sentimiento de vergüenza y el miedo a la conversación son un factor primordial de riesgo. La conversación libre y sin tapujos entre amigos sobre nuestros asuntos viscerales ayuda a mitigarlo.

Quien no rompe jamás la esfera de dignidad y civismo, y no se presenta ante los amigos al desnudo con toda su miseria física, no solo corre el riesgo de ignorar las señales que da su propio cuerpo, sino que pierde el placer de reírse de sí mismo con ellos. Reírse de la inevitable decadencia de nuestro cuerpo con los que nos acompañan por el camino puede ser un gran consuelo, además de un remedio. Quizá los niños de limpia mirada no se equivocan en su fascinación por estos temas del cuerpo que tanto censuramos. Así lo vieron muchos de los más grandes literatos de todos los tiempos que han escrito sin remilgos sobre ello y que nos han dejado grandes páginas honrando y riéndose de la condición humana con estos temas, desde el griego Aristófanes en su comedia Las nubes, pasando por nuestro Quevedo con sus Gracias y desgracias del ojo del culo, el gran Rabelais en su Gargantúa y Pantagruel o Benjamin Franklin con su Fart Proudly, hasta llegar al siglo xx con Samuel Beckett en su trilogía de Molloy o Jean Genet en su Diario de un ladrón. Como en toda esta abundante literatura, lo escatológico también apareció con frecuencia en nuestras conversaciones.

Quizá porque es el ejemplo más canónico de lo que chirría, avergüenza y nos invita a guardarlo en el cajón de los tabús, y esto pone a prueba un asunto mucho más general y propio de la amistad: atreverse a perder la vergüenza, incluso a veces hasta la dignidad, para ir ampliando progresivamente el espacio compartido. Poder confesar nuestras miserias, nuestros lugares más oscuros, las cosas de las que más dudamos, las que nos dan tanto miedo que no podemos ni nombrarlas. Para esto son necesarios los amigos, para hablar de aquello que no podemos hablar con nadie más.

Cuando Luis abrió con Chicho el canal de la amistad, estaba tendiendo una fina cuerda entre uno y otro, una cuerda que es aún frágil y que no admite muchos tirones. Es el más ligero de los vínculos, pero el que más nos cuesta tender: para muchos requiere sentido de la oportunidad y arrojo. Después es el tiempo el que permite ir trenzando esa cuerda con otras, hasta convertirla en una soga gruesa que lo aguanta casi todo.