
−Hay que sacar el Ficus, Jorge. ¿Cuántas veces te lo voy a decir?
−¿Vos viste lo lindo que está, mujer?
−Otra vez lo mismo. Claro que lo veo y lo disfruto, pero hoy me encontré a la vecina en la granjita y te juro que me quería esconder. Sabía que me iba a decir algo y me lo dijo. La cosa no da para más. Demasiada paciencia nos ha tenido la pobre. Tiene razón. No voy a seguir discutiendo. ¿Lo hacés vos o lo hago yo?
Jorge mira las hojas lustrosas que se mecen con la brisa. Recuerda el momento en que lo plantaron. Elena y él estaban felices con su cuadrado verde al fondo de la casa. Hicieron un cantero con malvones y eligieron un pequeño ficus. Nada más. Era una linda planta de menos de un metro y ahora es un árbol majestuoso. El único de su jardín. Lo pusieron al fondo, cerca de la medianera, sin tener idea de que podía crecer tanto en solo unos años. ¿Cuántos fueron? ¿Diez? Posiblemente. Macarena ya había nacido. Maca tampoco quiere que corten el árbol, pero no hay mucho que se pueda hacer para defenderlo. Su mujer ha visto las baldosas levantadas de María Esther, la vecina. Hasta ahora se ha comportado bastante civilizadamente porque Elena la sabe llevar con esa sonrisa que tiene y esos ojos de buena que desarman a cualquiera, pero hoy lo taladró furibunda con esos mismos ojos que saben enojarse si quieren.

Jorge se puso a trabajar, metódico como si estuviera en el quirófano. Primero le serruchó las ramas e hizo un atado con ellas. Después se puso con el tronco y lo fue despedazando a hachazo limpio. Le dolieron todos los embates, pero ya estaba hecho. Sólo quedaba desarraigarlo y a eso se avocó con la pala de punta. Tuvo que hacer un pozo profundo y, aun así, debió tirar de la raíz con todas sus fuerzas para lograr arrancarla.
Quería emprolijar el desquicio lo antes posible, pero al echar la primera palada de tierra de vuelta al pozo vio algo blanco. Lo palpó con la pala y lo sintió duro. Lo desenterró. Ni bien lo tuvo en sus manos, sucio y envuelto con restos de raíces, supo de qué se trataba. Era un hueso. No un hueso cualquiera. Era un fémur humano. Dejó el hoyo tal cual estaba.
−¿Qué hago, Elena?
−Tiralo. ¿Qué vas a hacer?
−No puedo.
Elena se tapa la cara y suspira.
− Yo sabía que tenía que pedirle a otro que hiciera este trabajo.
−Otro hubiera encontrado el hueso.
−Y hubiera pensado que era de una vaca sin hacerse más problema.
−Pero yo sé que es de una persona. Una persona como vos y como yo. ¿Me entendés? ¿Y si hay más huesos? ¿Y si es de alguien que están buscando?
Elena mira las puntas de sus zapatillas y piensa. Sabe que Jorge tiene razón.
−Jorge, es tarde. Dejémoslo así por ahora. Lo resolvemos mañana.

La noche es larga cuando los ojos no pueden cerrarse. Más larga todavía cuando se cierran y hay voces que pueblan tu sueño. Jorge no puede identificar las voces. Tampoco reconoce las caras que se le vienen encima como malón. ¿Qué culpa tiene él si apareció un hueso en su jardín? Pero el fémur lo persigue, le pesa en el cuerpo, ocupa toda su mente y lo resquebraja por dentro.
Por la mañana, sigue excavando como si ya no fuera un médico cirujano sino un arqueólogo que busca con cuidado las huellas del pasado. El agujero se profundiza y también aumenta en diámetro. Elena le ruega que se detenga. Que a dónde quiere llegar. Noviembre ha comenzado duro este año. El sol lo martiriza y, como siempre, ha olvidado ponerse una gorra que lo proteja. Siente su camisa pegada al cuerpo y la pala le parece cada vez más pesada. Allí no se ve nada más.
Vuelve a buscar el hueso que han dejado envuelto en un trapo viejo en el lavadero, donde seguro que Maca no lo va a encontrar. Por lo demás, si lo encontrara, no le haría mella, pero a él sí. Y a Elena también aunque lo quiera minimizar.

¿A quién recurrir ahora? ¿Y si hace la denuncia a la policía? Elena no quiere saber nada. La policía le da más miedo que seguridad. ¿Y entonces? ¿A quién debe entregarle el hueso?
Jorge vuelve a su campo de batalla empujado por su determinación. El jardín es pequeño, pero siempre lo han tenido prolijo y arreglado. Ahora se ven montículos de tierra por todos lados porque Jorge está convencido de que puede haber restos humanos en cualquier parte. Del cuadrado de césped que crecía a la sombra del ficus ya no queda nada o casi nada. Agujerea y perfora como poseído. Elena le sirve agua de vez en cuando. Está muy callada. Ella recuerda los días aciagos que pasaron cuando perdieron su perro. Lo escuchaban ladrar en todas las esquinas, pero nunca era él. En realidad, no lo vieron más, pero lo siguen buscando. Y sólo era un perro. A esta altura, ella también está hecha un manojo de nervios.
Elena dice que se quiere mudar, que ya no quiere vivir en esa casa de aparecidos. Ella tampoco puede dormir. Ambos están irritados. Macarena pregunta por qué están destruyendo el jardín. Le dan excusas poco creíbles que hablan de hormigas y otros bichos similares. Maca se encierra en su cuarto enfurruñada, sabedora de que le ocultan algo. Jorge no encuentra nada más, pero toma una decisión. Ya no duda sobre qué tiene que hacer con ese hueso que no les pertenece y que les ha robado la paz.
[Fotos: imágenes ilustrativas Infobae]
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