La escritora argentina radicada en Francia Ariana Harwicz se adentra con su novela Perder el juicio en la mente de “una madre perdedora, humillada y desahuciada”, que no puede abstraerse de ser judía y extranjera en una sociedad que la rechaza, y acabará ejerciendo violencia vicaria con sus hijos. Editada por Anagrama, su quinta novela mantiene esa primera persona torrencial y asfixiante de sus anteriores obras, y en ella aparecen algunos de sus temas recurrentes, como las violentas relaciones de amor, la maternidad problemática, el dilema del crimen y el juicio.
Y surge siempre la misma pregunta: ¿hasta qué punto una persona está dispuesta a quemar la casa donde están sus hijos, a secuestrarlos? Utilizando la primera persona, Harwicz presenta al lector a una madre en medio de un juicio, en el que le quitan la custodia de sus hijos y que decide escapar con los niños; una mujer judía, extranjera, emigrante, que vive en el campo en Francia. “Casi soy yo, pero no soy yo”, bromea en esta entrevista.

La propia autora describe que la novela puede ser vista casi como un “tratado ficcional” sobre los mismos temas que le obsesionan: “La impostura, la mentira de una vida, las familias como meros ejercicios teatrales, el amor conyugal como una puesta en escena, la maternidad como una actuación, todo relacionado con la mentira que nos propone esta época, este siglo XXI”.
No faltan esos “personajes marginales, al borde de la ilegalidad, contemporáneos y que, como nosotros, están sometidos al discurso de una época”, explica. Harwicz contempla esta obra como “un ‘thriller’ y un ‘western’, pero también como una novela sarcástica, que se ríe de la tolerancia a la que tanto apela nuestra sociedad en Occidente”.
La protagonista busca refugio en una abogada, pero esta la traiciona y se va con su marido. Y en un ejercicio de “acción-reacción” la madre, que comienza en la novela como una paria, una perdedora que vive en una casa de alquiler a punto de ser desahuciada, humillada al haber perdido a sus hijos, decide saltarse la ley. Entonces, como en toda su obra narrativa, “el odio pasa a ser el motor” de la trama, reconoce la escritora.

¿Emancipación femenina?
Harwicz ve irreal esa creencia occidental de que se está produciendo la emancipación de la mujer: “Creo que todo eso es mentira, y este personaje, desde la locura, intenta emanciparse, aunque cayendo en la criminalidad; se emancipa a su manera del hecho de ser mujer, judía, extranjera, y, desde ese punto de vista, podría ser considerada feminista, con un costo alto seguramente, porque en algún momento la van a detener”. Así confiesa que, para armar la novela, se nutrió de varios casos reales de violencia vicaria en España, algunos de ellos ejercidos por mujeres: “En todos estos ejemplos hay una especie de culto cruel de destruir al otro”.
Para la autora de Degenerado, en todas sus obras trabaja con la misma hipótesis, “la novela como una recreación de la moral: cuando la protagonista huye con los hijos, toda la novela discurre en un 80% en una ilegalidad y, al final, en la clandestinidad, porque vuelve a Argentina, cambia su nombre y se pierde en la inmensidad del país”.

Sobre la trama de su novela, acepta la hipótesis de que ella enloquece, pero cuando la escribió nunca sintió que estuviera loca, “simplemente ella empieza humillada y acaba humillando”. Y también siente que sigue esa tradición de dos de sus escritores más admirados, Thomas Bernhard e Imre Kertész, de “concebir la novela como empresa de demolición, de destrucción, incluso de la lengua, lo que la aleja de los cánones de la novela clásica”.
Harwicz afronta con entusiasmo la vida más allá de la literatura de sus novelas, pues su ópera prima, Matate, amor (2012) será llevada al cine por Lynne Ramsay, producida por Martin Scorsese y protagonizada por Jennifer Lawrence; y ya se han adquirido los derechos para hacer una película de Perder el juicio, que también será llevada al teatro.
Además, recibió el encargo del Teatro Colón de Buenos Aires de escribir el libreto de una ópera que se estrenará en 2025, Dementia, que transcurre en el campo francés, que tan bien conoce.
Fuente: EFE.
[Fotos: Marta Pérez/EFE]
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