
I
¿Son los colores —la belleza de su potencia— que encandilan y se borran como en un sueño pacífico? ¿O será la mujer con el torso desnudo, apoyándose levemente en la pared, apenas reclinada, lo que vuelve El estudio de Willian Orpen una obra preciosa? ¿Tal vez el pintor autorretratado en la esquina, encorvado pero entusiasta, pintando con el lienzo sobre una silla de madera, la mano firme sostiene el pincel, la mirada inamovible en el cuerpo blanco de la muchacha?
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¿Serán los detalles en apariencia intrascendentes: la botella de vino, el cuadro amarillo en el centro, las cortinas verdes, el amplio ventanal, el suelo cuadriculado? ¿O quizás sea el sol, el magnifico sol del mediodía, que se filtra por la ventana y tiñe la escena, el mundo, la vida, incluso la nuestra, que estamos del otro lado del cuadro, observándolo con una fascinación extraña, un siglo y algo después de que este irlandés lo haya pintado con sus propias manos?
II
A veces la pintura es una cuestión genética. William Orpen nació 27 de noviembre de 1878 en Stillorgan, Condado de Dublín, Irlanda, cuarto hijo de un matrimonio entre dos pintores aficionados: Arthur Herbert Orpen y Anne Caulfield. Ninguno de los dos se dedicaba de forma profesional al arte, pero sí su hijo. En realidad el primero fue el mayor, Richard Caulfield Orpen, que se convirtió en un arquitecto notable. Luego sí, William, el orgullo de la familia.
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Su padre, que era abogado, pagaba las cuentas. Vivían todos en Oriel, el nombre que le pusieron a la gran mansión rodeada de mucho campo, paisajes extraordinariamente verdes, muchos animales, algunos establos y una envidiable cancha de tenis. Allí, dicen sus biógrafos, pasó una infancia feliz que coronó cuando, a dos semanas de cumplir los trece, se matriculó en la Escuela Metropolitana de Arte de Dublín dando paso al gran artista que pronto sería.
Durante los seis años que pasó en la universidad ganó prácticamente todos los premios que disputó. En 1897 se fue a la Escuela de Arte Slade donde aprendió todo sobre pintura al óleo y comenzó a experimentar con técnicas y efectos: incluyó espejos y creó imágenes dentro de imágenes, agregó marcos falsos, imaginó collages e introdujo referencias de otros artistas. Sus maestros estaban maravillados. Así llegaron las exposiciones individuales: mostrar su trabajo al gran público.
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En 1901 se casó con Grace Knewstub, formaron una familia, tuvieron tres hijas, intentaron ser felices, pero no lo lograron. Siete años después Orpen estaba enamorado de Evelyn Saint-George, una millonaria estadounidense con hilos financieros en Londres, con quien tuvo un hijo. Empezó a pensar en grande y aceptó la dirección de la Escuela de Arte de Chelsea. Fue cuando se instaló en Inglaterra. Así vivió, entre dos mundos, uno en la nueva Londres, otras en su querida Dublín.
No serían las únicas ciudades. Las oportunidades se le abrían de par en par: decidió conocer el mundo antes que todo termine. Viajó por Europa y observó el arte local, los imaginarios, las técnicas, los artistas célebres, todo. Un día, en la tranquilidad de su taller londinense, pintó una escena íntima y fascinante que tituló El estudio. Fue en el año 1910. Es un óleo sobre lienzo que está en la Galería de Arte de Leeds. En los museos virtuales que pululan en la web se puede ver en gran tamaño.
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III
Hay personas que escapan del mundo y se encierran en su lugar de trabajo para no pensar. Es un movimiento lógico: con la mente ocupada las preguntas interiores cesan y el tiempo pasa volando. Claro que no es lo mismo que ese lugar de trabajo sea una oficina, una obra en construcción o un taxi. Un taller de pintura es otra cosa. La historia del arte tiene interesantes ejemplos de hombres y mujeres que se encerraban en su estudio para escapar del mundo real y crear otras aún mejores.
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“Si la inspiración llega, que me pille trabajando”, decía Picasso. Hay pintores que casi no salían de su estudio. Un buen ejemplo es Adélaïde Labille-Guiard, que no sólo pintaba allí, también enseñaba. En su Autorretrato con dos alumnas de 1785 deja claro aquel universo. Posa ella misma en el cuadro con Marie Gabrielle Capet y Marie Marguerite Carreaux de Rosemond. Se las ve felices, como si no hubiera mejor lugar que el que está lleno de lienzos y pinceles.

Hay pintores, como Gustave Courbet, que en ese encierro imaginan un mundo entero. Basta con ver El taller del pintor de 1855 —cuyo título completo es El taller del pintor, alegoría real, determinante de una fase de siete años de mi vida artística (y moral)— donde construye una postal gigante con amigos y amigas, poetas, críticos de arte, niños, animales. O Autorretrato en su estudio (1865) de Antonio Gisbert donde vemos pura y dura soledad.
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El caso de Willian Orpen no escapa a estas derivas. El estudio es una obra que muestra la intimidad de una vida dedicada al arte. No importan las exposiciones en museos y galerías, los cócteles posteriores, las notas en la prensa, los premios, la celebración. Lo que importa es el preciso momento en que está trabajando. Y Orpen muestra eso, en un mediodía angelical, de una forma inquietante: hay paz y tensión, éxtasis y tranquilidad, realismo y ensueño, y hay mucha belleza.
IV
En 1917, durante la Primera Guerra Mundial, Orpen es nombrado pintor oficial junto a John Lavery. Trabajó en el frente occidental haciendo dibujos y pinturas de soldados y prisioneros alemanes. También retrató generales y dirigentes políticos, siempre con su toque característico. Hasta que todo se empezó a desvanecer. La guerra —la muerte, el odio, el dolor, el desconcierto— llena de preguntas existenciales a cualquiera.
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Sus biógrafos sostienen que esa etapa, la de la guerra, es clave para entender cómo su trabajo cambió desde entonces. No sólo su trabajo, que esl fiel reflejo de su vida, también su mente. Aquellas obras son bellísimas en términos estéticos pero muy profundos en sus temas, en sus composiciones. La muerte aparece en primer plano, así como también la locura de no haber muerto, de seguir vivo, rodeado de fantasmas.
En mayo de 1931 enfermó gravemente. Sufrió intensos períodos de pérdida de memoria. No entendía, no podía entender, qué estaba pasando. Fueron meses de agobio mental. El 29 de septiembre de ese mismo año dio su último suspiro. Estaba en su casa de Londres, tenía 53. Le quedaban décadas de seguir pintando, aprendiendo, fascinando. En sus autorretratos no está muerto, está vivo, más vivo que nunca. Mira al espectador —a todos nosotros— y dice: ¡ey!
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