
I
Como la poesía, como el ajedrez, como el avistaje de aves, el arte se nutre de pausas. Contemplar una buena obra es una experiencia que no tiene nada que ver con scrollear en Instagram o mirar un talk show en la televisión. Abrir los ojos, recorrer el cuadro, observar los detalles, interpretar, especular, sentir. Las obras de Eric Fischl toman de la corbata al espectador y no lo sueltan hasta que su mirada se haya posado por cada recoveco de la trama pictórica.
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“El tipo de compromiso mental que busca Fischl en una obra como Saigon, Minnesota necesita un ritmo más lento”, escribió el crítico de arte Phyllis Braff en una nota publicada el 23 de junio de 1991 en The New York Times, luego de asistir a una exposición del pintor estadounidense. Se refería justamente a la necesidad de la pausa: abrir una ventana en la asfixiante rutina —treinta años después, ¿cuánto se ha acelerado?— para escapar, al menos un rato, y sentarse a ver una obra de arte.
Saigon, Minnesota está compuesta por cuatro lienzos pintados al óleo en 1985 de enormes dimensiones: en total 304,8 centímetros de ancho y 752 de alto. Fue comprada por María Boone para su galería y allí permaneció hasta que la adquirieron Robert y Jane Meyerhoff, un matrimonio de filántropos estadounidenses, quienes la donaron a la Galería Nacional de Arte, en Washington D.C., en el año 1992, donde hoy se encuentra.
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II
Eric Fischl nació en Nueva York en 1948, creció en los suburbios de Long Island, pero se mudó junto a su familia a Phoenix, Arizona, en 1967. Comenzó a estudiar en el Phoenix College, siguió con la Universidad Estatal de Arizona, luego ingresó al Instituto de las Artes de California y se instaló en Chicago donde consiguió un singular trabajo: guardia de seguridad en el Museo de Arte Contemporáneo.
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A April Gornik —quien construyó una notable carrera como pintora de paisajes— la conoció durante esos años, cuando ingresó a trabajar como docente en el Nova Scotia College of Art and Design en Halifax, Nueva Escocia. En 1978 volvió a la ciudad donde creció, la cumbre de la cultura de la época: Nueva York. Sus primeras obras están ligadas a los suburbios y a la sexualidad adolescente. Con los años pulió un estilo que roza lo siniestro.
En Saigon, Minnesota una niña conversa con un hombre, ambos recostados en una reposera, ambos desnudos. En el otro extremo de la obra, un hombre obeso, también desnudo, le ata los cordones a una joven de malla enteriza. Un chico con un helado de agua abre los brazos para recibir a un perro que viene a toda velocidad desde otro panel. Alguien sube la música del minicomponente, un hombre con un brazo amputado sale de la casa, dos mujeres caminan abrazadas.
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III
“La obra ofrece una excelente introducción al tipo de narrativa no resuelta que el artista intenta lograr. Quiere empujarnos hacia patrones de pensamiento incómodos mientras estudiamos sus pistas, a veces siniestras, para nuestra propia finalización de la historia”, escribió Braff, y agregó que “las figuras de esta pieza principal parecen aisladas y sin relación, a pesar de que existe la sensación de una sola escena”, y que “el espacio envuelve a las figuras, pero es irreal y no alivia la tensión”.
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Las obras compuestas por varios paneles lo acompañaron durante años. Hizo muchísimas, incluso sus temas continuaron. También incursionó en el collage digital con fotografías. Hace poco escribió el profesor Alfredo García que “Fischl continúa su exploración del malestar moral de la sociedad norteamericana, volviendo a poner como telón de fondo el patio particular de las viviendas unifamiliares de la burguesía”.
Para García, el leitmotiv de este pintor estadounidense que hoy tiene 73 años es “provocar a la burguesía estadounidense para que reflexione sobre el vacío de sus vidas” y poner de manifiesto “una insatisfacción vital y muchos pecados sociales”. Sin dudas, el espectador siente una profunda incomodidad al ver sus obras. Primero se fascina con la composición, luego se deslumbra con la escena, pero cuando analiza los detalles —cuando se entrega a la pausa— aparece lo siniestro.
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