
Algunos de los clientes de la remisería terminaron siendo compañeros. Pero nunca lo imaginé de Walter. Era del barrio pero trabajaba en una remisería de San Carlos. Era operador y no le gustaba que lo llamaran telefonista, sentía que lo rebajaban. Tenía una enfermedad crónica que apenas le permitía mover las piernas. Se ayudaba con un bastón. Era un tipo grandote, se sentaba adelante y le gustaba hablar durante todo el recorrido. Siempre contaba que había sido remisero. Yo intentaba imaginarlo sano. En los noventa llegué a tener un Galaxy y un Mercedes, decía, y además un Duna y un Regata. Todos trabajando pero los choferes son unos negros de mierda. No de piel, no soy racista y no lo digo por vos, que se nota que sos un chofer de aquellos, aclaraba. Me destrozaban los autos, el Regata fue una apuesta tan ambiciosa de la FIAT que terminó por darle pérdida a la empresa, por eso no se fabricó más. También se había comprado una Fuego que únicamente usaba para pasear. Estaba casado con una rubia infernal con la cual llegaron a montar una agencia de remises. En la casa y sin papeles. Tiraban trescientos viajes por día. Tenían una flota reducida. La antena la hice yo, decía, y el Sistema Informático también. A los dos años cerramos por exceso de trabajo, a los negros no le gusta trabajar, así que me dediqué a vender el Sistema Informático. Hice mucha guita, decía como quien sabe de qué habla.
Una tarde volví a la agencia y ahí estaba. Operando la radio de la Agencia Primavera. Ya lo habían bautizado Dabel. Dabelbiú. Aunque con el pasar de los días terminó siendo Doblevé. En un mes convenció a los dueños de que tenían que informatizar el sistema. Incluso les vendió la primera PC. La agencia llevaba más de quince años anotando en cuadernos espiralados que archivaban debajo del escritorio. Encabezaban cada hoja con: Día. Hora. Salida. Destino. Móvil. Quince años repitiendo a mano esa misma grilla en un cuaderno.
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Fuimos a Miami con la venta de los Sistemas Informáticos, me contó una noche, fueron tiempos de gloria y aunque soy Radical amo a Menem. Por esos años Doblevé hacía fierro todos los días. Tenía una melena rubia que le rozaba la espalda. En Miami conoció el placer en su máximo exponente. Los chonguitos como vos que me comí, me dijo, hasta el caracú no paraba. Pero no te asustes soy bien macho. Lo miré serio y sonrió. Antes de seguir contando abrió otro fantoche de dulce de leche. Llegaba a comer seis en un turno.

Vos querés saber cómo terminé así, me preguntó una vez, no pensás en eso cuando me ves. ¿Operando en remiserías? Le pregunté. ¡Vamos! ¿El Mercedes, el Galaxy, el Duna, el Regatas? ¡La Fuego! Me interpeló pero no era necesario que le conteste. Igual contó.
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Una tarde manguereaba la Fuego para ir impecable al gimnasio. Mi mujer regresaba de hacer las compras. En el stereo del auto sonaba Roxette. No me acuerdo cómo, pero cuando levanté la vista mi mujer me gritaba algo indescifrable. Estaba espantada, aterrada. Nunca la había visto así. Tampoco volvería a verla como antes. Cuando afiné el oído, pude escucharla. Walter, gritó, estás todo cagado. La naturaleza y la máquina. El cuerpo humano como única certeza terrenal. Pensaba mientras me contaba que, siguiendo el dedo de su mujer que apuntaba a sus piernas, se percató.
En la agencia tenía que ir al baño continuamente. Incontinencia. Eso le molestaba a algunos choferes. Cuando él no les contestaba la radio se enojaban. Les daba asco tener una persona enferma como compañero. Rengo de mierda, decían algunos por atrás. Doblevé los olfateaba. Era medio brujo. Entonces los llevaba a un extremo que le permitiera suspenderlos. Una puteada en línea. Móvil 10, modulaba por radio. Copio, se escuchaba soberbia la respuesta. Está fuera de frecuencia hasta nuevo aviso. Les decía y sonreía malicioso.
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