
El profesor me dijo: Yuna —así me llaman— tus cuadros son dignos de integrar una exposición. Hasta puede ser que alguno se venda.
Me alborozó tal alegría que salté sobre el profesor con todo el cuerpo y quedé adherida al cuerpo del profesor con los cuatro miembros: pies y piernas y nos caímos juntos.
El profesor dijo que yo era muy bonita, que cuando creciera íbamos a noviar y que me enseñaría cosas tan bonitas como dibujar y pintar pero que no divulgara nuestro proyecto que en realidad era solo su proyecto y yo supuse que se trataría de exposiciones más importantes y entonces volví a asaltarlo y lo besé. Y él también con un beso de color azul que me repercutió en lugares que no nombro porque no estaría bien y entonces busqué una tela grande y sin dibujar pinté en rojo dos bocas presionadas enganchadas, unidas, inseparables, cantarinas, y dos ojos arriba, azules de los que desmayaban lágrimas de cristal. El profesor, de rodillas besó el cuadro y ahí se quedó, en la sombra y yo volví a casa.
Conté a mamá de la exposición y ella, que no entendía de arte, contestó que esos mamarrachos informes de mis cartones harían reír a los concurrentes a Bellas Artes, pero que si el profesor quería a ella no le iba ni le venía.
Cuando expuse, entre otras obras de alumnos, me compraron dos cuadros. Lástima que uno fue el de los besos. El profesor lo bautizó: “Primer amor”. A mí me pareció bien. Pero no comprendí del todo el significado.
Yuna es una promesa decía el profesor y esto me gustaba tanto que cada vez que lo decía me quedaba después de hora para saltarle. Él nunca me retó. Pero cuando me crecieron las tetitas me dijo que no lo saltara porque el hombre es fuego y la mujer paja. No entendí. No salté ya.
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