
“Cuando me introduzco en los invernaderos de cristal y veo las extrañas plantas de tierras exóticas, tengo la sensación de entrar en un sueño”.
Henri Rousseau fue unos de esos artistas natos, de esa pureza brutal que solo aquellos que no recibieron formación académica pueden tener. Y quizá por eso su serie de pinturas más conocidas son las referidas a los selvático, a lo salvaje, a lo indomable, como sucede con El sueño, que es además el último trabajo que realizó.
A lo largo de su carrera pintó más de 25 piezas de carácter selvático, aunque jamás salió de Francia. Su inspiración, dicen, provenía de libros con ilustraciones, pero sobre todo del Jardín de las Plantas de París, ese emblemático jardín botánico con una extensión de 23,5 hectáreas, como también de los relatos de soldados que habían sobrevivido a la expedición francesa a México.
La obra de Rousseau, como suele pasar con aquellos que vienen por fuera de las instituciones que marcan el tiempo y el valor del arte, no tuvo muchos adeptos al principio y el reconocimiento de colegas como Paul Gauguin, Georges Seurat y Félix Vallotton tampoco le sirvió demasiado. Su estilo plano, plenos de claroscuros que no sirven para dar profundidad ni contorno, carente de perspectivas y desproporcionado era entonces tomando como infantil. Hoy es quizá el máximo referente del arte naif y su obra tuvo notable influencias en los surrealistas.
El sueño es la más grande de todas sus piezas de la jungla y se exhibió por primera vez en la Salon des Indépendants, entre el 18 marzo al 1 de mayo 1910, pocos meses antes de su muerte el 2 de septiembre de 1910.
En la pieza se representa a Yadwigha, una joven polaca que fue amante de Rousseau, desnuda sobre un sofá a la izquierda del cuadro, mirando por encima de un paisaje de follaje exuberante, que incluye flores de loto, y animales como aves, monos, un elefante, un león y una leona y una serpiente, que se desliza a través de la maleza y marca en su reptar las curvas de la mujer. Con el brazo izquierdo señala a los leones y a un negro, que semioculto encanta a la serpiente.
Durante su exhibición, Rousseau incluyó un texto interpretativo:
Yadwigha en un hermoso sueño
Se ha dormido suavemente
Oye el sonido de un piccolo oboe
Interpretado por un bien intencionado encantador [de serpientes].
Mientras la luna se reflejaba
En los ríos [o las flores], los árboles verdes,
Las serpientes salvajes escuchan
Las alegres melodías del instrumento.
El marchante de arte francés Ambroise Vollard compró la pintura de Rousseau, en febrero de 1910, y la vendió, a través de las galerías Knoedler de Nueva York, al fabricante de ropa y coleccionista de arte Sidney Janis en enero de 1934. Luego, Janis la comercializó a Nelson A. Rockefeller en 1954, quien finalmente la donó a la Museo de Arte Moderno de Nueva York para celebrar el 25 aniversario del Museo, donde aún hoy puede disfrutarse.
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