
Muchos aspectos de la vida del pintor neernlandés Frans Hals (1582 ó 1583-1666) son un misterio, otras, sin embargo, cimentaron la leyenda de un artista libertino, amigo de las tabernas, que le gustaba gastar más dinero del que tenía. Lo que sí se puede asegurar, a través de su obra, es que fue un extraordinario retratista, que supo captar la esencia de las personas a través de pinturas que rompían con el mutismo y lo ceremonial, como sucede con su Bufón con laúd (1624-1626).
En sus inicios, Hals continuó con la tradición clasicista, pero tras ingresar a la Guilda de San Lucas -célebre gremio de artistas de Haarlem con varias sucursales- comienza el periodo por el que se convirtió en el gran retratista holandés.
Hals lograba captar a su modelos y les otorgaba movimiento, una vivacidad que hasta ese momento no era la norma y muchas de sus piezas derrochan optimismo, alegría, algo que lo caracterizó como a ningún otro pintor de la historia.
Se lo considera un maestro de la pintura alla prima; es decir, sin correcciones, y en su pincelada se encuentran características que el impresionismo potenciaría siglos después.
Si Hals tenía un florín, lo gastaba. Por eso, existe nutrida documentación sobre la cantidad de demandas que debió afrontar en su vida por falta de pagos. Desde el lechero, panadero y el zapatero a los dueños de las tabernas, de donde sacó muchos de los modelos de sus obras: bufones, prostitutas, borrachos y otras personas que no pertenecían a los estratos sociales mejor posicionados.
Hals era uno más con ellos, aunque también tuvo una destacada participación en su sociedad, era llamado para restaurar obras, fue sargento de un cuerpo de policía, y otros cargos que demostraban que su relación con el alcohol era más o menos la misma que el resto de sus contemporáneos. En aquella época, lo que hoy son los Países Bajos se habían independizado del reino español, por lo que se vivía un aire jolgorio en la calles y la potencia naval del pequeño país lo colocaba como la gran potencia mundial.
Las obras de Hals hoy podrían ser fotografías, no tanto por tener un trazo de realismo excesivo, sino porque captaban pequeños momentos, la fugacidad de lo instantáneo, en un gesto o una mirada.
Por supuesto, murió pobre y endeudado. A lo largo de su vida muchas veces pintaba para pagar sus deudas y así y todo no fue muy prolífico, existen menos de 60 cuadros en el mundo con su firma. Otras de sus características es que muchas de ellas no están finalizadas, las realizaba de manera veloz, pero no por desinterés sino por su enorme talento y técnica. A diferencia de sus contemporáneos, no buscaba darle un acabado definido a sus pinturas, sino que utilizaba manchas, líneas, gotas y áreas de color para los detalles.
Su pintura fue admirado por Monet, Manet, Daubigny, Liebermann, Whistler y Courbet. Van Gogh, en una carta a su hermano Theo, escribe: “Qué alegría es ver a Frans Hals, qué diferente son sus pinturas -muchas de ellas- donde todo está cuidadosamente alisado del mismo modo”.
Bufón con laúd se encuentra en el Museo del Louvre, que lo adquirió en 1984 a la familia del barón Gustave de Rothschild, que lo había comprado en 1873.
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