
A lo largo de su historia, la música colombiana ha dejado cientos de figuras que marcaron el origen y desarrollo de sus distintas formas folclóricas. Una de las más remarcables es la de Lisandro Meza, uno de los responsables de que la música del Caribe colombiano se hiciera conocida en todo el país y hasta encontrara su camino en los oídos de los extranjeros.
Desde que nació, en el corregimiento de El Piñal, perteneciente al municipio de Los Palmitos (Sucre) el 26 de septiembre de 1937, Lisandro estuvo expuesto a las distintas formas musicales de la región y a distintos instrumentos musicales desde que su padre, don Raymundo Meza, le asignó responsabilidades en su finca La Armenia cuando cumplió los 17 años. Según recordó el propio Lisandro en distintas oportunidades, uno de los capataces que se encargaba de cortar la madera tenía un acordeón. Cuando este tenía que ir a cumplir con sus tareas, un joven Lisandro Meza aprovechaba para practicar y así fue adquiriendo la destreza que lo volvería una leyenda.
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El punto de quiebre en su vida se produjo cuando el padre de Lisandro organizó una fiesta en la finca a la que invitó a los trabajadores. Entre los asistentes se encontraba un vecino de Los Palmitos, Alfredo Gutiérrez, amigo de Lisandro desde la infancia. Según ha recordado el propio El Monstruo del acordeón, en un momento de la noche casi todos estaban borrachos, Lisandro tomó el acordeón e interpretó La hija de Amaranto, La cumbia cienaguera y El Alto del Rosario, que en ese momento eran ya clásicos del vallenato y la cumbia.
Los presentes quedaron sorprendidos por su demostración de talento, y según Gutiérrez, eso marcó el inicio de una carrera musical. Durante esos primeros años en la música formó parte de la banda acompañante de Alejo Durán, el Rey Negro del Vallenato, que le invitó a sumarse a su grupo durante un tiempo. Curiosamente, en ese caso se sumó tocando la guacharaca.

Paralelamente, Lisandro Meza comenzó a desarrollarse como compositor y hasta conformó su primer grupo en 1957, bautizado como Lisandro Meza y sus Alegres Muchachos. En 1959, con la publicación de su canción El saludo, en Discos Fuentes, alcanzó notoriedad en el panorama musical del vallenato, en un momento donde lo que sucedía con el género se centraba principalmente en Cesar y La Guajira. Luego de algunos éxitos más, y particularmente con su composición La gorra no se me cae en 1963, se convirtió en un nombre a seguir por derecho propio en el vallenato.
Sin embargo, la gran oportunidad de El Macho de América llegó en 1966, cuando se le pidió sustituir al propio Alfredo en Los Corraleros de Majagual. Aunque ya tenía en ese momento una banda propia, la participación de Lisandro en el que es considerado como el “supergrupo” de la música colombiana por excelencia lo convirtió en un nombre conocido a nivel internacional, y de paso le permitió probarse a fondo con ritmos como la cumbia o el porro.
Junto a él en Los Corraleros se encontraba Fruko en los timbales, y con ellos la sonoridad del grupo absorbió influencias de la salsa que comenzaba a descollar en Nueva York (aunque sin perder nunca la influencia de la cumbia). Durante ese periodo el grupo alcanzó su mayor proyección internacional, girando con frecuencia por los Estados Unidos, México (la región de Sonora en particular acogió su propuesta con los brazos abiertos) o Venezuela.

Pero la presencia de Lisandro en dicha agrupación también tuvo que lidiar con fricciones por parte de los más puristas del vallenato, mismas que le llevaron a protagonizar uno de los episodios más recordados de su carrera musical.
En 1969 Lisandro Meza se presentó al Festival de la Leyenda Vallenata en su aspiración de adquirir el título de ser Rey Vallenato. Su trayectoria con Los Corraleros de Majagual y sus propios éxitos en solitario parecían ser aval para hacerse con el título más apreciado por cualquier vallenato. Así recordó el artista su participación en una entrevista con El Heraldo de 2018:
Por fortuna para él y para la música colombiana, el que a partir de entonces llevaría el mote de El rey sin corona, vio en esa derrota una oportunidad para replantearse sus objetivos en la música.
“Vislumbré que el vallenato era más que los ‘cuatro aires’ tradicionales y creé mi estilo (...) Para triunfar en la música vallenata no se necesita de una corona, sino convertirse en un músico integral que ejecute bien el acordeón, cante y componga, eso es lo que al final le marcará el camino del éxito, no un objeto decorativo”, reflexionó.
La estancia de Meza en Los Corraleros de Majagual se prolongó hasta 1975, cuando el grupo decidió limitar su actividad debido al éxito individual de los miembros con sus propias agrupaciones. Y es así que mientras Fruko y sus Tesos se volvían referentes de la salsa en Colombia, Lisandro comenzó a ser el protagonista de su propia revolución sonora.

Los éxitos comenzaron a llegar uno por uno. Temas como La miseria humana, Entre Rejas, El guayabo de la ye, Juventud flaca y loca, Baracunatana, Estás pillao, Las tapas, La matica, Para politico no, o su adaptación de la clásica guasca El Jornalero de Octavio Meza (renombrada por Lizandro El hijo de tuta), fueron su testamento para la música colombiana: el futuro estaba en la fusión. En ese sentido, Lisandro señaló que, desde su perspectiva, Entre rejas y Baracunatana eran “salsa en acordeón”, demostrando con hechos que la influencia externa al vallenato era igual de importante que los tradicionales “cuatro aires”.
Y la herencia salta a la vista. Sin ese ejemplo previo de Lisandro Meza, no habría sido posible ver un Clásicos de la Provincia de Carlos Vives, o carreras como las de Aterciopelados (que hicieron su propia versión de Baracunatana), Chocquibtown o Bomba Estéreo que se han propuesto ir más allá de las barreras propias de la diversidad de géneros que tiene Colombia para ofrecer.
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