Classical MusicContent Type: Personal ProfileArgerich, MarthaDutoit, CharlesMaisky, MischaBarenboim, DanielSwitzerland
La pianista Martha Argerich acababa de dar una interpretación electrizante en una noche nevada en el norte de Suiza. Sus admiradores hacían fila entre bastidores para pedirle autógrafos, y sus amigos llevaban rosas y crisantemos a su camerino.
Pero Argerich, quien a sus 83 años sigue siendo una de los pianistas más asombrosas del mundo y que posee la fuerza necesaria en los dedos para quebrar castañas o hacer temblar un Steinway, no estaba por ninguna parte. Se había escabullido por una puerta para fumarse un cigarrillo de la marca Gauloises.
"Quiero esconderme", dijo en el exterior de la sala de conciertos Stadtcasino en Basilea, Suiza, encogiéndose bajo su ondulante melena cana. "Por un momento, no quiero ser pianista. Ahora, soy otra persona".
Mientras fumaba, Argerich, una de las artistas más esquivas y enigmáticas de la música clásica, se obsesionó con cómo había tocado la floritura inicial del Concierto para piano de Schumann esa noche con la Orchestra della Svizzera italiana (su veredicto fue que "no muy bien"). Y se quedó paralizada por el recuerdo de haber interpretado el concierto por primera vez, cuando tenía 11 años en Buenos Aires, su ciudad natal.
Allí, en el Teatro Colón, en 1952, un director cuyo nombre quedó grabado en su memoria --Washington Castro-- le hizo una advertencia. Nunca lo olvides, dijo: a todos los pianistas que tocan el concierto de Schumann les ocurren cosas extrañas.
Argerich pensaba en esas palabras cada vez que tocaba la pieza. Y ahora, en la novena década de su vida, sentía que a ella también le ocurrían cosas extrañas.
Estaba desafiando todas las expectativas de la edad --muchos pianistas de concierto pierden velocidad y fuerza cuando llegan a los 70 y 80 años--, pero sus dedos aún podían ejecutar vertiginosas proezas acrobáticas. ("Ya se ven viejas", dijo de sus manos, "pero siguen funcionando"). Había estado soñando con Schumann, el compositor más cercano a su alma. ("Hay algo tan espontáneo, tan conmovedor y tan verdadero en él", dijo). Estaba viendo "nuevos colores, nuevas dimensiones" en música que había tocado cientos de veces.
Y mientras veía morir o enfermar a más amigos y colegas suyos, Argerich reflexionaba sobre lo que llamaba su propia "peculiar existencia".
"No sé lo que estoy haciendo, porque sigo aquí", dijo. "Este tipo de sentimiento es bastante reciente. De no saber".
UNOS DÍAS antes, yo había ido a las orillas color esmeralda del lago de Lugano, cerca de la frontera suiza con Italia, en busca de Argerich, una artista célebre por ser muy reservada que rara vez concede entrevistas.
La reputación de Argerich, quien creció en Argentina pero vive desde hace décadas en Ginebra, es de misticismo. Puede invocar una inmensa potencia y velocidad en Prokófiev y Chaikovski. Pero también puede tocar a Bach con delicadeza y estilo, a Ravel con una gracia intuitiva y a Schumann con inocencia y asombro.
"Es una diosa pura", dijo la pianista estrella Yuja Wang. "Te paraliza. Vas a sus conciertos y sales diciendo: 'Madre mía, ¿qué fue eso?'".
Las excentricidades de Argerich la han convertido en una figura de culto de la música clásica. No firma contratos; como géminis que es, dijo, le teme a los compromisos. No tiene publicistas ni acompañantes. Desde la década de 1980, evita las actuaciones en solitario, pues dice que hacen que se sienta sola, "como un insecto" bajo la luz.
Su espíritu irreverente --es propensa a hacer muecas-- ha inspirado memes en las redes sociales, incluido uno que la muestra masajeándose la cara con una mandarina. ("Silencio, por favor", dice un pie de foto). Va de un compromiso a otro vestida con blusas campesinas y pantalones de mezclilla holgados, cargando sus propias bolsas de tela llenas de partituras, textos de astrología, zapatos de tacón alto y labial rojo.
En Lugano, un sitio sagrado para Argerich donde una vez fue la curadora de un festival, la sorprendí en el escenario del Auditorio Stelio Molo. Acababa de terminar de ensayar el concierto de Schumann bajo la batuta de Charles Dutoit, un exesposo. Me saludó con ojos inquietos, diciendo que estaba cansada, que no se sentía bien, que necesitaba desesperadamente practicar y que no tenía nada que decir. Pero después de un cigarrillo y una Coca-Cola, me invitó a su camerino para conversar.
Algunos críticos han calificado a Argerich como la mejor pianista viva, la última de una estirpe de titanes como Sergei Rajmáninov, Arthur Rubinstein y Vladimir Horowitz, su ídolo. Pero ella rechaza ese título.
"¿La mejor pianista del mundo?", me dijo, negando con la cabeza. "Eso no existe".
SEGUÍ a Argerich en su gira por Suiza durante el invierno. Intenté tranquilizarla, ayudándola a cargar sus maletas y hablándole de manera informal en español, su lengua materna. Pero rara vez estaba de humor para hablar. Una noche, un amigo de Argerich me envió un mensaje de texto para decirme que me reuniera con ella en el vestíbulo de un hotel a las 3:00 a. m. Cuando llegué, Argerich, una persona nocturna, ya había cambiado de opinión. "Buenas noches", dijo sin rodeos, antes de dirigirse a su habitación.
Cuando le apetecía hablar, podía ser fascinante. Me dijo que el amor y la música eran los misterios gemelos de la vida, habló de su afinidad con los compositores muertos (llamó a Chopin "mi amor imposible"), dijo que la música la hace sentir viva y reconoció que a menudo duda de sus habilidades ("Tengo inseguridades todo el tiempo: que algo no es bueno, que no estoy preparada", dijo).
En el escenario mundial, Argerich está más ocupada que nunca. El año pasado tocó en más de 80 compromisos --en Shanghái una semana y la siguiente en Pamplona--, un estilo de vida que describe como "un poco absurdo". Sus conciertos tienen un aire preciado --a lo largo de los años se ha ganado fama de cancelarlos-- y atraen a admiradores de todo el mundo, incluidos sus colegas músicos, que acuden en masa a estudiar sus manos, sus trinos, sus octavas, su toque. Recibe elogios casi unánimes adonde sea que vaya, aunque algunos críticos han dicho que su forma de tocar puede ser volátil y desenfrenada.
En los últimos meses, Argerich se ha metido en la política, apoyando a un pianista ruso crítico con el presidente Vladimir Putin que murió el año pasado en prisión y rindiendo homenaje a un pianista israelí retenido en Gaza. Dijo que le parecía importante alzar la voz porque "estos son días muy peligrosos para el mundo".
Ha evitado tocar en Estados Unidos durante la última década, en parte, dijo, por el trato que recibe Dutoit, quien fue acusado de agresión sexual por varias mujeres en 2017 y perdió compromisos con importantes orquestas estadounidenses. (La pareja se divorció en 1973, pero ella sigue tocando frecuentemente con él; Dutoit ha negado las acusaciones).
Pero ella dijo que estaba planeando su regreso a Nueva York: ha acordado tocar sonatas de Beethoven con el violinista Maxim Vengerov en el Carnegie Hall en 2027.
"No sé cómo estaré si es que estaré", dijo. "No paro, y no sé por qué".
LA VIDA DE ARGERICH en la música comenzó antes de que cumpliera 3 años, cuando un niño de su clase de preescolar en Buenos Aires la molestó diciéndole que no sabía tocar el piano. En respuesta, ella se sentó ante el teclado e interpretó impecablemente una canción de cuna. Su profesora, estupefacta, llamó a sus padres.
El padre de Martha, Juan Manuel, profesor de matemáticas y contador, era de trato fácil, la llevaba a pasear por el jardín y hacía trucos de magia, como aparecer golosinas de las orejas de su hija. Su madre, Juanita, que había estudiado economía, era severa y dominante. Martha quería ser médica. Pero su madre insistió en que estudiara música, diciendo que su prometido sería el piano.
"Era como si estuviera hipnotizada", dijo. "No tuve más remedio que tocar".
Cuando tenía 8 años, Martha conoció a Daniel Barenboim, quien en aquel momento tenía 7, un compatriota argentino que llegaría a ser un eminente pianista y director de orquesta. Se hicieron amigos rápidamente, jugaban debajo de un piano de cola e interpretaban estudios de Chopin el uno para el otro.
"Desde el principio, ella no fue una virtuosa mecánica que se tratara por completo de destreza y velocidad", dijo Barenboim. "Claro que también podía hacer eso, pero también podía sacar muchos colores".
Cuando estaba en la escuela secundaria, Martha ya se había hecho un nombre en Argentina. Con la ayuda de Juan Perón, entonces presidente del país, su familia se trasladó a Viena cuando ella tenía 14 años para que pudiera estudiar con Friedrich Gulda, un pianista austriaco iconoclasta.
Unos años más tarde, se mudó de nuevo, esta vez a Nueva York, con la esperanza de conocer a Horowitz, el virtuoso de la época. ("Era el mejor amante que el piano ha tenido jamás", dijo Argerich). Encontró un apartamento en el mismo barrio de Horowitz, pero nunca llegaron a conocerse.
Sola y aislada en Nueva York, Argerich cayó en una depresión. Dejó de tocar el piano durante dos años, pasaba el tiempo bebiendo cerveza y viendo la programación nocturna de la televisión. ("Era como estar acostumbrada a correr", dijo, "y de repente no puedes ni caminar").
Comenzó una relación con Robert Chen, compositor y director de orquesta chino, con quien tuvo a su hija Lyda en 1964, cuando ella tenía 22 años. Más tarde, Chen y Argerich se separaron y ella perdió la custodia de Lyda. Estuvieron alejadas más de una década, antes de reunirse cuando Lyda era adolescente.
"Siempre quería escapar de alguien o de algo en aquel momento", dijo Argerich en Bloody Daughter (2012), un documental de la menor de sus tres hijas, la cineasta Stéphanie Argerich. "Estaba abrumada por todo". (Su tercera hija, con Dutoit, es Annie Dutoit).
Poco a poco, Argerich regresó al piano. En 1965, un año después de dar a luz a Lyda, tuvo un triunfo: ganó el primer premio del prestigioso Concurso Internacional de Piano Frédéric Chopin de Varsovia. Demasiado nerviosa para comer, fumó un cigarrillo tras otro durante el concurso mientras preparaba programas de polonesas, scherzos, mazurcas y nocturnos.
El público polaco quedó embelesado. Los comentaristas describieron su manera de tocar como "cercana a un susurro" y la compararon con Chopin. Argerich recibió un apodo: el torbellino de Argentina.
NO MUCHO TIEMPO DESPUÉS de conocernos en Lugano, Argerich se dirigió a Estados Unidos, donde iba a ayudar a juzgar un concurso de piano en la Universidad Estatal de Arizona.
En Arizona, dijo, se encontraba a gusto, tomando el sol del desierto y visitando a familiares. Pero hacia el final de su estancia allí, enfermó de gripe y tuvo 39 grados de fiebre. Cuando se estaba recuperando, sufrió una aparatosa caída en el suelo de su baño de hotel, que le dejó moretones en la cara y los brazos.
Sola e incapaz de moverse, dijo que tuvo una revelación. Pensó en su amigo Mischa Maisky, el violonchelista de renombre que dejó de tocar el año pasado debido a una infección de la médula espinal que lo dejó casi paralizado.
"De repente me sentí conectada a él", dijo. "Nunca había experimentado nada parecido".
Argerich, que soportó tratamientos contra un melanoma metastásico en la década de 1990, vive con una especie de culpa del superviviente. A ello se suman ahora pérdidas, incluida la muerte, en 2021, de su alma gemela en la música, el pianista brasileño Nelson Freire. En los últimos años le ha dolido ver a amigos como Barenboim caer enfermos (recientemente anunció que padece Parkinson).
Cuando regresó a Suiza desde Arizona, estaba decidida a ayudar a rehabilitar a Maisky, persuadiéndolo para que volviera al escenario en el festival Le Piano Symphonique de Lucerna.
"Martha es como la vida misma", dijo Maisky en una entrevista. "No es fácil, puede ser muy complicada, impredecible y un fastidio. Pero ella, como la vida, es lo más hermoso que existe".
Una fría noche de Lucerna, se reunieron para tocar el movimiento lento de la sonata para violonchelo de Chopin. Maisky se movía de forma diferente, pero su sonido estaba intacto.
Argerich sonrió al salir del escenario aquella noche. "Mischa ha vuelto", dijo.
LA DECENA de estudiantes que se reunieron detrás del escenario de la Tonhalle de St. Gallen, una sala de conciertos en el este de Suiza, estaban entusiasmados. Habían venido a un seminario de piano de una semana de duración. Y ahora, entre papas fritas, bocadillos de jamón y orejitas, estaban a punto de conocer a su ídolo, Martha Argerich.
Argerich entró en la habitación con poca fanfarria después de interpretar suites de Rajmáninov con su viejo amigo, el pianista Darío Ntaca. Mientras mordisqueaba aceitunas, respondió a preguntas sobre su ascenso como solista destacada en la década de 1970 y después; sus numerosas grabaciones clásicas de Schumann, Chopin, Prokófiev, Liszt y Ravel, y su infancia en Argentina. Compartió su truco para no llorar cuando un profesor de piano le gritaba en su juventud: miraba solamente la verruga de su cara.
Cuando los alumnos se marcharon, le pregunté a Argerich, que estaba viendo videos de Pavarotti en YouTube en su camerino, si estaría dispuesta a responder a algunas preguntas más.
"Ya te dije todo", dijo. "Debería tener libertad para hacer lo que quisiera".
Pero no se opuso a que la acompañara de vuelta a su hotel. Se quedó despierta durante horas en el vestíbulo charlando con amigos sobre astrología junguiana, la controversia del concurso Chopin de 1980 y un pretendiente que una vez le dijo que tenía tantas personalidades que podía salir con varias personas a la vez. En un momento dado se obsesionó con demostrar que una planta con aspecto de cera que había en el vestíbulo era real, y metió la nariz en sus ramas y escarbó en la tierra.
"Miren esto", decía a sus amigos. "¿Lo ven? Cada hoja es diferente. Está viva".
Cuando nos despedimos, cerca de las 4:00 a. m., le hice a Argerich una pregunta más. Aquella noche me di cuenta de que se había quedado un rato fuera de la sala de conciertos, mirando las estrellas. Me pregunté si alguna vez había reflexionado sobre su lugar en el universo.
Argerich dijo que a veces reflexionaba sobre lo absurdo de una vida encorvada sobre teclas blancas y negras. "¿Qué somos los pianistas?", dijo. "Nada. Creemos que es muy extraordinario. Pero no lo es".
Mientras llegaba soplando una tormenta que llenó las calles de lluvia, Argerich dijo que había hecho las paces con su vida.
"Ya no pregunto", dijo. "Simplemente toco".
Extractos de audio, todos con Martha Argerich: Schumann, Concierto para piano en la menor, Orchestra della Svizzera italiana, Alexandre Rabinovitch-Barakovsky, director; Schumann, Concierto para piano en la menor, Orquesta Sinfónica de la Ciudad de Buenos Aires, Washington Castro, director; Bach, Partita n.º 2 en do menor; Ravel, Gaspard de la Nuit; Schumann, Kinderszenen; Beethoven, Sonata para violín n.º 8 en sol mayor, Renaud Capuçon, violín; Chopin, Polonesa en la bemol mayor; Chopin, Scherzo en do sostenido menor; Chopin, Mazurca en la menor; Chopin, Nocturno en fa mayor; Chopin, Sonata para violonchelo en sol menor, Mischa Maisky, violonchelo; Rajmáninov, Suite n.º 2 para dos pianos en do mayor, Alexandre Rabinovitch-Barakovsky, piano. Créditos: Warner Classics ( Martha Argerich: the Warner Classics Edition); Teatro Colón; Deutsche Grammophon ( Maisky-Argerich, Live in Japan).
Producida por Josephine Sedgwick .
Javier C. Hernández informa sobre música clásica, ópera y danza en Nueva York y otros lugares. Más de Javier C. Hernández
Producida por Josephine Sedgwick .
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