
No es bueno el momento de España, ya que cuesta reconocerla en tanta noticia de corrupción asociada a la gestión de Pedro Sánchez como primer ministro y presidente del gobierno. Por cierto, no hay ni puede haber un solo culpable en una situación de fuerte polarización y división, pero es indudable que una de las aristas o vértices del problema actual está asociado a su nombre, así de dominante ha sido su accionar político, que hoy parece resumirse en ponerle fin a los acuerdos políticos y territoriales legados por la muy exitosa transición a la democracia que tuvo lugar en los 70 del siglo pasado.
Lo que hoy está transcurriendo es preocupante, ya que no es superficial, sino algo profundo que recorre el país a todo nivel, y que resucita los fantasmas de las dos Españas. En ningún caso es guerra civil, pero la división se siente y se respira en todas partes. La expresión “las dos Españas” se origina en una frase de un breve poema de 1912 del poeta Antonio Machado, versos convertidos en símbolo de la historia española, una metáfora que describe la división ideológica, cultural y social que originalmente habría atravesado la nación y la sociedad desde el siglo XIX, y que en cada generación posterior se reinterpreta con los temas que aparecen y/o reaparecen en forma de confrontación.
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Hoy es algo más que una división política entre una España tradicional y una progresista. No es solo que el presidente de gobierno esté rodeado por temas de corrupción de gente tan cercana como su propia esposa Begoña Gómez, a quien el juez Peinado le avisó que sería llevada a juicio oral por cuatro delitos o el caso de un exministro de Transportes y exdirigente del Partido Socialista Obrero Español (PSOE), quien fuera condenado por el Tribunal Supremo a 24 años y 3 meses por actos de corrupción y aprovechamiento del cargo que ocupaba para enriquecimiento ilícito y beneficio económico personal. En su entorno familiar más cercano, también se suma su hermano David, contra quien existen acciones judiciales que lo acusan de prevaricación administrativa y tráfico de influencia.
No son los únicos casos, ya que son numerosas las distintas causas judiciales con niveles diferentes de avance. Por cierto, hay apelaciones y algunas acusaciones pueden terminar en sentencias favorables a los imputados, pero ello parece improbable hoy, además que a lo anterior hay que sumarle lo del expresidente de gobierno José Luis Rodríguez Zapatero, un verdadero emblema de los sectores más progresistas del país y un mentor político de Pedro Sánchez, donde las acusaciones son de aún mayor entidad, figurando al menos cuatro presuntos delitos que están siendo investigados, y donde un allanamiento a sus oficinas particulares produjo la confiscación de joyas, si joyas, de elevada tasación.
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Tan o más grave son las pruebas que la investigación judicial está revelando, una vinculación estrecha con operaciones de servicio al castrochavismo latinoamericano, presente en la relación que tuvo por años con la Venezuela de Maduro, en áreas tan distintas como la arista de la empresa Plus Ultra, oro y petróleo de comercialización ilegal y blanqueamiento de la imagen de la dictadura. Se le suman negocios poco presentables en Nicaragua y Bolivia, último país donde se le acusa de participar en el arreglo político de una sentencia favorable a una empresa cementera. Es decir, no solo acciones de lobby a favor de tiranías, sino también que se habrían cobrado millonarias comisiones en cada gestión, no solo él, sino también sus hijas.
Es llamativo el hecho que cuesta reconocer a la España europea en la política exterior de Sánchez, alejándose de los temas de la Unión para reconocer domicilio ideológico en cumbres donde se iguala con líderes latinoamericanos como Lula, Sheinbaum, Petro y Boric, precisamente cuando Latinoamérica da un giro pronunciado en sentido contrario, hacia posiciones de derecha y conservadoras.
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Noticioso ha sido el hecho de su distanciamiento con Estados Unidos, no solo con Trump, sino que también existió con Biden quien simplemente no quiso recibirlo en Washington cuando Moncloa hizo la gestión. Del mismo modo, se produce un alejamiento de la OTAN al ser uno de los pocos jefes de gobierno que se negó a aumentar su contribución a la defensa europea en el porcentaje del PIB decidido por la organización.
Algunas de sus posiciones también lo alejan de lo que había sido habitual en la España democrática, al tomar una actitud militantemente antisraelí que en Europa sólo encontró eco en el gobierno de Irlanda. Por último, todo lo anterior ha debilitado la seguridad nacional del país ya que un fortalecido Marruecos ha avanzado diplomáticamente en su intento de hacerse de los territorios del antiguo Sahara español, donde ha logrado el retroceso de la posición del Frente Polisario cercano a su rival regional Algeria, por lo que no sería extraño que, así como a la muerte de Franco se hizo la marcha verde, en el futuro cercano se proponga reivindicar a su favor la posesión española de las ciudades de Ceuta y Melilla en África.
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Sin embargo, sobre todo destaca la forma como Sánchez ha ejercido el poder, muy alejada de la búsqueda de acuerdos que habían distinguido a ambos partidos mayoritarios, socialistas y populares. A diferencia de ese pasado todavía cercano, Sánchez ha rechazado todas las peticiones para convocar a nuevas elecciones, no solo por los casos de corrupción, sino que además, efectivamente, no ganó las últimas elecciones, ya que fue superado en votos por el partido Popular, y al estar en minoría sólo pudo formar gobierno cerrando acuerdos de investidura con Sumar, ERC, Junts, EH, Bildu, PNV, BNG y Coalición Canaria, es decir, agrupaciones, algunas de extrema izquierda, y otras en representación de fuerzas independentistas de Cataluña y del País Vasco.
Lo anterior marca una diferencia distintiva de Sánchez con quienes lo precedieron en el poder, con consecuencias notorias en un aumento de la polarización en términos de las dos Españas, con el riesgo cierto de dar por terminada la España construida por la exitosa transición a la democracia, abriéndose así una nueva etapa. A modo de ejemplo, si predominara el independentismo, no sería el federalismo lo que aparecería, sino que la España de las Autonomías sería reemplazada por la de las naciones que convivirían a su interior.
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La forma como Sánchez ha ejercido el poder ha incluido una fuerte campaña de deslegitimación de instituciones que no controla del todo, como el Tribunal Supremo de Justicia y el Tribunal Constitucional, además de transformar a la televisión pública en un órgano de propaganda gubernamental, todos elementos que contribuyen a la polarización, a lo que se ha agregado una fuerte caída en el aprecio ciudadano del Congreso.
La consecuencia es que el sistema político, en vez de buscar acuerdos se dedica a acentuar las diferencias, lo que contrasta fuertemente con el pasado reciente, ya que fue muy notable lo que logró pacíficamente España con su transición a la democracia, toda vez que con la muerte de Franco el 29 de noviembre de 1975 empezó otra etapa histórica, con la transición consolidándose definitivamente cuando en octubre de 1982, cuarenta y tres años después del fin de la Guerra Civil, y a siete años de la desaparición del caudillo, el partido Socialista ganaba las elecciones y formaba gobierno con Felipe González, con el agregado que esa transición se había hecho fundamentalmente con el apoyo de la recién restaurada monarquía y dirigida desde el poder por gente que venía del corazón mismo del movimiento franquista.
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Gracias a la política de acuerdos, España dejaba atrás la confrontación centenaria, superaba los intentos nostálgicos de mantener lo que el Generalísimo creyó haber dejado “atado y bien atado”, como también la violencia política en las calles y la violencia terrorista de la ETA. La transición española fue un acto delicado de equilibrio y realismo, aislando al extremismo y logrando que España fuera integrada en plenitud a Europa.

Parte importante del éxito se debió a los acuerdos plasmados en la Constitución, llamada “del consenso” la que fue aprobada en octubre de 1978 y ratificada en un referéndum. Por vez primera existió un marco institucional que hizo desaparecer las dos Españas y por rara vez en su historia, la constitución no era la imposición de un sector de españoles sobre otros, sino el producto de la convergencia de voluntades.
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A pesar que al principio las dificultades encontradas parecían mostrar que era más fácil establecer una dictadura que abandonarla, sin embargo, se superó el foso de las dos Españas, la de los vencedores y la de los vencidos, a través de la reconciliación y un verdadero acto de fe en la democracia, toda vez que esa vez España ingresaba al club de los países democráticos, toda una novedad, ya que por mucho que luego llegara la soberbia y España se dedicara a dar lecciones a otros países con otras realidades, la verdad es que con anterioridad nunca había echado raíces, en ningún momento anterior, resumido en la frase que no existió democracia bajo Franco, pero tampoco en los siglos anteriores.
Esos acuerdos permitieron la consolidación de la modernización económica que hizo ingresar a España al club de las sociedades desarrolladas. En lo político fue un proceso en el que existió continuidad y cambio, en forma acumulativa y cronológicamente sucesiva. La proposición de “ruptura democrática” se transformó en “democracia pactada” y la propia constitución fue sinónimo de transformación, ya que sentó las bases de un sistema de legitimidad total, desde el momento que el poder constituyente se desplazó en forma definitiva desde un dictador a un electorado sin proscripciones. El triunfo definitivo se consiguió con el fracaso de la intentona golpista del 23 de febrero de 1981, donde la imagen que todavía se recuerda fue la fallida toma del Congreso de los Diputados, con el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero irrumpiendo, pistola en mano, en el hemiciclo. Ese fracaso fue importante para la desaparición definitiva del miedo a una regresión, que a quienes estudiamos en esos años en Barcelona nos consta que existía, dado que en todo proceso de transición existe ese peligro.
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Es contra esa España, la del consenso, la del reencuentro, que ha arremetido el proceso que encabeza el actual gobierno, que incluso ha reeditado la revisión histórica en términos de “buenos” y “malos” y con un Pedro Sánchez, cuya trayectoria política ha seguido el camino abierto por Rodríguez Zapatero, de desplazar del poder político a la élite que hizo la transición, y cuyas ideas habían estado presente en la conducción del Estado en las décadas que precedieron a Sánchez.
Hoy, esa democracia que parecía tan consolidada ha sufrido embates que demuestran que en verdad era más frágil de lo pensado, y que Sánchez y compañeros de ruta como Podemos y Sumar habían hecho más daño de lo esperado, en años caracterizados por una ofensiva constante contra el sistema político y social dejado como herencia por la transición a la democracia, años que coincidieron con aquellos en que el actual primer ministro ha sido figura dominante del poder político.
A sus 46 años, Pedro Sánchez Pérez-Castejon asumió la presidencia del gobierno a partir del 2 de junio de 2018, siendo reelegido dos veces, el 2020 tras un acuerdo para la formación de un gobierno de coalición entre el partido Socialista y Unidas Podemos, y el 2023 tras acuerdos con pequeños partidos rupturistas y fuerzas independentistas catalanas, vascas y canarias, agregándose al liderazgo partidario que ha desempeñado como secretario general del PSOE desde el 2017, cargo que había ejercido antes entre 2014 y 2016. A partir del 25 de noviembre de 2022 se había agregado un reconocimiento internacional, al haber sido elegido presidente de la Internacional Socialista.
Ese ha sido el itinerario que lo ha acompañado hasta el difícil momento actual que vive, ya que, al ser minoría en votos nacionales, para permanecer en el poder, Sánchez depende de movimientos y partidos que para apoyarlo, a cambio esperan que tome decisiones que los ayuden a debilitar al estado nacional. A lo anterior, se han agregado derrotas en elecciones regionales en los últimos meses, lo que se une con encuestas que dicen que, si se llevaran a cabo elecciones nacionales para el Congreso de Diputados, Sánchez sería derrotado.
Sin embargo, para ello falta tiempo, y si se adelantan las elecciones sería probablemente por alguna rebelión entre los diputados socialistas que están descontentos con el rumbo que ha tomado el gobierno, ya que si algo caracteriza a Sánchez es tanto su habilidad como la constancia para seguir, paso a paso, la tarea que ha echado sobre sus hombros, y por la cual aspira a ser recordado, tanto su persona como su legado, es decir, el desmantelamiento de los acuerdos políticos y constitucionales que llevaron a España a la democracia el siglo pasado, todavía representados a sus 84 años por Felipe González y su fundación Global Progress, con sede en Madrid desde 1996, después de dejar el cargo de primer ministro, mandato cuya duración de trece años y medio sigue siendo el más largo de un jefe de Gobierno democrático en España.
La constancia de Sánchez ha tenido éxito en el sentido de torcer la ruta seguida por España hasta su llegada, desde el momento que el camino que propone Sánchez busca reescribir la historia y reemplazar el acuerdo de la transición por la confrontación. El acuerdo anterior, era la búsqueda de una ruta común, todo un acierto en años que no deben ser olvidados, cuando a España la separaban divisiones mucho más profundas que en el día de hoy, cuando se salía de una larga dictadura y con fuertes escisiones desde el momento que un sector del país no quería la democracia y otro, rechazaba la primacía del mercado en economía.
Hoy la confrontación está presente en todas partes, por lo que la alternativa que España necesita es postular que la democracia es sinónimo de búsqueda de acuerdos, de pactos que beneficien a España y sus ciudadanos por sobre intereses particulares, es decir, una democracia de calidad que implemente las mejores políticas públicas, ya que hoy en el mundo existe abundante información y evidencia sobre lo que funciona bien como también sobre lo que nunca ha tenido éxito, toda vez que hay caminos que nos acercan al progreso y otros que nos alejan, en momentos históricos como los actuales, donde la diferencia puede ser marcada por quiebres tecnológicos de los cuales España poco se ha preocupado, como es el caso de la Inteligencia Artificial, toda vez que el humo espeso que emana de la confrontación impide verla.
Ello también supone que en el electorado predomine la razón por sobre la emoción, y los hechos por sobre la narrativa, escenario donde a los profesionales de la política se les pide también su cooperación, que actúen con seriedad y prudencia, De ahí, que si Sánchez es derrotado, el partido o la coalición que lo reemplace debe recuperar el espíritu que hizo posible la transición a la democracia, acuerdos básicos sobre el seguimiento de caminos de éxito probado en la generación de recursos que permitan financiar derechos colectivos, con la gradualidad que los haga sustentables a través del crecimiento económico. En tiempos de aparición de un impacto de la magnitud de la IA, grandes acuerdos son necesarios para poder prosperar, ya que la polarización ha malgastado tiempo valioso, toda vez que bajo Sánchez poco se ha percatado España (y tampoco la UE) de lo que está pasando ante nuestros ojos.
En definitiva, la política sana requiere acuerdos básicos o al menos que el método de resolución de conflictos esté legitimado, ya que de otra manera una imposición basada solo en lo que quiere un sector, en la práctica es solo una apuesta, que puede o no resultar. En democracia lo que mejor decide el éxito o fracaso es la naturaleza de los acuerdos, por lo que la negociación no es muestra de debilidad, sino requisito de perdurabilidad.
Máster y PhD en Ciencia Política (U. de Essex), Licenciado en Derecho (U. de Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)
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