Los ataques de Estados Unidos e Israel a Irán, y la respuesta de este último, atacando objetivos civiles y militares de todos los países árabes del golfo pérsico, mandan unos mensajes al mundo que debemos entender, digerir y analizar. No sabemos aún cómo va a terminar esta operación, pero lo que ya ha sucedido deja claras muchas cosas.
Lo primero es que si Irán hubiera alcanzado a desarrollar armas nucleares habría sido una guerra mundial segura. Ya vimos cómo respondió, incluso en contra de sus aliados. ¿Se imaginan lo que sería con una arma de esta naturaleza?, ¿su capacidad de intimidación solo con la posibilidad de utilizarla o, por qué no, utilizándola? Irán, con un gran garrote en la mano, se volvería un elemento de desestabilización aún mayor en la región.
Irán, utilizó a sus ejércitos proxis, Hamas, Hizbolá y los Huties, para atacar a sus enemigos, para bloquear el tránsito por el estrecho de Hormuz y para desestabilizar la región, ¿se imaginan eso sumado a una arma nuclear? Con el asesinato de cerca de 15 mil ciudadanos en dos días, el régimen iraní mostró que si su capacidad de matar a sus propios ciudadanos no tiene límites, mucho menos los va a tener en contra de quienes considera enemigos, o amigos de los enemigos.
Los brutales ataques a objetivos civiles y militares en Emiratos Arabes, Arabia Saudita, Qatar, Kuwait, Irak e Israel, muestran claramente lo que el régimen iraní es, cuáles son sus valores y hasta dónde están dispuestos a llegar.
Que Irán no tenga un arma nuclear, ni la remota posibilidad de desarrollarla, debe ser prioridad de Occidente. Todos sabemos que China y Rusia, países aliados, cooperan con el brutal régimen iraní, comprando a descuento su petróleo a pesar de las sanciones e, incluso, ayudando a proveerle armas, como muestran las exportaciones chinas a Irán de elementos para fortalecer su capacidad de construir misiles balísticos.
Lo segundo es que esa operación envía un mensaje con gran resonancia en América Latina, foco fundamental de la política exterior de Estados Unidos. La muerte del brutal asesino líder del régimen, Alí Jamenei, a quien le atribuyen cerca de 100 mil muertos durante sus 39 años de gobierno, deja en claro a qué se refería Donald Trump cuando le dijo a Delcy Rodriguez que se portara bien, o le iba a ir peor que a Maduro.

Raul Castro y la cleptocracia cubana tienen que entender ese mensaje que, entre otras, les llega en un momento de implosión económica. Ahora que su gran aliado Nicolás Maduro está en la cárcel, Rusia está ocupada con su guerra en Ucrania y China no se juega su futuro económico por un país fallido, el diálogo con Trump y Marco Rubio para la estabilización de la isla y la apertura democrática, digamos, se facilita. Los incentivos para una negociación están clarísimos, y no veo cómo se pueden salir de esta situación. Lo cierto es que la libertad y la vida de los cubanos va a mejorar y el futuro es promisorio.
El tercer mensaje es que Trump destapó la hipocresía de ese mundo que nunca dijo nada por los miles de muertos en Irán y Venezuela, ni de las descaradas intervenciones en países extranjeros de Jamenei, Chávez y Maduro. Lo triste es que ahora, que tienen que rendir cuentas por su apoyo durante décadas a terroristas, narcos y violadores de derechos humanos, aquellos que guardaron silencio cómplice con asesinos y dictadores invocan el derecho internacional, que antes les importó cero, para condenar las operaciones en Venezuela e Irán.
Las celebraciones en Teherán, en Caracas y en diferentes partes del mundo por estos hechos -que le abren la puerta a la democracia y a la libertad a ambos pueblos- muestran lo que verdaderamente sienten la mayoría de los habitantes de esos países. Es más, en América Latina el apoyo a la operación de captura de Nicolas Maduro estuvo por encima del 60 por ciento, en algunas partes llegó hasta el 70%, con la excepción de Mexico y Brasil, donde apenas superó el 50 por ciento.

El cuarto, y quizás el más importante, es que esta operación, al igual que la de Venezuela, neutraliza dos ejes fundamentales de desestabilización en dos regiones claves para Estados Unidos y para el mundo: América Latina y Oriente Medio. En la región faltan Cuba y Nicaragua, y no me cabe la menor duda de que ambos regímenes están al tanto de lo que les corre pierna arriba.
Nunca imaginé una America Latina con Venezuela, Cuba y Nicaragua en libertad y sin dictadores a su mando. Hoy lo veo y, aunque falta mucho, por primera vez hay una luz de esperanza que, además, con la operación de Irán, toma aún más fuerza.

Falta ver cómo termina esta guerra, pues su desenlace tiene muchas implicaciones. Una de ellas es que, si no funciona, Estados Unidos se va concentrar aún más en la región. Por el bien de decenas de millones de iraníes que sufren esa opresión, espero que esto termine con un proceso de estabilización parecido al de Venezuela, pues es claro que ese cambio tiene que venir de adentro, con la ayuda de afuera, obviamente.
Esperemos, pero, por ahora, Díaz-Canel y los esposos Ortega seguramente no pueden dormir tranquilos. Ya era hora.
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