
Este año EEUU celebra el aniversario 250 de su fundación, que se inicia el 4 de julio de 1776 con la Declaración de Independencia, pero a mi juicio, la nación que conocemos es la creación del proceso político que culmina el 17 de septiembre de 1787, cuando la Constitución es firmada por la Convención que tuvo lugar en Filadelfia. Posteriormente, fue ratificada el 21 de junio de 1788 y entró en vigor el 4 de marzo de 1789. Es todavía la constitución nacional escrita más antigua en vigor.
Y hoy, cuando en EEUU sigue predominando la polarización y la división, útil es recordar cómo se creó esa nación.
Si el 4 de julio es el día de la Independencia, es en el proceso originador de la constitución donde nosotros encontramos la respuesta a la pregunta de esta columna, de cómo se creó un país tan especial y diferente a lo entonces conocido. Es también la razón por la cual fue primero una república caracterizada por sus instituciones que una democracia, ya que en retrospectiva el pecado original de la esclavitud dificultó durante mucho tiempo que se le pudiera llamar así.
Es por eso por lo que el 17 de septiembre se celebra el día de la Constitución y el Día de la Ciudadanía como parte de la semana de la Constitución. Es la vigencia de esta lo que explica la existencia de instituciones con el poder demostrado en estos días por la Corte Suprema con su fallo sobre los aranceles que apunta al corazón del programa económico de la administración Trump, ya que tiene un lugar especial relacionado con frenos y contrapesos, y que supera con mucho la separación de poderes clásica y las atribuciones que tienen las instituciones judiciales del mismo nombre a través del mundo.
El 9 de septiembre de 1776, el segundo Congreso Continental adoptó un nuevo nombre por lo que a partir de entonces lo que se había llamado las “Colonias Unidas” adquirió hasta hoy el nombre de Estados Unidos de América. Por su parte, la Constitución es ley suprema desde el 4 de marzo de 1789, documento breve que permanece como tal con sus 7 artículos originales, un preámbulo de 52 palabras que se inicia con palabras nunca usadas antes en este tipo de instrumento jurídico, el clásico “Nosotros, el pueblo”.
Así se creó un país como EEUU, por lo que no fue con la Declaración de Independencia o el triunfo militar sobre el ejército más poderoso de aquel entonces, sino con esa Constitución todavía vigente.
¿Fue una revolución hecha por no revolucionarios?
Más aún, el proceso político estadounidense de 1776 a 1787 constituye una de las primeras revoluciones de la era moderna y una de las más exitosas. Toda revolución desata dramas, exilios, odios y persecuciones, también EEUU, que no fue ninguna excepción, pero es notoria la moderación de quienes la encabezaron. James Madison la explicaba por su confianza en las hoy casi olvidadas virtudes republicanas: “Así como la naturaleza humana tiene algo depravado que reclama cierta circunspección y desconfianza, también posee otras cualidades que justifican cierta estima y confianza. El gobierno republicano presupone que dichas cualidades prevalezcan sobre cualquier otra cosa”.
Es indudable aquí la presencia implícita de la idea puritana de que una comunidad de individuos, aunque pecadores, pueda transformarse en comunidad de hombres buenos. Es una idea que es difícil entenderla hoy, pero que marcaba el Ethos y el Eidos de la generación de la Revolución, junto —a no olvidarlo— con el tema no resuelto de la esclavitud, un problema de carácter universal en el mundo de aquel entonces, algo que tampoco debe ser olvidado.
Pero ¿podemos hablar de revolución cuando quienes la hicieron crearon un nuevo orden político, totalmente inédito, y murieron en sus camas después de haberse intercambiado pacíficamente las posiciones de mayor responsabilidad? La respuesta es afirmativa. Quizás su éxito estuvo en eso, en su escepticismo, en su falta de expectativas, en una modestia tal que no se habló de traición o de ilusiones rotas. No solo eso: con su “nosotros el pueblo”, décadas después, la suma de elecciones a todo nivel y el fin de la esclavitud, rescataron algo que se sumó al republicanismo de las instituciones para que renaciera un concepto que había desaparecido del mundo después de su florecimiento en la Grecia Clásica, sobre todo en Atenas, el de democracia.
Gran logro histórico, pero curiosamente esa generación desconfiaba de ella, tanto que crearon una constitución con frenos y contrapesos que impidieron la tiranía ocasional de alguna mayoría. El proceso que fue desde la independencia a la constitución fue suficientemente bucólico y falto de conflicto interno, tanto que a la teoría política fuera de EEUU y con la salvedad de autores como Alexis de Tocqueville, casi no le interesó. Por ello, aún hoy es difícil ver a Franklin o a Washington como líderes revolucionarios.
No se ajustan al estereotipo. Sin embargo, ello constituyó un gran logro de sus dirigentes, ya que, debido a sus orígenes de protección al pluralismo religioso, había gran difusión del milenarismo y del mesianismo en EEUU Fue, por lo tanto, una bendición que ese camino no se haya cruzado con el de la política y entre los redactores de la Constitución nadie planteó que la nueva república era un mandato de Dios para construir su reino en la tierra. Eran creyentes, dueños de esclavos algunos, hombres, sin presencia femenina como eran todas las instituciones equivalentes de esa era histórica, pero también, y eso fue su salvación, eran personas cultas, con gran conocimiento de la historia de Roma, lo que la hizo grande y lo que la hundió, lo que también se reflejaría posteriormente en la arquitectura de Washington como nueva ciudad capital.

Por ello, los constituyentes introdujeron cambios escasos, pero básicos a las instituciones políticas. No intentaron ninguno con los hábitos sociales. Si se reformaron las instituciones fue para hacerlas más receptivas a las personas comunes. Se tuvo la inteligencia suficiente como para entender que las libertades eran anteriores a la revolución independentista y nadie argumentó que habían sido creadas por ella, ya que la rebelión se había originado para exigir participación. El mensaje no provenía de la constitución misma, sino de la propia tradición político-religiosa que llevó a un grupo de familias a embarcarse en el Mayflower para huir de Inglaterra y cruzar el océano Atlántico.
La búsqueda de una sola persona o autor clave para explicar la Constitución está condenada al fracaso, con fuentes intelectuales enraizadas en el pasado. Puede ser adecuadamente descrita como expresión exitosa del Siglo de las Luces, es decir, de la ilustración. Si hay algo que destacar, era el hecho específico que fue expresión de un humanismo cívico que provenía sobre todo de la cultura inglesa, desde el momento que no encontramos nada igual ni en la antigüedad clásica ni en el humanismo renacentista.
La respuesta se encuentra en la tradición inglesa, ya que nada fue más importante para el constitucionalismo estadounidense de 1787 que la mayoría de los constituyentes habían sido criados como ingleses y, por lo tanto, compartían esa preocupación por la libertad y por las protecciones únicas que entonces brindaba la ley común inglesa. Es por ello, y por allí haber estudiado, que duele y molesta que hoy el Reino Unido esté voluntariamente abdicando de la defensa de esa historia y tradición que engrandece la idea de Occidente.
A pesar de la Inglaterra de hoy, nada cambia lo comentado de EE. UU., aunque la Independencia y la Constitución surgieran en contra de un rey inglés. Fue en ese sentido que la esencia de la Revolución consistió en la conversión del nuevo país y su gente al republicanismo de las instituciones más que a la democracia. Aquellos líderes eran aristócratas liberales, y a diferencia de lo que se dijo posteriormente, no hay que dejarse confundir por el hecho de que como novedad histórica se votara para elegir representantes a todo nivel, la verdad es que, para los padres fundadores, la democracia tal como la entendemos hoy, era una palabra no bien vista. Puede parecer sorprendente porque hoy parecen sinónimos, pero no lo son. Para los creadores de EEUU, en la segunda domina la mayoría, pero se le temía a que esta se expresara como pasión popular. Para ellos, en la república predominaba la noción romana del interés público, lo cual puede (no quiere decir que debe) implicar control de lo popular.
En otras palabras, si es necesario elegir, debe predominar la libertad como objetivo del republicanismo sobre la igualdad, meta de la democracia. Si predomina la primera, los representantes serán juzgados en forma moralista, aunque se permita en la sociedad lo que a ellos se impide o prohíbe, es solo que para ellos la vara siempre debe ser más elevada.
En más de dos siglos, EEUU ha buscado por diferentes vías fundir los principios republicanos con los democráticos, pero la tradición y las orientaciones de la primera generación apuntan más hacia los primeros que hacia los segundos, tiempo donde la Constitución ha permanecido incólume orientando al país en esta búsqueda, y si lo ha hecho por tan extenso tiempo, es por un doble motivo que ha garantizado su relevancia: primero, su brevedad, con la Corte Suprema como guardián más como Tribunal Constitucional que de derecho estricto, en todo, menos en el nombre, y segundo, cuán difícil es reformar la constitución, y de ahí que haya tenido tan pocas enmiendas o modificaciones, prefiriéndose la interpretación vía fallos judiciales, como método preferencial de adaptación a los cambios históricos para mantener adhesión y vigencia. Es ello lo que ha permitido que hoy sea una república democrática, lo que en caso alguno es un juego de palabras.
Pero para llegar a lo que hoy se vive, el obstáculo político que hubo que superar desde el primer día fue: ¿Cómo transformar a los trece Estados originales en una sola nación?
La Convención Constituyente que se convocó en Filadelfia a partir del 25 de mayo de 1787 fue una de las primeras reuniones políticas de nivel nacional. Acudieron 55 representantes de trece Estados que reunían a un grupo de líderes políticos y militares que la historia recogería como exitosos e influyentes.
La calidad de su trabajo se entiende mejor si agregamos el hecho de que en términos estrictos, la primera constitución estadounidense databa de 1781, año en que fueron ratificados los llamados Artículos de la Confederación, los cuales unían en asuntos de defensa, comercio y relaciones externas a trece entidades independientes. El logro de la Convención se entiende mejor si se recuerda que llegaron a reunirse, cuando todos y cada uno de ellos lo hizo en representación de un Estado soberano, y era en ese sentido que se entendía la existencia de esos Artículos, que no buscaban otra cosa que resolver los conflictos entre ellos. Por lo tanto, hay que valorar cuán grande fue el logro del proceso constituyente de 1787, toda vez que hasta que se lograra la Constitución, la verdad es que a pesar de la Declaración de Independencia y del triunfo militar, Estados Unidos tal como hoy lo entendemos, todavía no había nacido, reflejado en el hecho de que al iniciarse las deliberaciones de la Convención, la mayoría de los delegados se sentían representantes de estados independientes, y el concepto de una sola nación todavía era poco familiar.
Así ocurrió y es necesario enfatizar que nunca fue fácil ir contra la idea entonces dominante, que los Estados debieran gobernarse a sí mismos, toda vez que la pregunta siempre presente era por qué se estaba en guerra si solo se obtenía cambiar el dominio del rey por el del Congreso, institución entonces todavía poco conocida, si, además, entre otras razones, la rebelión se había iniciado argumentando que si iban a pagar impuestos, no querían pagarlos mientras no tuvieran representación en el parlamento que entonces existía en Londres, en Westminster.
Ese sentimiento se reflejaba en hechos como que Rhode Island no quiso enviar delegados y Nuevo Hampshire apareció cuando ya había transcurrido la mitad de las deliberaciones. Se integraron a un grupo de personas que habían viajado para reformar determinados Artículos existentes y no para escribir una nueva Constitución. Es de suponer que la mayoría fue políticamente sorprendida cuando el gobernador Edmund Randolph de Virginia presentó un plan para el nuevo gobierno nacional, redactado por James Madison, lo que se conocería como el Plan de Virginia, y que implicaba lisa y llanamente la abolición de los Artículos.
“New Jersey nunca participará en el plan que considera el Comité”, declaró el 9 de junio el delegado William Paterson, “se la devorarían completamente”. Tanto él como su Estado “preferirían subyugarse a un monarca, a un déspota…que a un destino así”. En ese ambiente de disolución Benjamín Franklin propuso el 28 de junio de 1787 recurrir al consejo divino. Sin embargo, su propuesta para orar fue rechazada. De ahí la duda que expresó acerca del sol pintado en la silla de Washington, si era naciente o poniente. Solo después de la aprobación del texto se tranquilizó como para afirmar lo primero.
Las preguntas que se plantearon durante los debates mantienen su vigencia para toda sociedad que aspire a ser pluralista. Las respuestas podrán variar, pero al menos hay una que sigue siendo clave para asegurar un régimen de libertades: ¿Cómo controlamos a quienes nos controlan? La pregunta no es novedosa, toda vez que un par de milenios antes se la habían hecho a sí mismos los griegos. En todo caso, la respuesta que encontraron en Filadelfia fue apropiada entonces y mantiene su vigencia en EEUU: “Un gobierno donde haya frenos y controles mutuos, de manera que ninguno ejerza supremacía sobre los otros”. Sin ir más lejos, es lo que acaba de reafirmar la Corte Suprema en el caso reciente de los aranceles de la administración Trump, donde no dice que el gobierno no puede hacer lo que el presidente desea, sino que, si quiere superar el límite del 15 % fijado en la ley utilizada, debe recurrir al Congreso o buscar otro respaldo legal.

Se entiende mejor que realmente EEUU se inicia con la Constitución, que en los años que median entre 1776 (Declaración de Independencia) y 1787, en medio de la guerra, cada Estado acuñó su propia moneda, mantuvo su propia fuerza militar en la forma de milicias y estableció barreras arancelarias contra aliados y vecinos. Más aún, algunos amenazaron con agredir militarmente a otros Estados. Por ello, el logro de la Convención permitió que la naciente República tuviera un gobierno central, sin que este fuera impuesto por la fuerza después de la derrota británica.
En todo caso, la Constitución surge en una coyuntura extremadamente difícil, ya que en 1787 las excolonias estaban en crisis y la vida era dura en América del Norte. Además, los estados gravaban las mercancías provenientes de otros y no se estaban pagando impuestos al gobierno central, cuantiosamente endeudado sin siquiera poder asegurar el financiamiento futuro del ejército. Más aún, los británicos bloqueaban puertos y la deuda nacional era tan alta, que no se hablaba de comprar territorios, sino, por el contrario, se contemplaba la idea de vender. Incluso, la misma España que cedería Florida, todavía era dueña de ella e hizo consultas para comprar territorio de las dos Carolinas.
Esos eran los EEUU el año de la redacción de la Constitución, por lo que entonces costaba imaginar la potencia que llegaría a ser ese país que parecía a la deriva. En ese sentido, la nueva carta magna no fue un documento estático, sino que tuvo fuerza y flexibilidad, trayendo consigo su propio dispositivo estabilizador.
Si EEUU fue capaz de superar las dificultades fue debido a que descubrió el arte del compromiso político, de la búsqueda del consenso, como forma de responder la pregunta ¿Cuándo nacen los países?, si con una declaración de voluntad o cuando dan muestra de ser viables.
Sin duda la elección de George Washington para dirigir las deliberaciones contribuyó poderosamente al éxito final de la Convención, a pesar de que habló solo una vez, al final. No importaba, su prestigio y presencia fueron decisivos para evitar que las facciones se impusieran. Fue así como se pudieron superar fuertes discrepancias entre federalistas versus nacionalistas de cada Estado, como también entre estados pequeños y aquellos territorialmente más grandes, con intereses contrapuestos.
Durante cinco semanas en el pleno se discutió el detalle contenido en 36 secciones que detallaban lo que podía y no podía hacer el Congreso. Una vez superado este tipo de obstáculos, dos cuestiones bloqueaban al final la salida del túnel. Primero, estaba la cuestión de la esclavitud, que era un tema explosivo, ya entonces de enfrentamiento entre Norte y Sur, por lo que no se pudo encontrar una solución y se prefirió postergar hacia adelante, fijando plazos que no se cumplieron, sentando bases que conducirían a la guerra civil, plazos relacionados con la prohibición de importar esclavos y el tráfico de estos.
Un segundo obstáculo fue cómo estructurar la rama ejecutiva del gobierno y dónde ubicar la figura presidencial. Ante la dificultad para llegar a un acuerdo, los delegados designaron una comisión que en cuatro días produjo la fórmula que ha permanecido hasta nuestros días, en virtud de la cual el Presidente sería electo por electores de cada Estado, cuya cantidad sería igual a su representación en el Congreso, exactamente la misma fórmula por la cual los estadounidenses siguen seleccionando a sus mandatarios, y explica la razón por la cual nunca se ha usado el método preferido por la mayoría de las democracias, el de una persona un voto, y en cambio se sigue recurriendo a un colegio electoral de 538 miembros. Lo que también explica que EE. UU. no tenga un solo sistema electoral, sino hoy 51, uno por cada uno de los 50 estados y el de la capital, el Distrito de Columbia.
El sábado 15 de septiembre de 1787 se llegó al punto final y el lunes 17 los delegados se reunieron para la firma. El 21 de junio de 1788 los nueve Estados requeridos habían ratificado la Constitución, convirtiéndola en ley. Dentro de los tres años siguientes, la muy novedosa Carta de Derechos (Bill of Rights) fue agregada, siendo determinante para las libertades que han caracterizado al país, con la obvia excepción de la esclavitud.
Pocas veces en la historia se había obtenido un cambio tan pacífico en tan poco tiempo. Ya existía el esqueleto y perfil de la República, con presidente electo cada cuatro años, con un Congreso investido de facultades presupuestarias de financiación del gobierno y un Poder Judicial al que se le confiaría la última palabra sobre el imperio de la ley. Sin embargo, el pecado original se mantuvo, ya que una cuestión fue tan delicada, que los delegados la eludieron. En la nueva Constitución no aparecerían las palabras “esclavos” o “esclavitud”, delegaciones como la de Carolina del Sur eran fervorosas partidarias del sistema esclavista y solo concesiones de los estados norteños evitaron el conflicto. Más aún, el tema permaneció de tal forma, que se hace necesario recordar que cuando se inició la guerra civil, Abraham Lincoln llama a combatir en nombre de la “Unión”, y solo al final llega la emancipación de los esclavos.
Con la Constitución, la crisis se convirtió en recuerdo lejano, culminaba así la Revolución Norteamericana, dándole respuesta a la interrogante de Washington que en 1783 se preguntaba si “había sido una bendición o una maldición”, y por fin se podía decir que la República, la Unión y la Nación no solo sobrevivirían, sino que prosperarían, originando una nueva creación política llamada a hacer historia.
Máster y PhD en Ciencia Política (U. de Essex), Licenciado en Derecho (U. de Barcelona), Abogado (U. de Chile), excandidato presidencial (Chile, 2013)
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