
“Sólo hay una regla para todos los políticos del mundo: no digas en el poder lo que decías en la oposición”. Aunque la frase pertenece a la ficción (la novela “Maid in waiting” de John Galsworthy), bien podría ser uno de los consejos que han inspirado a Gustavo Petro en su excursión a la Casa Blanca. Por supuesto, Petro no tiene nada que ver con la refinada y cáustica sociedad que el Nobel británico retrató en su famosa saga de los Forsyte, pero parece coincidir con el personaje del profesor Hallorsen en la efectividad de la mutación ideológica. Una mutación que, en su caso, no se ha producido en el tránsito de la oposición a la presidencia, sino en el camino que va de Bogotá a Washington.
Ciertamente el giro de guion ha sido espectacular. No hace nada aún nos deleitaba ese Petro guardián del santo grial de la izquierda, camisa en rojo y espada en la mano, perdiéndose lentamente en el espectro bolivariano. “Se está mimetizando con Maduro”, clamaban ilustres voces de la oposición, y los discursos presidenciales abonaban el diagnóstico: “genocidio en Gaza”, “Milei fascista”, “Trump malo, malo, malo”, y el resto de los ítems conocidos. Era tanta la deriva que se empezó a engendrar la idea de un frente opositor, no para ganar las elecciones, sino directamente para “salvar a Colombia”, en frase épica del ex presidente Pastrana. Y si el Petro de estos últimos tiempos era la versión colombiana de los Podemos del mundo, el Petro de estas últimas semanas, desatado con Trump por “maltratar” a los emigrantes y por “secuestrar” a Maduro, hacía méritos para codearse con el póster del Che Guevara.
¡Viva la Revolución! Viva... hasta que don Trump se puso al teléfono, le habló bajito y le dio pase de visitante para la White House. En la previa, el mandamás norteamericano había dejado caer el simpático aviso de una posible intervención militar, en la última versión del clásico del trumpismo de empezar amenazando para acabar negociando. Aunque no siempre, de ahí que las amenazas no debían caer en saco roto en la Casa de Nariño. Amenaza, llamada y viaje, y lo siguiente ha sido una maravilla del postureo político. Trump pasó, de ser la encarnación del mal a ser un “gringo franco”, de esos que gustan a don Petro. Y el ídem pasó de ser el líder del narcotráfico, entrar en la lista Clinton y perder el visado, a convertirse en un tipo “muy amable” con el que “nos llevamos muy bien”. Un festival olímpico de cinismo.
Es cierto que la reunión fue a puerta cerrada, sin prensa, ni agasajo en la entrada del Ala Oeste, ni tuvo la tradicional guardia de honor militar, despojado de la rutilancia de la que habían gozado Nayib Bukele y Javier Milei, pero dos horas con Trump valen un imperio. Y así, dos políticos de boca grande y verbo fuerte, situados a las antípodas ideológicas y en plena crisis regional, salían de la reunión convertidos en monjes tibetanos. Lo que tiene la real politik cuando se pone estupenda.
Disfrutado el espectáculo, cabe preguntarse el qué, el por qué y el hacia dónde, no en vano Colombia sigue siendo una zona caliente en términos de violencia de guerrillas, crimen organizado y deterioro democrático. El informe de la ONU no deja dudas: Colombia produce el 67% de la cocaína del mundo, ha aumentado su producción un 53% y la superficie dedicada al cultivo ha alcanzado las 253.000 hectáreas. Además, parte del territorio, especialmente en la frontera con Venezuela, está fuera del control del estado, y el letal Tren de Aragua ya ha acampado en tierras colombianas según los datos de InsightCrime. “Estamos volviendo a los tiempos de Pablo Escobar”, me decía hace unos meses Ingrid Betancourt, y la expresión la he escuchado en otras voces opositoras. Todos ellos señalan a Petro como principal responsable.
Entonces, ¿qué ha cambiado? Sin ninguna duda, la acción militar de Estados Unidos en Venezuela y la detención de Maduro: este es el hecho que transforma el paradigma en la región y asienta las bases de un tiempo nuevo. Con la caída de Maduro, el régimen bolivariano ha perdido su poder expansivo, tanto como Petro pierde un aliado fundamental y, además, se sitúa primero en el foco del conflicto. Si la onda expansiva de la caída de Maduro está sacudiendo seriamente a Cuba, es evidente que también ha sacudido a Colombia, y en ese nuevo tiempo, no cabe el Petro de la camisa roja. De ahí que se haya puesto el vestido de niño bueno, haya ido con las orejas gachas y haya vuelto enamorado del gringo franco. No podía hacer otra cosa si quería sobrevivir. Además, en una Colombia que gusta de tener buenas relaciones con Estados Unidos, la situación de conflicto con Trump también incidía negativamente en las elecciones.
En este sentido, es evidente que Petro ha vuelto reforzado de su visita a Washington: ha pasado de ser un repudiado –el “an illegal drug leader” del famoso tuit de Trump-, a ser un negociador. Los sapos ideológicos que se ha tragado por el camino, se digieren bien en el poder.
Trump también ha ganado en su afán de demostrar que es el mastermind de un mundo nuevo, capaz de atacar en todos los frentes y poner en vereda a todos los díscolos. ¿Significa ello que ha cambiado la relación entre Trump y Petro? No lo parece, aunque la reunión permite concluir que se aleja el riesgo de intervención militar. Pero más allá de ello, no es probable que Trump haya abandonado la agenda colombiana, y menos que se fíe de Gustavo Petro. Una cosa es darle unos golpecitos en la espalda, y otra considerarlo confiable. Sea como sea, la caída de Maduro va cobrándose víctimas: la primera, su régimen, en proceso de caída prolongada; la segunda, la degradación de Cuba, que acelera la erosión de la dictadura castrista; la tercera, la impostación pseudo revolucionaria de Petro, que ha pasado del grito huracanado, a ser un mudito disciplinado. La región está mutando, y quienes no muten con ella, se quedarán fuera de la ecuación.
X: @RaholaOficial
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